Discípulos Misioneros al Servicio de la Vida
Francisco Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago
Documento de la Revista Encuentro, No.3 de Abril de 2008 del Arzobispado de Santiago de Chile.
1. INTRODUCCIÓN
Aparecida fue un tiempo de gracias y es un inmenso don de Dios para la Iglesia en América Latina y El Caribe. Queremos asumir ese don con la apertura de quienes acogen proyectos de Dios y son invitados a colaborar en ellos con todas sus fuerzas y todo el corazón. Nos importa que también nuestros pueblos, sedientos de vida, reciban los dones de Aparecida a través de todos nosotros, discípulos misioneros de Jesucristo.
Podemos acercarnos al Documento Conclusivo desde la perspectiva de uno de sus temas; tal vez de aquél que más ocupa a diario nuestro trabajo e interés. Si lo hiciéramos así sin apropiarnos antes de las grandes opciones y del espíritu de Aparecida, podríamos quedarnos con una visión parcial, lejana a la riqueza extraordinaria de la va Conferencia General del Episcopado de Latinoamérica y El Caribe. Esta presentación quiere ayudarnos a asumir esa visión yesos compromisos, ya que trata de la gran opción pastoral que hizo Aparecida.
Pero la repercusión de Aparecida no debemos reducirla a la importancia de un Documento conclusivo. En Latinoamérica y El Caribe dejan una profunda huella los testimonios, los acontecimientos, las horas de gracia, las vivencias que brotan del Evangelio. Por eso, al tratar de la importancia de Aparecida debemos tener presente no sólo el Documento final, sino también la experiencia de un tiempo de gracias en quienes participaron en la Asamblea, experiencia de fe y de gracia, de comunión y participación eclesial, que fue causa de mucha alegría y que se extiende por nuestros países como un modelo que contagia y quiere fermentar la vida de la Iglesia.
El resultado de este acontecimiento está a la vista: un Documento lleno de esperanza y de raíces bíblicas, realista y con orientaciones de pedagogía pastoral, cuya publicación fue "autorizada" por el Santo Padre, como una manifestación de su aprecio al magisterio episcopal.
En sus líneas fundamentales es un documento claro, orientador, inconfundible. Pero no es un documento acabado. No todas las formulaciones están pulidas, ni trata todos los temas. No evita repeticiones. Esto tiene una explicación y no sólo desventajas. En efecto, es un documento escrito por más de doscientas personas1, que representaban a la Iglesia de numerosos países y que encontrarán en él sus aportaciones. Fue escrito por todas ellas, y votado por los obispos. Elaborado con la cabeza y el corazón, reflexiona e intuye con la Biblia en la mano, las urgencias de nuestro tiempo en el espíritu, las gozosas celebraciones litúrgicas y el amor a la Virgen de los peregrinos en el corazón. Todo, logrado en jornadas de trabajo intenso, fermentado por mucha oración.
Dada la premura del tiempo, un documento de esta naturaleza queda inconcluso. Sus grandes líneas pastorales y su espíritu pueden y deben seguir obrando como fermento que enriquece la vida y el trabajo evangelizador de todas las comunidades y las instituciones de la Iglesia (ver 381, 4312). Tenemos conciencia de que Aparecida no se ha cerrado. Es un camino abierto hacia el futuro. Acoger sus orientaciones, de modo que toda la Iglesia las reciba, se interiorice de ellas y las aplique una y otra vez con fidelidad creativa, será el rico contenido de la Misión Continental.
Por estas razones, nos detendremos en las grandes orientaciones y opciones de Aparecida, en las cuales se puede descubrir su originalidad, y no tanto en la manera en que la V Conferencia orienta en materias particulares.
2. EL CAUCE PASTORAL: SER Y FORMAR DISCÍPULOS MISIONEROS DE JESUCRISTO
Casi siempre las introducciones y las conclusiones de los documentos resumen las líneas matrices de los mismos. Detengámonos en tres números claves de la introducción del Documento de Aparecida.
"La Iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales. No puede replegarse frente a quienes sólo ven confusión peligros y amenazas, o de quienes pretenden cubrir la variedad y complejidad de situaciones con una capa de ideologismos gastados o de agresiones irresponsables. Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza del Espíritu" (11).
La decisión es lúcida, del todo consciente, y el DA volverá una y otra vez sobre esta decisión fundamental con diferentes palabras. Así, la encontramos también en el número siguiente:
"No resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza'es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad3. A todos nos toca recomenzar desde Cristo4, reconociendo que'no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo,horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva5" (12).
Como, podemos constatar, no hay que buscar en orientaciones parciales y específicas toda la novedad de Aparecida. Su gran novedad reside en la decisión fundamental que la Asamblea tomó después de mirar el contexto vivo que nos condiciona y que el Señor de la Historia nos ofrece como don y tarea. Todas las orientaciones específicas marcarán en el espíritu de Aparecida la vida y el trabajo de la Iglesia, sólo si expresan fielmente y prolongan con espíritu creativo esta orientación original y central, que reencontramos en otro número del Documento:
"El Señor nos dice:'no tengan miedo'(Mt 28,S). Como a las mujeres en la mañana de la Resurrección nos repite:'¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?'(Lc 24,S). Nos alientan los signos de la victoria de Cristo resucitado, mientras suplicamos la gracia de la conversión y mantenemos viva la esperanza que no defrauda. Lo que nos define no son las circunstancias dramáticas de la vida, ni los desafíos de la sociedad, ni las tareas que debemos emprender, sino ante todo el amor recibido del Padre gracias a Jesucristo por la unción del Espíritu Santo. Esta prioridad fundamental es la que ha presidido todos nuestros trabajos, ofreciéndolos a Dios, a nuestra Iglesia, a nuestro pueblo, a cada uno de los latinoamericanos, mientras elevamos al Espíritu Santo nuestra súplica confiada para que redescubramos la belleza y la alegría de ser cristianos. Aquí está el reto fundamental que afrontamos: mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo. No tenemos otro tesoro que éste. No tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y,comunicado a todos, no obstante todas las dificultades y resistencias. Este es el mejor servicio -¡su servicio!-que la Iglesia tiene que ofrecer a las personas y naciones6" (14).
