El progreso, obra humana

¿Qué es el progreso? Es un avance hacia el objetivo buscado.

¿Qué se ha buscado, desde el comienzo del mundo, en todas las actividades productivas? Satisfacer las necesidades de los hombres. Ciertamente, pero satisfacerlas lo más posible con el menor esfuerzo posible.

El máximo de resultados con el mínimo de esfuerzo.

El hombre que domesticó y enganchó el caballo para producir más trabajo con menos fatiga humana realizó un progreso.

El hombre que inventó la rueda para reemplazar el trineo sobre la tierra firme realizó un progreso.

¿Cuándo hay progreso? Hay progreso cuando hay más productos con menos trabajo humano.

Por lo tanto, el progreso significa disminuir el trabajo del hombre mientras aumentan las cosas hechas para el hombre.

¿Existe progreso hoy en día? ¿Se logra producir más cosas con menos trabajadores, con menos horas de trabajo? Todo el mundo sabe que sí. Muchos lo han aprendido tan duramente que han llegado incluso a maldecir el progreso.

Y sin embargo, el progreso es algo bueno. Tiende a liberar cada vez más al hombre del trabajo necesario para mantener su vida material y a dejarle tiempo libre para su vida propiamente humana.

Desde siempre el hombre busca el progreso, porque es hombre y no una bestia. El elefante, el castor, no han hecho progreso. El hombre sí lo hace: es una de sus características distintivas, es uno de los frutos de su inteligencia y, por lo tanto, de su alma. 

La máquina

El hombre que inventa una máquina para hacer lo que antes hacían diez hombres realiza un progreso. Más cosas con menos gasto de energía humana.

Ese hombre que inventa una máquina, ¿con qué la inventó? Digamos que cinco años de su tiempo y de sus investigaciones fueron financiados por un capital de 100,000 dólares puesto a su disposición. Si solo hubiera tenido su tiempo y esos 100,000 dólares, no habría inventado la máquina. Pero además tenía la ciencia, una ciencia que él no creó, que encontró ya existente cuando vino al mundo. Puede haber contribuido a aumentarla, pero no partió de cero. La mayor parte de la ciencia que aplica es una acumulación del espíritu humano, de generación en generación.

¿Con qué inventó entonces su máquina? Con la ciencia, más su trabajo personal, más el capital puesto a su disposición para pagar sus investigaciones y su tiempo.

¿Cuál será el resultado de su invención? Más productos que antes de su invención. Más productos de los que podrían obtenerse, sin esa invención, con el trabajo de un hombre durante cinco años y una inversión de 100,000 dólares en las condiciones anteriores. De lo contrario, no habría progreso.

Si hay progreso, el producto de la invención será muy superior a lo que pueden comprar una inversión de 100,000 dólares y cinco años de salario. El salario del inventor y el interés ordinario del capital no podrían comprar el producto de la invención.

La máquina desplaza a diez hombres, hemos dicho. Produce por lo menos lo que producían esos diez hombres. Aun si esos diez hombres podían antes, con su salario, comprar el equivalente de sus productos, ¿cómo se podrá ahora, con diez salarios menos, comprar el producto de la máquina que es por lo menos igual al suyo?

Con su salario y sus regalías, el inventor compra una parte del progreso. Con el rendimiento de sus 100,000 dólares, el capitalista compra una parte del progreso. Pero ambos juntos solo compran el consumo de dos hombres. Como la máquina ha reemplazado el trabajo que hacía vivir a diez hombres, y dos hombres no pueden comer como diez, ni calentarse como diez, ni dormir como diez, ni criar hijos como diez, es claro que los dos juntos no compran el equivalente de todo el producto de la máquina.

Tenemos entonces un progreso realizado, pero vuelto imposible de comprar. ¿Qué hacer?

Política de dividendos

La política de salarios para los trabajadores e intereses para los prestamistas nunca logrará resolver este problema, puesto que el progreso reduce el número de asalariados. Y es precisamente porque se insiste en esa política de salarios e intereses que miles y millones de hambrientos maldicen el progreso en lugar de bendecirlo.

Por eso la Democracia Económica propone distribuir dividendos a todos para que todos puedan comprar su parte del progreso.

El progreso es obra de la ciencia acumulada, del trabajo personal del inventor y del capital aportado por el financiador. El financiador y el inventor reciben su recompensa por los medios habituales. Pero la ciencia acumulada, que es un capital común, participa en gran medida en la invención. Lo que queda después de que el capitalista y el trabajador han sido remunerados es, por lo tanto, la parte de la ciencia acumulada que pertenece a todos.

Por eso todas las cosas buenas que quedan sin vender, todas las cosas buenas que los salarios y los intereses no compran, pertenecen a todos; y todos deben tener el derecho de tomar su parte, en lugar de dejarlas perderse y detener el progreso.

¿Y quién debe encargarse de que todos tengan su parte del progreso? El gobierno, puesto que es él, y solo él, quien representa a todos y tiene la responsabilidad del bien común. 

Descuento y dividendo

Hay dos maneras de permitir que hombres y mujeres compren su parte del progreso: disminuyendo el precio de los productos, para permitir obtener más con cada dólar; o aumentando la cantidad de dólares en manos de las personas.

La primera manera puede generalizarse en forma de descuento o rebaja, un descuento que no perjudicaría a los comerciantes porque el gobierno crearía el dinero necesario para compensarlo.

Pero este método solo da una parte del progreso a quienes ya tienen dinero para comprar. Como el progreso reduce el número de quienes reciben salarios, disminuye el dinero que proviene del trabajo, y muchos no tienen ningún ingreso: el descuento en los precios no les daría gran cosa. Puesto que todos son propietarios de la mayor parte del progreso, es necesario que todos tengan su derecho.

Por eso el otro método —el dividendo para todos— es necesario para llegar a todos. El primero es más técnico; el segundo es más social. El primero protege contra la inflación y contra la producción de riquezas inútiles; el segundo da a todos los medios para ejercer su derecho y orientar la producción mediante la elección de los productos.

La combinación de los dos métodos, que propone la Democracia Económica, logra ambas cosas a la vez: garantiza la parte de todos y de cada uno, y al mismo tiempo evita la inflación.

El progreso en el volumen de la producción exige progreso en el volumen del dinero.

El progreso es enorme en el campo de la producción. Debe volverse enorme también en el campo de la distribución.

Quienes se aferran al viejo método de distribución financiera son enemigos del progreso en la distribución; paralizan el impulso del progreso en la producción y preparan el progreso de la revolución.

Hacer crecer dos surcos de hierba donde antes crecía una sola, es progreso, cuando lo que se desea es hierba.

Si la hierba abunda y lo que falta son los dólares, el progreso consiste en hacer crecer dos dólares donde antes crecía uno solo. Y por eso la Democracia Económica es un progreso. Y como el progreso está en el orden, la Democracia Económica está en el orden. Y como el progreso distingue al hombre de la bestia, la Democracia Económica distingue al inteligente del tonto.

Reclame, pues, el dividendo nacional para comprar su parte del progreso y permitir que cada uno pueda comprar la suya.