Mire la caricatura de arriba: una tienda llena de cosas buenas; la abundancia. Frente al hombre hambriento; la privación. Las cosas buenas están hechas para ser consumidas. El comerciante las exhibe para venderlas. El consumidor quisiera comprarlas. Pero le falta el permiso para hacerlo. No tiene dinero. Resultado: las cosas buenas no serán consumidas, sino que se pudrirán en el mostrador. Sin embargo, todos estarían contentos si fuera de otra manera, el comerciante estaría contento de vender. Y consumidor estaría contento de comprar. ¿Por qué, entonces, algo que haría felices a todos no se realiza entre los hombres? 

Miremos más bien a los monos. Ellos ven la abundancia en los árboles. Necesitan esas cosas para vivir. Simplemente las utilizan. 

Y sin embargo, los monos nunca han elaborado sabios sistemas económicos. En sus cabezas de mono nunca han razonado sobre la ley de la oferta y la demanda, ni sobre la diferencia entre el comunismo y el neoliberalismo. Se han encontrado frente a cosas buenas para ellos, y eso ha sido razón suficiente para no morirse de hambre. 

Pero un mono es un mono, y un hombre es un hombre. El primero no tiene mente. El segundo puede abusar de ella espíritu que tiene. El mono se guía por su instinto, que no lo engaña. El hombre se guía por su inteligencia, a menudo desviada por el orgullo. Entonces el hombre discute, hace dialéctica, pero olvida el razonamiento puro y simple basado en el sentido común. 

Ciertamente, esta gran insensatez de multitudes hambrientas en medio de la abundancia de riquezas es causada por la codicia de quienes establecen su poder sobre la esclavitud de las masas. Pero también se puede decir que esta insensatez es defendida y mantenida por supuestos sabios en economía que conducen las mentes a las conclusiones más absurdas mientras aparentan razonar con ciencia y sabiduría. 

                                     Gilberte Côté-Mercier

Toda esta situación absurda puede resumirse en forma de historia, pero que lleva una conclusión muy seria: un grupo de monos en la selva discutía entre sí para saber si los hombres eran más inteligentes que los monos. Algunos decían que sí, otros que no. Uno de los monos exclamó:

« Para saberlo con certeza, iré a dar una vuelta por la ciudad entre los humanos y veré si realmente son más inteligentes que nosotros. » Todos los monos aceptaron su propuesta. 

Entonces el mono fue a la ciudad y vio a un hombre sin dinero muriéndose de hambre delante de una tienda llena de bananas. El mono regresó a la selva y dijo a los otros monos: « No se preocupen, los hombres no son más inteligentes que nosotros; se mueren de hambre delante de bananas que ya han sido recogidas y puestas a su disposición en los mostradores. » 

Los monos no pueden comprender por qué los humanos se mueren de hambre delante de bananas disponibles; para ellos, esto sigue siendo un profundo misterio: es porque ignoran la regla que los humanos se han impuesto, aquella que dicta que hay que pagar con dinero para obtener los productos, incluidas las bananas. 

Esta regla puede funcionar muy bien, con la condición de que los seres humanos tengan suficiente dinero para comprar al menos lo necesario para vivir. Pero con el sistema financiero actual, lamentablemente no es así, como se ha explicado muchas veces en diferentes números de  la revista San Miguel. 

El dinero es importante en el mundo actual no porque sea la riqueza, sino porque la riqueza no se distribuye sin dinero. La riqueza, los bienes útiles, se burlan de usted mientras usted se muere de hambre delante de graneros llenos hasta el tope si no tiene dinero. Sin dinero, no hay productos: el hombre morirá de hambre y los productos serán desechados. 

Conclusión: por favor, seamos más inteligentes que los monos y concibamos un sistema monetario que nos permita comer las bananas y todos los demás productos que Dios da en abundancia a todos sus hijos de la tierra. 

El dinero es esencialmente una cuestión de contabilidad y debe emitirse de acuerdo con la producción del país; por ejemplo, tanto dinero como bananas haya, para poder comprar las bananas. Un sistema así existe: es el que promueve la revista San Miguel, conocido con el nombre de Democracia Económica.