3. LA GRATITUD Y LA ALEGRÍA, ACORDE DEL ALMA DEL DISCÍPULO MISIONERO
Para los primeros discípulos de Jesucristo, encontrarlo providencialmente o que Jesús saliera a su encuentro y los llamara por su nombre, fue el acontecimiento más impresionante, la hora de gracia más decisiva de su vida. Con toda razón quienes estudian los orígenes del cristianismo descubren aún en los discípulos que cargaron con la cruz del martirio, este gozo de ser cristianos y de ir al encuentro de su Señor. Constatan que el cristianismo se difundió como una onda de alegría, gratitud y esperanza. Aparecida lo recuerda, y lo propone con convicción para nuestro tiempo.
"Quienes se sintieron atraídos por la sabiduría de sus palabras, por la bondad de su trato y por el poder de sus milagros, por el asombro inusitado que despertaba su persona, acogieron el don de la fe y llegaron a ser discípulos de Jesús. Al salir de las tinieblas y de las sombras de muerte (cf. Lc 1,79) su vida adquirió una plenitud extraordinaria: la de haber sido enriquecida con el don del Padre. Vivieron la historia de su pueblo y de su tiempo y pasaron por los caminos del Imperio Romano, sin olvidar nunca el encuentro más importante y decisivo de su vida que los había llenado de luz, de fuerza y de esperanza: el encuentro con Jesús, su roca, su paz, su vida" (21).
Al igual que ellos, ante los grandes desafíos y las grandes amenazas de nuestro tiempo, ante los grandes sueños y las grandes dificultades de nuestros pueblos, ante las vacilaciones, las expectativas y los problemas que aporta la globalización económica, cultural y religiosa, si bien cargaremos con una pesada cruz, no reaccionaremos con temor o con ansiedad, con ingenuidad o con agresividad, con indiferencia o aislándonos de los demás. Peregrinaremos por el mundo siendo discípulos misioneros. Nos esforzaremos por discernir los signos del tiempo con amor a la verdad. Abriremos caminos alternativos conformes a la razón y a la fe. Seremos instrumentos de comunión y colaboraremos con la gracia de Dios trabajando en la construcción del Reino de justicia, de verdad, de vida y de paz, dando cabida preponderante en nuestro espíritu a un sentimiento y una actitud básica, a "la gratitud y la alegría de ser cristianos"7, la alegría de "ser discípulos del Señor y de haber sido enviados con el tesoro del Evangelio"8.
Esta invitación a la acción de gracias y a la alegría, signos del anuncio y de la acogida del Evangelio, también ha de impregnar el espíritu misionero de los discípulos de Jesucristo. En verdad, ¿qué fuerza de persuasión tendrían las acciones misioneras si no vinieran de cristianos que están conmovidos por el don del Padre que han recibido: su Hijo, hermano y salvador nuestro para la vida del mundo? Queremos ser misioneros "por desborde de gratitud y alegría"9.
"La alegría que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo, a quien reconocemos como el Hijo de Dios encarnado y redentor, deseamos que llegue a todos los hombres y mujeres heridos por las adversidades; deseamos que la alegría de la buena noticia del Reino de Dios, de Jesucristo vencedor del pecado y de la muerte, llegue a todos cuantos yacen al borde del camino pidiendo limosna y compasión (cf. Le 10,2937; 18,25-43). La alegría del discípulo es antídoto f rente a un mundo atemorizado por el futuro y agobiado por la violencia y el odio. La alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios. Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo" (29)10.
Es la actitud de la Sma. Virgen en la casa de su prima Isabel y siempre. Con razón saludó el ángel a la mujer llena de gracia, deseándole alegría. ¡Cómo habrá recordado ese saludo cuando recibió nuevamente a Cristo, ya resucitado!
4. LA OPCIÓN POR LA PERSONA Y POR LA PLENITUD DE SU VOCACIÓN
Sin echar al olvido los compromisos asumidos con las grandes metas de las Conferencias Generales anteriores en relación a la Nueva Evangelización; por el contrario, precisamente para cumplirlos, nos convencimos de la necesidad de dar un paso más por el camino pastoral indicado en la exhortación apostólica Ecclesia in America. A partir del "encuentro con Jesucristo vivo" nos pareció necesario llegar con profundidad a la identidad viva y a la misión del sujeto que debe responder a los grandes desafíos de nuestro tiempo. La vocación de discípulos, de gran riqueza bíblica, nos abría el camino evangélico y eclesial para ello. Por eso queremos descubrir y desplegar, con la ayuda de Dios, toda la riqueza transformadora del encuentro con Jesucristo para formar a quienes han recibido y confirmado la gracia del bautismo, y con ella la vocación de configurarse con Él como discípulos suyos, de construir la comunión, de evangelizar y de dar vida nueva a nuestros pueblos.
Por eso, esta vez fuimos al corazón de nuestra existencia y vocación: al encuentro con Jesucristo vivo, que nos hace sus discípulos misioneros. Esta manera de caracterizar la vocación del cristiano -ser "discípulos misioneros de Cristo"- no se encuentra así en los documentos conclusivos de las Conferencias anteriores. Estábamos acostumbrados a hablar de los bautizados, los fieles, los creyentes, los testigos, los militantes y, últimamente, de los evangelizadores, pero no de los "discípulos", y menos, de los "discípulos misioneros." Pero las comunidades de laicos, mientras preparaban Aparecida, muy pronto hicieron suyo el tema, y con razón se mostraron sorprendidas por su riqueza. La redescubrieron en los evangelios, y percibieron con qué fuerza la vocación de "discípulos" nos une a la persona de Cristo, anuda la relación con él, expresa la alianza con el Maestro y Señor de quienes hemos sido llamados a seguirlo y a colaborar con su misión.
