Siempre es tiempo de convertirse (del latín convertere, que significa darse vuelta, cambiar de dirección, ir en sentido contrario), es decir, apartarse del mal y volverse hacia Dios, especialmente en este tiempo de Cuaresma, período especial que la Iglesia nos da para facilitar nuestro regreso a Dios. Continuamente experimentamos nuestra debilidad humana y nuestras limitaciones, declarando, junto con san Pablo: « Hago el mal que no quiero hacer » (Romanos 7, 19).

Pronto comprendemos la verdad de estas palabras de Jesús: « Sin mí no pueden hacer nada » (Juan 15, 5). Afortunadamente, Jesús no nos deja sin ayuda; incluso se nos ofrece por medio de los sacramentos de la Eucaristía y de la confesión, que nos permiten vivir en estado de gracia en unión con Él. 

Los tres pilares de la Cuaresma son tradicionalmente la oración, el ayuno y la limosna. En su mensaje para la Cuaresma de 2026, el papa León XIV nos sugiere una forma especial de ayuno: además de privarnos de alimento, nos propone « una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada: la de las palabras que hieren y lastiman al prójimo » (ver página 10).

Y en cuanto a la oración, además de la misa y de la lectura de la Palabra de Dios, la Iglesia nos propone una oración muy poderosa: el Rosario de la Virgen María que, según la voluntad de Dios, es la llave que encadena a Satanás y vuelve impotente su acción (ver página 31).

El diablo no permanece inactivo en los tiempos actuales, pues su objetivo es oponerse al plan de Dios y provocar la pérdida de las almas, nuestro bien más precioso (ver página 12). En efecto, por grandes que sean nuestros éxitos desde el punto de vista material o temporal, estos solo durarán el tiempo de nuestra presencia en la tierra; en cambio, si perdemos la salvación de nuestra alma, lo perdemos todo: la vida con Dios por toda la eternidad.

Vemos cuán frágil es la situación en el mundo, ya sea por las guerras, la pobreza o las persecuciones. El Papa lo recordó en su mensaje al cuerpo diplomático al inicio de este año (ver página 20), subrayando que la guerra tiende ahora a reemplazar la diplomacia y que incluso el sentido de las palabras es manipulado, para hacer creer que lo que es vicio y mentira ahora sería virtud y verdad. Son los valores cristianos los que se niegan e incluso se combaten, y la institución familiar — « la unión exclusiva e indisoluble entre la mujer y el hombre », dice el Papa — es atacada. 

Uno de los aspectos importantes de la familia es la presencia en el hogar de uno de los padres — la madre, en la mayoría de los casos — para educar a los hijos. Esto es lo que enseña la Iglesia (ver página 16), por ejemplo en la Carta de los Derechos de la Familia, presentada por la Santa Sede en 1983, que pedía « la remuneración del trabajo de uno de los padres en el hogar, que debe ser tal que la madre de familia no se vea obligada a trabajar fuera de casa, en detrimento de la vida familiar, particularmente de la educación de los hijos ».

Debido al costo de la vida, al precio de los alimentos y de la vivienda que no dejan de aumentar, y que hacen que un solo salario — el del marido— ya no sea suficiente, en la práctica resulta cada vez más difícil para las madres de familia permanecer en casa a tiempo completo, lo que las obliga a buscar empleo fuera del hogar.

Por supuesto, las mujeres son libres de decidir si desean o no hacer carrera en el mercado laboral; pero muchas mamás, si tuvieran la posibilidad, preferirían quedarse en casa para cuidar de sus hijos, lo cual es una tarea igualmente noble, si no aún más importante. Por esta razón, la revista San Miguel, en su versión francesa, lanzó en los años 80 una campaña para obtener un ingreso para la madre en el hogar. Con lo que ahora se paga en Canadá en forma de asignaciones por hijos, se puede decir que la revista San Miguel ganó esta batalla (ver página 14). 

Volviendo a la pérdida o manipulación del sentido de las palabras, la gente ya no sabe distinguir entre lo que es la verdadera riqueza — los productos, bienes y servicios — y el signo que los representa, el dinero (ver página 4). Incluso se llega a creer que es el oro el que da valor al dinero, que habría que volver al patrón oro, cuando en realidad son los productos los que dan valor al dinero (ver páginas 5 a 7). Aunque usted tenga toneladas de oro consigo, si no tiene alimentos — frutas, verduras, pan, agua — morirá de hambre.

 Un sistema monetario honesto, que haga participar a todos del progreso (ver página 8), es posible, en la medida en que se eduque al pueblo sobre este tema, para dar a los gobiernos la fuerza necesaria para hacer frente a los Financieros internacionales. ¡He aquí un buen combate que librar en este tiempo de Cuaresma, así como durante todo el año!