Los sentidos han sido siempre los maestros de la inteligencia. Sin embargo, sabemos que están sujetos a la materia, a la limitación de este mun- do. Ricardo Pérez Hernández (1977), haciendo uso de una gran intuición indemostrable, y basado en leyes fundamentales de la física y en los criterios básicos de nuestra fe, nos invita a contemplar el Reino de los Cielos; aquel prometido por Dios que nos dará en herencia a sus hijos, aquel que refleja la magnificencia, belleza, amor y todas las cuali- dades del Altísimo, aquel en donde no existe con- tradicción entre ciencia y fe, y aquel que lo tene- mos ya entre nosotros....pero nuestros limitados sentidos y nuestra conciencia atada al momento presente no lo puede visualizar.
En su libro, Ricardo Pérez Hernández nos pone en la perspectiva de la grandeza de Dios, la cual
TIERNA AMADA
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-como nos dice- no puede ser expresada solamen- te en las 4 dimensiones en las que nos movemos: longitud, anchura, espesor y tiempo (el que cono- cemos), ya que con ellas solas nos enfrentamos a problemas incompatibles con la Sabiduría Divina y con nuestra inteligencia. Pero con gran generosi- dad, El Señor permite que se corra el velo de su grandeza para darnos un mensaje de esperanza, para acrecentar nuestra humildad, para transfor- mar nuestra débil fe en una serie de convicciones profundas y operativas, y para que no nos canse- mos de agradecerle por habernos hecho sus hijos. Sentirnos ser hijos de Dios, herederos de su amor... en donde a más del gozo directo con el Creador [gloria esencial) disfrutaremos de los bienes creados para nosotros (gloria accidental), permi- tiéndonos de esta manera no solo disfrutar de la
plenitud de Su amor, sino también de la relación. gozosa y placentera (a modo celestial) entre bien- aventurados.
Desde la eternidad el Señor pone los lazos de atracción amorosa entre las personas, y Su amor forzosamente es recíproco, por lo que en el cielo se realizarán todos los amores lícitos frustrados en la tierra; amor humano celestial que es la reali- zación plena del amor de caridad.
En el cielo conoceremos y disfrutaremos del amor de Dios hacia cada uno de nosotros a quien nos ama con amor supremo, de una forma inexplicable tanto en la tierra como en el cielo. Siendo esta la primera convicción que debemos tener: Dios me ama. Individual y personalmente. Y a cada glori- ficado se lo manifiesta siempre amable, y de un modo distinto, de acuerdo al grado de felicidad.
obtenido en la tierra por su amor de caridad. Por consiguiente, al ir avanzando en nuestra perfec- ción cristiana en la tierra, podremos ir mirando esa cualidad amorosa que el Señor nos ha dado desde su eternidad absoluta. Ese sutil aspecto amoroso de nuestra personalidad, corresponde al anhelo del Señor sobre nosotros.
Sentirnos ser hijos de Dios, herederos de toda una eternidad, la cual fue apenas vislumbrada por científicos en la tierra con la ley de conservación de la materia y energía: "nada se crea, nada se destruye, todo se transforma". En lenguaje celes- tial, cada acto del ser humano se conserva intacto en el espacio-tiempo en el que fue realizado. Los actos virtuosos perduran, al contrario del mal mo- ral, el cual al ser confesado es aniquilado en todas las dimensiones del cosmos, teniendo que ser sus- tituido, consecuentemente, con actos de caridad.
La teoría de la relatividad es otra ventana que Dios nos ha permitido abrir hacia el más allá.
El alma espiritual e inteligentísima de estos sabios relativistas, les ha permitido intuir y expresar ma- temáticamente sus conclusiones que armonizan con la revelación divina. Con ella sabemos (aunque no experimentalmente) que el mundo objetivo de la realidad vale mucho más que lo que percibimos con nuestros sentidos, los cuales, al estar en si- tuación de pecado nos dan una percepción del mundo egocéntrica e incompleta.
Sentirnos ser hijos de Dios con el don que nos ha dado al crear el tiempo, el mismo que está rela- cionado con el movimiento ondulatorio que corres- ponden a numerosas ondas temporales. En cada uno de estos "paratiempos" se mueven los seres angélicos creados por Dios y los humanos glorifi- cados. Siendo así que, sin intervenir en los actos humanos, están permanentemente contemplán- donos amorosamente e intercediendo por noso- tros. Razón de más para nunca sentirnos solos.
El autor especifica que, al ser necesario para nues- tra salvación solamente el conocimiento de las verdades de fe y las obras de caridad, no nos ha permitido descifrar, mientras estemos en la tierra, el enigma de la creación en todas sus dimensio- nes de eternidad, y ha atado nuestra conciencia al
tiempo presente, por lo que no somos capaces en este mundo de penetrar en estos paratiempos. Sin embargo, después de la muerte, recuperaremos nuestra libertad física y nuestra conciencia abar- cará todos los espacios y tiempos que han trans- currido y que nunca perdieron la existencia -como todo lo que sale de las manos de Dios.