Aparecida, yendo a la fuente del Evangelio, y recordando la afirmación contundente del Santo Padre en su primera encíclica acerca de la iniciación cristiana (12), no presenta al cristiano desde una perspectiva primeramente ética o ideológica, sino personal: desde la perspectiva del encuentro personal y comunitario con Jesús, que nos incorpora a la comunidad de los que él llama, que lo descubren con estupor como el Camino, la Verdad y la Vida. Esta categoría bíblica, el "encuentro", exige una conversión pastoral, que aleje a los agentes pastorales de toda actitud fuertemente funcional, para permitir que, a través de ellos, cuando escuchan, hablan, prestan servicios, predican y perdonan, sea Cristo quien se encuentre con los suyos.
Por eso, enfocar la acción pastoral, y de eso se trata, hacia el encuentro con Cristo, es enfocarla hacia el amor; es proclamar el primado de la caridad. El encuentro con Jesucristo desata el dinamismo del amor, ya que su amor despierta en nosotros amor, asombro y contemplación, pero también la voluntad de seguirlo y de colaborar vigorosamente con él. Amarlo despliega en nosotros el dinamismo, a veces realmente doloroso, de la liberación de actitudes, convicciones y sentimientos ajenos al Reino; el dinamismo transformador de la conversión que nos da los pensamientos y los sentimientos de Cristo; el dinamismo de la amistad, la gratuidad, el servicio y la adhesión no sólo a su persona, sino también a su camino hacia la cruz y la resurrección, a su misión liberadora del pecado que nos hace familiares de Dios, en una palabra, a todo lo suyo y a todos los suyos. Reconocer el primado del amor es ir más allá de toda concepción ritualista o moralista del cristianismo, es reconocerse peregrino muy amado, que siempre va, acompañado por su madre María, al encuentro del Señor, dondequiera que él se halle, construyendo la comunión en la verdad con todas las personas que Jesús ama.
De esta manera, hemos tomado más conciencia de que nuestra vida, personal y comunitaria, despierta, crece y llega a su plenitud, cuando dejamos que el amor de Dios, expresado de manera eminente en la Eucaristía, nos penetre, nos sobrecoja y nos transforme, despertando en nosotros toda la belleza y las potencialidades de nuestra vocación: ser imagen y semejanza misteriosa de un Dios que es amor.
Coherente con esta opción, y en continuidad con el Sínodo de América, Aparecida nos pide conocer los lugares de encuentro con Cristo (246-275), Y conducir a otros hacia su cercanía vivificante. También nos pide que renovemos nuestras comunidades e instancias pastorales, convirtiéndolas en escuelas del encuentro con el Maestro y Señor, en las que despierta y se potencia nuestra vocación de discípulos misioneros.
5. LA OPCIÓN POR UNA PEDAGOGÍA PASTORAL
Los documentos del Magisterio con cierta frecuencia dan pocas luces acerca de los caminos que conducen a la realización de las metas que proponen. El DA dedica a este tema un entero capítulo: 106 números de un total de 554, y propone los múltiples lugares de encuentro con Cristo. Llama la atención la sensibilidad con la cual describe la piedad popular (258-265), la vida de los santos (266-275), y sobre todo de la Virgen María, como espacios de encuentro con Jesucristo. Constituye una novedad la relevancia que da a la práctica de la'lectio divina'y a la animación bíblica de la pastoral (247-249). Como era de esperar, prioriza la renovación de la iniciación cristiana y de la catequesis (286-300), y alienta la formación de discípulos misioneros.
Tal vez lo más notable de este capítulo, que le confiere su originalidad por volver a las fuentes bíblicas, se encuentra nuevamente en dos de sus introducciones, en los números 244 y 245, Yen los números 276, 277 Y 278a.
"La naturaleza misma del cristianismo consiste, por lo tanto, en reconocer la presencia de Jesucristo y seguirlo. Ésa fue la hermosa experiencia de aquellos primeros discípulos que, encontrando a Jesús, quedaron fascinados y llenos de estupor ante la excepcionalidad de quien les hablaba, ante el modo cómo los trataba, correspondiendo al hambre y sed de vida que había en sus corazones. El evangelista Juan nos ha dejado plasmado el impacto que produjo la persona de Jesús en los dos primeros discípulos que lo encontraron, Juan y Andrés. Todo comienza con una pregunta:'¿qué buscan?'(Jn 1,38). A esa pregunta siguió la invitación a vivir una experiencia:'vengan y lo verán'(Jn 1,39). Esta narración permanecerá en la historia como síntesis única del método cristiano" (244).
Llama fuertemente la atención con cuánta seguridad se afirma que "esta narración permanecerá en la historia como síntesis única del método cristiano". Más adelante insiste el DA en esta invitación a volver al Jordán y rescatar el dinamismo de ese primer encuentro como metodología pastoral.
"La vocación y el compromiso de ser hoy discípulos y misioneros de Jesucristo en América Latina y El Caribe, requieren una clara y decidida opción por la formación de los miembros de nuestras comunidades, en bien de todos los bautizados, cualquiera sea la función que desarrollen en la Iglesia. Miramos a Jesús, el Maestro que formó personalmente a sus apóstoles y discípulos. Cristo nos da el método:'Vengan y vean'(Jn 1,39),'Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida'(Jn 14,6). Con El podemos desarrollar las potencialidades que están en las personas y formar discípulos misioneros. Con perseverante paciencia y sabiduría Jesús invitó a todos a su seguimiento. A quienes aceptaron seguirlo los introdujo en el misterio del Reino de Dios, y después de su muerte y resurrección los envió a predicar la Buena Nueva en la fuerza de su Espíritu. Su estilo se vuelve emblemático para los formadores y cobra especial relevancia cuando pensamos en la paciente tarea formativa que la Iglesia debe emprender en el nuevo contexto sociocultural de América Latina" (276).
"El itinerario formativo del seguidor de Jesús hunde sus raíces en la naturaleza dinámica de la persona y en la invitación personal de Jesucristo, que llama a los suyos por su nombre, y éstos lo siguen porque conocen su voz. El Señor despertaba las aspiraciones profundas de sus discípulos Y los atraía a sí, llenos de asombro. El seguimiento es fruto de una fascinación que responde al deseo de realización humana, al deseo de vida plena. El discípulo es alguien apasionado por Cristo a quien reconoce como el maestro que lo conduce y acompaña" (277).
Entre los diferentes aspectos del proceso, el DA medita sobre la actualidad de ese primer diálogo de encuentro con Cristo, y llama nuestra atención sobre la pregunta del Maestro: "¿Qué buscan?". Lo hace con las siguientes palabras:
"Quienes serán sus discípulos ya lo buscan (cf. Jn 1,38), pero es el Señor quien los llama:'Sígueme'(Mc 1,14; Mt 9,9). Se ha de descubrir el sentido más hondo de la búsqueda, y se ha de propiciar el encuentro con Cristo que da origen a la iniciación cristiana" (278a).
Esta afirmación, dicha casi al pasar, es decisiva para el efecto pedagógico del encuentro: "se ha de descubrir el sentido más hondo de la búsqueda". Si lo conocemos, no nos será difícil anunciar a Jesucristo "Camino, Verdad y Vida" no sólo de manera genérica, sino además específicamente, a quienes lo buscan. Podremos presentarles a Jesucristo como su camino, su verdad y su vida. Desde esa experiencia de búsqueda y encuentro, quien lo busca escuchará con más facilidad la voz de Cristo cuando lo llama por su nombre y le dice "sígueme", se desatará el proceso de conversión, comunión y solidaridad, y se abrirán las puertas para el conocimiento vivo de Jesucristo. Por lo demás, si realmente nos interesan y nos comprometen las búsquedas de nuestros contemporáneos y conocemos su lenguaje, nos será fácil hablarles de manera comprensible y anunciarles a Jesús como el Dios-con-nosotros (cf. 100d).
6. EL ESPÍRITU DE COMUNIÓN Y PARTICIPACIÓN
Al iniciar estas reflexiones constatamos que Aparecida va a influir fuertemente en la vida y el trabajo pastoral de nuestras comunidades, no sólo por las conclusiones pastorales que encontramos en el Documento, sino también, de modo decisivo, por el espíritu que caracterizó su preparación y su celebración. En verdad, nos despedimos de Nuestra Señora Aparecida con una experiencia profunda de comunión y participación, dimensión esencial de la vida de la Iglesia. Nos enriqueció esa vivencia gozosa en la cual la comunión con Dios se entrelazaba en todo momento con la comunión entre los hermanos.
a. Este espíritu animó la preparación de la Va Conferencia General con la colaboración de laicos, religiosos, religiosas, diáconos permanentes y sacerdotes diocesanos, durante largos y apretados meses. Así propiciamos el trabajo de miles y miles de comunidades en todo el Continente y en El Caribe, que rezaban la oración que nos guiaba hacia Aparecida, se interiorizaban de su temario, y reflexionaban sobre él con la ayuda del Documento de Participación y de sus fichas. Con ese mismo ánimo trabajaron las conferencias episcopales que conforman el CELAM. El espíritu de comunión y participación inspiró los diálogos con el Cardenal Giovanni Battista Re, Presidente de la Comisión para América Latina, y sobre todo las audiencias con los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, que siempre apoyaron la celebración de la Asamblea.
b. Selló el espíritu de comunión que caracterizó ese tiempo la presencia del Santo Padre en Brasil, especialmente en Aparecida. Agregó un nuevo motivo de gratitud a él su discurso inaugural a la Asamblea. En él unió magistralmente su enseñanza, llena de verdad evangélica, con la cual confirmaba e iluminaba nuestra fe, con un trato cordial, colmado de cercana fraternidad y de esperanza. Fue él quien abrió el espacio interior que caracterizó a la va Conferencia: espacio de comunión fraterna, de confianza en la acción del Espíritu Santo y en los hermanos y de libertad evangélica.
c. Mientras transcurrían los días en medio de los trabajos, la comunión y participación adquirieron además otra dimensión que algunos no esperaban. Los laicos, los sacerdotes diocesanos, los diáconos permanentes, los religiosos y las religiosas que fueron invitados a Aparecida tuvieron una profunda experiencia de sus pastores como hermanos y amigos, sin que ello eclipsara su misión de padres y pastores.
d. La presencia, la participación activa y el interés fraterno de representantes de otras comunidades cristianas, mantuvieron viva la esperanza y la oración ecuménicas, y la voluntad de trabajar para que todos seamos uno, en la comunión plena de la misma fe y el mismo amor11.
7. LA OPCIÓN POR LA VIDA
Causa admiración con qué fuerza la "vida nueva en Cristo" y la instauración del Reino de la vida (367), son un eje central de las conclusiones de Aparecida. Evangelizar, ser testigo y portador de la Buena Noticia, no es una acción que implique tan sólo el anuncio de un mensaje espiritual. Hemos sido enviados para que la vida nueva en Cristo sea la riqueza mayor de nuestros pueblos. Ello implica una opción por todas las dimensiones de la vida y por las condiciones más favorables a la vida, ya que hemos asumido la misión de Cristo, que vino a este mundo como el señor de la Vida a proclamar e inaugurar el Reino de la vida, para que todos "tengan vida y la tenga en abundancia" (Jn 10,10).