Sentirnos ser hijos de Dios, al imaginarnos el gozo que supondrá en el cielo el participar de las cuali- dades de Dios en sus cinco valores: verdad, bon- dad, belleza, unidad y eternidad. En la tierra los contemplamos de un modo muy inferior, ya que no soportaríamos tanto deleite y moriríamos de gozo...y de la misma manera, nuestro disfrutar de aquellos valores en el cielo depende del grado de gloria que logremos alcanzar en la tierra con nues- tro amor de caridad.
Sentirnos ser hijos de Dios, cuando al dolor intro- ducido en el mundo por el pecado, el Señor le dio valor redentor.
La religión cristiana no se concibe sin austeridad, sin mortificación, sin aceptación caritativa de los males que permite el Señor, los cuales son de brevísima duración si se comparan con la eterna duración y gozo de la gloria futura. Por eso en el cielo se deplora tanto desperdicio del dolor huma- no, cuando se sufre y no se cristianiza. Cuando no se lo vive con amor de caridad.
Sentirnos ser hijos de Dios con el don del purgatorio
El pecado es incompatible con la pureza divina. En el cielo, el bienaventurado está en interrelación personal y libre con el Señor, por lo tanto, estor- baría el menor mal moral. De ahí la necesidad de purificación después de la muerte, ya que Dios nos perdona la culpa y la pena eterna al morir en es- tado de gracia, pero muchas veces conservamos la raíz de nuestros malos hábitos que no logramos vencer en la vida mortal con el amor de caridad.
Sentirnos ser hijos de Dios con el don de la ora- ción. A los bienaventurados en el cielo les cons- ta la bondad y el amor de Dios, y nos dicen que el Altísimo está dispuesto a darnos cosas que salen del límite físico, intelectual, científico que puso a este mundo por el pecado. Basta que le pidamos.
Con humildad y perseverancia. Para muestra este libro, fruto de la perseverancia de un cristiano imperfecto que quería conocer las verdades del
más allá. Y el Señor se lo concedió a través de una bienaventurada....Tiernamada. ¡Cuánto más conse- guirán los que aman verdaderamente a Dios con amor de caridad!
Tiernamada nos reafirma que los regalos divinos, materiales y espirituales, están condicionados a la obediencia a la ley de Dios. Lamentablemente, el hombre por su soberbia no quiere combatir la con- cupiscencia que le arrastra al pecado, por lo que la religión se reduce a la "terapia de aspirinas" que sirven para calmar momentáneamente la angustia y el egoísmo.
Tiernamada nos dice que las costumbres del cielo no son complicadas. La base del entrenamiento consiste en adquirir una plena y absoluta con- fianza en nuestro Dios. Y esta educación debe empezar en la tierra, así también abreviaremos el purgatorio.
El último consejo de Tiernamada fue que, al sentir miedo a la muerte, al pecado, a la condenación, a la voragine de soberbia en el mundo, lo mejor es cambiar todo ese miedo por adoración sin desma- yo a Dios y acción de gracias sin límite.
En conclusión, y a la luz de eternidad, ¿vale la pena nuestros momentos de obediencia, de dolor, de austeridad? ¿Tiene sentido la cruz de la injusticia, de la contradicción, de la enfermedad, del desgas- te corporal? Tiernamada desde la gloria nos dice que sí. Ella, que es una bienaventurada inferior, disfruta de grandes capacidades y gozos. Sin em- bargo, los muchos deleites de la gloria accidental (que es la menor] tales como la capacidad de do- minar la materia y la energía, el poder viajar a velo- cidades mayores que la de la luz, el disfrutar de los lazos del amor universal que nos vincula a todos, el gozar de infinito números de amores humanos, an- gélicos, estéticos, científicos y más, el ser capaz de conocimiento y amor a manera del cielo, aparte de incalculables placeres de la vista, oído, olfato, tacto; están sujetos al "grado de felicidad obteni- do por la libre colaboración de la voluntad humana con la Voluntad Divina, efectuada por las personas en estado de gracia durante su vida mortal".
En el mes de enero tiene lugar la conmemoración litúrgica de San Francisco de Sales: el 24 de enero según el nuevo calendario, y el 29 por el antiguo. San Francisco de Sales nació en 1567 en el ducado de Saboya y murió en 1622 en Annecy, ciudad de la que era obispo. Pío XI lo proclamó doctor de la Iglesia por la profundidad de su doctrina, así como patrono de los periodistas y escritores católicos.
Por eso, toda nuestra batalla cultural en defensa de la Iglesia y de la civilización cristiana está bajo su protección.