El discurso inaugural del Santo Padre abrió todo el horizonte de la vida, recordando las enseñanzas de Populorum Progressio, y precisando que con la vida divina, de la cual Cristo nos hace partícipes, ha de desarrollarse también "en plenitud la existencia humana, en su dimensión personal, familiar, social y cultural'y que la respuesta al gran desafío de la pobreza y la miseria hace inevitable hablar del problema de las estructuras, sobre todo de las que crean injusticia".
El Documento de Aparecida, con la fuerza de este compromiso con la vida en Cristo, no vacila en llamar por su nombre los males y las amenazas de nuestro mundo y nuestras propias incoherencias con la vocación recibida. Se plantea ante ellas con crudo realismo, ya sea ante las injusticias corrosivas de la sociedad, las diferentes formas de violencia, las marginaciones, las adicciones que socavan toda dignidad, los graves delitos contra las personas y contra la moral, las voracidades y las carencias económicas, las inconsistencias políticas, las decadencias culturales, las insuficiencias educacionales, etc. Pero busca superar esas expresiones de una cultura de muerte: invita vigorosamente a hacer propia la pasión por la vida de nuestros pueblos. A ella dedica toda la tercera parte del Documento. En efecto, la opción fundamental por la vida nueva es determinante: enfoca la perspectiva para ver la situación de nuestros pueblos, de sus culturas y de sus familias, nos ofrece un criterio insustituible de discernimiento y evaluación, y numerosas prioridades para actuar decididamente en la construcción del Reino de Dios.
1. Ya esta opción tiene una dimensión profundamente misionera. Aquél que es la Vida, la que existía antes de la Creación, Aquél por quien fueron hechas todas las cosas, Aquél que vino a este mundo a restaurar y elevar la vida y a dárnosla en abundancia, Aquél que murió y resucitó por amarnos hasta el extremo, Aquél que es la Cabeza de la Creación y el esperado de nuestros pueblos, ha de ser anunciado, acogido, amado y seguido. Reconocerlo y amarlo como la Vida, la Verdad y el Camino nos conduce a la vida plena.
2. El compromiso radical con la vida en Cristo, tiene también otra dimensión: es una opción por el Reino de Dios y por la promoción de la dignidad humana. De ello trata el capítulo 8, que establece numerosas metas para nuestro servicio pastoral.
"Proclamamos que todo ser humano existe pura y simplemente por el amor de Dios que lo creó, y por el amor de Dios que lo conserva en cada instante. La creación del varón y la mujer, a su imagen y semejanza, es un acontecimiento divino de vida, y su fuente es el amor fiel del Señor. Luego, sólo el Señor es el autor y el dueño de la vida, y el ser humano, su imagen viviente, es siempre sagrado, desde su concepción, en todas las etapas de la existencia, hasta su muerte natural y después de la muerte" (388).
"Nos urge la misión de entregar a nuestros pueblos la vida plena y feliz que Jesús nos trae, para que cada persona humana viva de acuerdo con la dignidad que Dios le ha dado" (389).
3. La opción por la promoción de la dignidad humana implica necesariamente la opción preferencial por los pobres y excluidos. Aparecida constata con angustia los millones de latinoamericanos que no pueden llevar una vida que responda a su dignidad, y ratifica y potencia resueltamente, desde una visión humana y teológica, que esta opción preferencial, hecha en las Conferencias anteriores, es "uno de los rasgos que marca la fisonomía de la Iglesia latinoamericana y caribeña" (391). Aparecida llama a contemplar en los rostros sufrientes de nuestros hermanos el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos (393), y explicita que el hecho de ser una opción "preferencial implica que debe atravesar todas nuestras estructuras y prioridades pastorales" (396).
Así, propone una visión universal de las necesidades y las pobrezas humanas (65, 402), e impulsa a una renovada pastoral social para la promoción humana integral, valiéndose de la Doctrina Social de la Iglesia (399ss). Alienta a los empresarios que se caracterizan por su compromiso social (404, 122), pide orientación ética para los responsables del desarrollo de los pueblos (395), y propicia la globalización de la solidaridad y de la justicia internacional (406). Nos insta a detenernos ante los "rostros sufrientes que nos duelen", y a seguir el ejemplo del Buen Samaritano, siendo fieles a nuestra opción por la vida ante los malheridos de nuestra sociedad: los que viven en situación de calle (407-410), son migrantes (411-416), sufren enfermedad (417-421), son adicto dependientes (422-427) o viven detenidos en las cárceles (427-430).
4. La opción por la vida que recibimos de Cristo para nuestros pueblos, es asimismo una opción por el matrimonio y la familia, por la cultura de la vida y por la misma vida, lo que implica una preocupación por el nicho de esta vida en la naturaleza y por la ecología humana (431-475). Sobre la pastoral familiar, después de constatar las amenazas que se ciernen sobre la familia como realidad viva y como institución, pide encarecidamente que "dado que la familia es el valor más querido por nuestros pueblos, (...) debe asumirse la preocupación por ella como uno de los ejes trasversales de toda la acción evangelizadora de la Iglesia" (435). Llama la atención una valiosa novedad, a saber, la mención explícita de la responsabilidad del varón y padre de familia (459-463), tan silenciada hasta ahora con ocasión de la justa y necesaria promoción de la dignidad y la participación de las mujeres (451-458). El DA insta a los gobernantes, legisladores y profesionales de la salud a defender y proteger la familia y la dignidad de la vida humana, y pide hacer uso de la objeción de conciencia ante ordenamientos jurídicos contrarios a la ley de Dios (436).
5. La opción por la vida es necesariamente una opción por la evangelización de la cultura y de las diversas culturas de nuestros pueblos. Una tarea de las proporciones que nos propusimos en Aparecida, que alimenta una verdadera pasión por la vida de nuestros pueblos y supone mucha coherencia con la fe y grandes sacrificios y esperanzas, tenía que dar un paso más, debía apuntar hacia la evangelización de nuestras convicciones, de nuestros comportamientos y costumbres, hacia la manera como cultivamos la relación con la naturaleza, entre nosotros y con DioS12. En una palabra, tenía que impulsar la evangelización de la cultura (476-480). Sin ella, muy pocos optarán por la vida, la justicia, la equidad y la paz. Pocos pondrán todo su corazón, sus talentos, sus esfuerzos y sus renuncias a favor de una vida digna para todos, especialmente de los más pobres, y entre ellos, de tantas personas y pueblos abandonados.
6. La búsqueda del bien de nuestros pueblos en todas sus dimensiones seculares, y la transformación de las estructuras de la sociedad de manera que sean favorables a la vida, es una tarea que implica una opción por la misión especifica de los fieles laicos en medio de las realidades temporales, presencia responsable y activa en los nuevos y antiguos areópagos, en las ciudades13 y en los campos, en las periferias y en los centros de decisión. Abarca la educación, la comunicación social, el servicio público, la organización de la empresa y de las organizaciones laborales, la apertura de caminos favorables a la integración de los pueblos indígenas y afroamericanos, la reconciliación y la solidaridad, y la unión de nuestras naciones14. América Latina está llamada a ser el Continente de la Esperanza y del Amor, un Continente de la Vida y de la Paz (cf. 537 y Mensaje final 5).
8. EL PRIMADO DE LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU EN EL SERVICIO PASTORAL
Las orientaciones dedicadas al aprecio y el cultivo de la piedad popular como espacio de encuentro con Jesucristo, que podemos considerar una de las páginas más hermosas de Aparecida, muestran la atención que la Asamblea prestó a las iniciativas, a veces incomprendidas, del Espíritu Santo. "
"No podemos devaluar la espiritualidad popular, o considerarla un modo secundario de la vida cristiana, porque sería olvidar el primado de la acción del Espíritu y la iniciativa gratuita del amor de Dios. En la piedad popular se contiene y expresa un intenso sentido de la trascendencia, una capacidad espontánea de apoyarse en Dios y una verdadera experiencia de amor teologal. Es también una expresión de sabiduría sobrenatural, porque la sabiduría del amor no depende directamente de la ilustración de la mente sino de la acción interna de la gracia" (263).
El primado de la acción del Espíritu, si bien no nos aparta de una visión realista de la acción de quienes siembran cizaña y de sus efectos de desgracias y de muerte, llevó a los obispos a valorar como el punto de arranque de nuestra acción evangelizadora, la siembra de Dios en nuestra Iglesia y en la sociedad, es decir, a apreciar de manera preponderante todo lo que brota y crece en ellas por obra del Espíritu, como asimismo cuanto reacciona contra el mal, por acción del mismo Espíritu.
En lo que se refiere en general al Pueblo de Dios, el DA enumera algunas características de esta plantación de Dios que crece:
"La Iglesia Católica en América Latina y El Caribe, a pesar de las deficiencias y ambigüedades de algunos de sus miembros, ha dado testimonio de Cristo, anunciado su Evangelio y brindado su servicio de caridad particularmente a los más pobres, en el esfuerzo por promover su dignidad, y también en el empeño de promoción humana en los campos de la salud, economía solidaria, educación, trabajo, acceso a la tierra, cultura, vivienda y asistencia, entre otros. Con su voz, unida a la de otras instituciones nacionales y mundiales, ha ayudado a dar orientaciones prudentes y a promover la justicia, los derechos humanos y la reconciliación de los pueblos. Esto ha permitido que la Iglesia sea reconocida socialmente en muchas ocasiones como una instancia de confianza y credibilidad. Su empeño a favor de los más pobres y su lucha por la dignidad de cada ser humano han ocasionado, en muchos casos, la persecución y aún la muerte de algunos de sus miembros, a los que consideramos testigos de la fe. Queremos recordar el testimonio valiente de nuestros santos y santas, y de quienes aún sin haber sido canonizados, han vivido con radicalidad el evangelio y han ofrendado su vida por Cristo, por la Iglesia y por su pueblo" (98).
En el número 99 y en otros lugares el DA enumera además otras iniciativas, inspiradas y bendecidas por Dios, en el campo de la animación bíblica de la pastoral, del amor por la Palabra de Dios, de la valoración del magisterio, de la renovación litúrgica, de la catequesis y del fortalecimiento de la responsabilidad por la verdad. Se valora el testimonio de vida de los sacerdotes, junto a su creatividad pastoral, el desarrollo del diaconado permanente y de los ministerios confiados a los laicos, la formación en los seminarios y en otros espacios de formación, el testimonio y el aporte evangelizador -particularmente en situaciones de pobreza, de riesgo y de frontera- de la vida consagrada, y la entrega generosa de misioneros, el insustituible aporte de la vida contemplativa y de las vírgenes consagradas. El DA aprecia la renovación pastoral que tiene lugar, a veces de manera incipiente, en incontables parroquias, el florecimiento de un gran número de pequeñas comunidades, el fecundo trabajo de conversión, educación y evangelización que realizan muchos movimientos eclesiales, nuevas comunidades e itinerarios de iniciación cristiana. Valora las iniciativas de la pastoral familiar, educacional y social, los programas evangelizadores en bien de la infancia, los jóvenes y la tercera edad, y la dedicación pastoral a los pueblos indígenas y afroamericanos. Tampoco olvida innumerables iniciativas laicales que se inspiran en la Doctrina Social de la Iglesia, los progresos que hace la pastoral de las comunicaciones sociales, la evangelización de la cultura, y los acercamientos, todavía insuficientes, en el diálogo ecuménico.