El cuerpo de San Francisco de Sales reposa y es venerado en Annecy, junto al de su hija espiritual Santa Juana de Chantal. Pocos saben que su co- razón, íntegro e incorrupto, se conserva en la pequeña ciudad italiana de Treviso. Vale la penal recorrer nuevamente su agitado itinerario. El 28 de diciembre de 1622, el gran santo saboyano fa- llecía en Lyon a causa de un ataque de apoplejía. Contaba 54 años. Apenas se divulgó la noticia, los fieles se agolparon para venerar su cuerpo, el cual, no puedo ser devuelto a la localidad de Annecy sino después de una larga disputa. Allí había residido como obispo de la calvinista Ginebra, y con Santa Juana de Chantal había fundado la orden de las vi- sitandinas o salesas.
El corazón, que en el momento de embalsamar el cadáver se halló "grande, sano y completo», fue entregado a las salesas de Lyon, que lo habían acogido en sus últimos años. Las monjas lionesas, cuyo convento era el primero que se había funda-
do de la orden después del de Annecy, tuvieron el honor de conservar el corazón del fundador custo- diado en un espléndido relicario de oro donado por Luis XIII de Francia. En 1658, cuando el nuncio del papa Alejandro VII redactó el documento por el que se reconocía oficialmente la autenticidad del cora- zón, lo encontró incorrupto y en óptimo estado, y emanaba un perfume dulce y penetrante. Aquella misteriosa fragancia era la misma que exhalaban sus restos mortales en Annecy impregnando el claustro y las calles, así como todo cuanto había pertenecido al santo, como su sombrero -con- servado en Viena- y el breviario, que se guarda en Nevers.
Para los lioneses, el corazón de San Francisco de Sales se convirtió en uno de los más apreciados objetos de veneración y culto. Todos los años se exponía en los últimos días de enero durante cuatro jornadas consecutivas y había una gran afluencia por parte del pueblo. Cuando en 1789 estalló la Revolución Francesa, la situación se vol- vió insostenible para las salesas de Lyon. En 1792, las religiosas fueron sometidas a interrogatorios y toda clase de vejaciones, obligándolas con ello a dispersarse y huir. De la noche a la mañana deci- dieron dejarlo todo atrás, salvo su bien más precia- do: la reliquia del fundador, que desde aquel día las acompañó en su peregrinar. En los primeros meses de 1793, mientras Luis XVI era conducido al patíbu- lo y la Vandea se alzaba en armas, las hermanas, atravesaron Francia y Suiza divididas en grupos pequeños para llegar tras muchas aventuras a
Mantua, donde el emperador de Austria les había ofrecido la oportunidad de abrir un monasterio.
Fueron objeto de una calurosa acogida por parte de la población, pero la tranquilidad duró poco. A principios de abril de 1796, el general Bonaparte cruzaba los Alpes e invadía la Llanura Padana. Las religiosas, acosadas por los ejércitos franceses y llevando siempre consigo el corazón de su fun- dador, se vieron obligadas a emprender camino de nuevo. Llegaron a Krumau (Bohemia), pasando de ahí a Viena, y llegaron finalmente a Venecia en 1801. El corazón de San Francisco de Sales fue acogido junto con sus hermanas en el monasterio veneciano de San Giuseppe di Castello, junto al cual tuvieron un colegio al que asistieron durante casi un siglo hijos de las mejores familias venecianas. Al concluir el siglo XIX volvieron a soplar los vientos del laicismo y el anticlericalismo, que en Italia trató de adueñarse de los bienes religiosos, entre ellos el monasterio de San José, que según las leyes de la época pertenecía al patrimonio nacional. S.S. Pío X, que mientras era cardenal las había protegido, animó a las monjas a construirse un nuevo con- vento en la localidad trevisana de Le Corti, no lejos de Riese, donde había nacido y pasado una infancia campesina. El 2 de julio de 1913, fiesta titular de la orden, monseñor Giacinto Longhin, obispo de Tre- viso y actualmente beato, acogía la nueva sede de la comunidad, de la que fue infatigable protector hasta su muerte en 1936.
Al cabo de tres siglos de agitada historia, el anda- riego corazón de San Francisco de Sales parece haber encontrado descanso en esta tranquila lo- calidad véneta. Las herederas del monasterio de Lyon que actualmente sobrevive en Treviso viven recogidas en la oración y el silencio en torno al co- razón del fundador, que poco antes de morir había dicho a sus hijas: «Os dejo mi espíritu y mi cora- zón». Quien desee gustar la profundidad de ese espíritu no tiene más que acceder directamente a las fuentes. No sólo las dos obras maestras, Filo- tea y Tratado del amor de Dios, sino también sus Controversias contra los protestantes, que ponen de relieve su espíritu combativo. San Francisco de Sales, conocido como el santo del sentimiento y la dulzura, se muestra en ellas inflexible en la defen- sa de la Fe y el amor exclusivo a Dios y a su justicia. "Aunque soy el más afectuoso de los hombres-es- cribía-, no amo-creo- nada en absoluto sino a Dios y a todas las almas por Dios»".
¿QUÉ HAY MÁS ALLÁ DE ESTE AQUÍ? TIERNA AMADA
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- Escrito por: Gabriela Sevilla
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