Ya nos referimos a la importancia que da el Documento a la acción del Espíritu en el ámbito de la piedad popular (258-265), como un imprescindible punto de partida para conseguir que la fe del pueblo madure y se haga más fecunda" (262). Algo semejante afirma el DA sobre incontables comunidades eclesiales de base florecientes, que "despliegan su compromiso evangelizador y misionero entre los más sencillos y alejados, y son expresión visible de la opción preferencial por los pobres" (179), y que son reconocidas como "escuelas que han ayudado a formar cristianos comprometidos con su fe, discípulos y misioneros del Señor, como testimonia la entrega generosa, hasta derramar su sangre, de tantos miembros suyos" (178). También de los movimientos eclesiales y nuevas comunidades afirman los obispos que "son un don del Espíritu Santo para la Iglesia" (311), y se proponen "aprovechar mejor los carismas y servicios de los movimientos eclesiales en el campo de la formación de los laicos." Para ello expresan que desean "respetar sus carismas y su originalidad, procurando que se integren más plenamente a la estructura originaria que se da en la diócesis. A la vez, es necesario que la comunidad diocesana acoja la riqueza espiritual y apostólica de los movimientos" (313).
Estos ejemplos ilustran esta opción pastoral que emerge del Documento: considerar como punto de partida de la acción pastoral los gérmenes de vida, las iniciativas, las obras y las comunidades en las cuales podemos reconocer la iniciativa de Dios y la colaboración de sus discípulos en bien de su pueblo y de la sociedad.
Esta apertura al Espíritu Santo, unida a la oración de María Santísima y de todas las comunidades convocadas a ser discípulas misioneras, nos alienta a esperar un nuevo Pentecostés para la Iglesia.
9. UN DESPERTAR MISIONERO Y UNA MISIÓN CONTINENTAL
Aparecida tiene clara conciencia de la situación de innumerables bautizados cuya pertenencia a la Iglesia no se expresa en la liturgia dominical, tampoco en la oración con la Palabra de Dios o en la recepción frecuente de los sacramentos que nos alimentan y reconcilian, ni en la participación viva en una comunidad cristiana. También es consciente del aumento del número de latinoamericanos y caribeños que no están bautizados. Sabe además que un número importante de personas que fueron bautizadas en la Iglesia católica, al perder contacto con la riqueza de la vida y la acción pastoral de su Iglesia (225), han buscado respuesta a su sed de Dios en otras confesiones religiosas, generalmente en otras comunidades cristianas. Todo esto, y el escaso número de evangelizadores que parten en misión "ad gentes", cuestiona el espíritu misionero de la Iglesia latinoamericana y caribeña.
a. En muchas diócesis, sin embargo, en comunidades parroquiales, movimientos apostólicos, colegios y comunidades de universitarios, gracias a Dios, está ocurriendo un despertar del ardor misionero. Pero estos brotes no ocurren con la frecuencia y la universalidad que corresponde a nuestra vocación misionera. Por eso, le pedimos al Espíritu Santo que irrumpa entre nosotros, haciendo nuevas todas las cosas, sacudiendo de nosotros todo letargo misionero. Aparecida se propuso que cada católico asuma que quien es llamado por Cristo como discípulo, es enviado por El como misionero. Ser discípulo y ser misionero son dos caras de la misma medalla, explicó el Santo Padre en su discurso inaugural (cf. 136-148). Como fruto del encuentro con Jesucristo vivo y de su seguimiento como discípulos, vamos hacia un despertar misionero en toda nuestra Iglesia en América Latina y el Caribe, en el cual cada Juan Diego, llamado por su nombre, salga a evangelizar con la Biblia en la mano y con la imagen de la Virgen María, como aparece en el tríptico que nos regaló el Santo Padre en Aparecida.
Lo expresa la conclusión del Documento con estas palabras:
"Esta V Conferencia, recordando el mandato de ir y de hacer discípulos (cf. Mt 28,20), desea despertar la Iglesia en América Latina y El Caribe para un gran impulso misionero. No podemos desaprovechar esta hora de gracia. ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de'sentido', de verdad y amor, de alegría y de esperanza! No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por la victoria pascual del Señor de la historia, que Él nos convoca en Iglesia, y que quiere multiplicar el número de sus discípulos y misioneros en la construcción de su Reino en nuestro Continente. Somos testigos y misioneros: en las grandes ciudades y campos, en las montañas y selvas de nuestra América, en todos los ambientes de la convivencia social, en los más diversos'areópagos'de la vida pública de las naciones, en las situaciones extremas de la existencia, asumiendo ad gentes nuestra solicitud por la misión universal de la Iglesia" (548).
Esta gran novedad de Aparecida persigue que el Pueblo de Dios viva en estado permanente de misión (551). Para ello la Iglesia ha de ser un espacio que facilite la experiencia religiosa y la vida comunitaria, una escuela de formación bíblico-doctrinal, y una casa de la cual todos salen con un profundo compromiso evangelizador (226).
b. Así, la Va Conferencia General concluye convocando a una gran acción misionera, a una Misión Continental. Leemos en el Mensaje final:
"Al terminar la Conferencia de Aparecida, en el vigor del Espíritu Santo, convocamos a todos nuestros hermanos, para que, unidos, con entusiasmo realicemos la Gran Misión Continental. Será un nuevo Pentecostés que nos impulse a ir, de manera especial, en búsqueda de los católicos alejados y de los que poco o nada conocen a Jesucristo, para que formemos con alegría la comunidad de amor de nuestro Padre Dios. Misión que debe llegar a todos, ser permanente y profunda"15.
La misión quiere abarcar a todos los bautizados y llegar aún a quienes no conocen a Jesucristo. En lo que atañe a nuestras comunidades, la misión tiene dos objetivos: por una parte, dar un salto cualitativo para lograr un vivo despertar misionero que sea permanente, ya que pedimos la gracia de ser una Iglesia realmente misionera, cuyos miembros sean de verdad discípulos misioneros. Por otra parte, persigue la interiorización de la gran riqueza espiritual y pastoral, religiosa y humana, contenida en las orientaciones pastorales de Aparecida y en la experiencia de comunión de la reciente Conferencia.
10. UNA CONVERSIÓN PASTORAL
Es tal la magnitud del compromiso asumido en Aparecida, que se hace necesaria una conversión pastoral, que debe abarcar a las personas, a las comunidades y a las diferentes instancias de nuestra Iglesia. El DA la propone específicamente en los números 365-372, pero su contenido lo encontramos prácticamente en todos los capítulos.
Éstas son algunas de sus componentes principales:
a. La necesidad de esta conversión pastoral surge de una "firme decisión misionera". Ella "debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos, y de cualquier institución de la Iglesia. Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe" (365). Esto "implica reformas espirituales, pastorales y también institucionales" (367).
b. Esta resolución misionera, que exige una conversión pastoral, requiere estar disponibles a la voz del Espíritu Santo, que habla a través de los signos de los tiempos (366s). Asimismo necesita una conversión de los pastores para "vivir y promover una espiritualidad de comunión y participación'sin olvidar la urgencia pastoral del "testimonio de comunión eclesial y santidad" (368 y 371). Esos números contienen, además, otras recomendaciones de gran valor.
c. La Conversión pastoral supone la renovación de las parroquias (170), los movimientos y todas las comunidades e instituciones eclesiales de modo que sean verdaderas escuelas de discípulos misioneros. Esto significa que vivan y trabajen como escuelas que saben conducir y de hecho conducen al encuentro con Jesucristo vivo, sobre todo enseñando la lectura orante de las Escrituras -lectio divina- (249), potenciando la iniciación a la vida cristiana, ya que "o educamos en la fe, poniendo realmente en contacto con Jesucristo e invitando a su seguimiento, o no cumpliremos nuestra misión evangelizadora" (287). Estas "escuelas" han de avivar el encuentro con Cristo en las celebraciones litúrgicas, particularmente en la celebración eucarística y del sacramento de la reconciliación (251-254), reconquistar la celebración del día del Señor (252s), enseñar a recorrer ese camino hacia Él que es el amor a la Virgen María (267), y a servir generosamente a los pobres, afligidos, enfermos y excluidos, cuyos derechos hemos de defender, y en quienes encontramos y servimos al Señor (257). En ellas hemos de aprender y transmitir el aprecio y el cultivo de la piedad popular (259, 263, 265).
d. Algo irrenunciable en el proceso de la conversión, la formación, la comunión y la misión es la recuperación de la categoría "encuentro". Es Cristo quien sale a nuestro encuentro, y nosotros quienes vamos a su encuentro. También es el encuentro entre los hermanos, ya que en la comunión con el Señor se gesta la comunión entre nosotros. Siendo que todo pastor ha de reflejar al Buen Pastor, es evidente que nuestra pastoral tiene que estar entretejida de encuentros, en la sencillez, la cordialidad, la solicitud, la escucha, el consuelo y el servicio a los demás. No pueden dejarse absorber los pastores por mil reuniones de planificación y administración; no pueden "abstenerse" de utilizar una buena parte de su tiempo en ser encontrados y en salir al encuentro, en tomarse el tiempo imprescindible para acompañar espiritualmente, especialmente a los jóvenes. No pueden renunciar a formas de encuentro que expresen su relación sacramental de amigo, hermano, padre y pastor. Tampoco pueden hacerlo sus colaboradores.
Encontramos estas reflexiones sintetizadas en el Mensaje final16:
"La alegría de ser discípulos y misioneros se percibe de manera especial donde hacemos comunidad fraterna.
Estamos llamados a ser Iglesia de brazos abiertos, que sabe acoger y valorar a cada uno de sus miembros. (…) Nos proponemos reforzar nuestra presencia y cercanía. Por eso, en nuestro servicio pastoral, invitamos a dedicarle más tiempo a cada persona, escucharla, estar a su lado en sus acontecimientos importantes y ayudar a buscar con ella las respuestas a sus necesidades. Hagamos que todos, al ser valorados, puedan sentirse en la Iglesia como en su propia casa".
11. APARECIDA: NUESTRA SEÑORA ENTRE PEREGRINOS, LA EUCARISTÍA DE LOS MISIONEROS Y LA PALABRA DE LOS DISCÍPULOS
Como ya lo constatamos, Aparecida fue mucho más que una Conferencia General, fue una experiencia gozosa de comunión con Dios y con los hermanos, con los presentes y los de más lejos, y también con hermanos de otras confesiones cristianas.
1. Tuvo lugar en una de las grandes capitales de la geografía de la fe de nuestro Continente y de sus islas, en un santuario de la Virgen María, Nuestra Señora Aparecida, en el cual afloró, en la cercanía de miles de peregrinos, todo el amor a la Sma. Virgen que guardamos como un tesoro vivo en lo más hondo de nuestro ser y de nuestra cultura.
La Va Conferencia no habría sido lo que fue sin ese enorme aprecio por la inculturación del Evangelio que hallamos en la religiosidad popular; y sin el redescubrimiento del potencial evangelizador del amor a la Virgen María, que nos conduce a la Sma. Trinidad, hacia el corazón y la misión de su Hijo, hacia la naciente Iglesia, la de entonces y la de ahora, que implora el Espíritu Santo en el Cenáculo y sale a evangelizar, como también hacia los innumerables esposos de Caná a los cuales les falta el "vino": dolorosas carencias de lo necesario para vivir conforme a su dignidad. La Virgen María no es un capítulo del Documento, sino que está presente en casi todos sus capítulos, porque es modelo y madre de discípulos misioneros, que quieren vivir con gratitud y alegría el don de su fe y su misión por la vida de nuestros pueblos.
2. Para quienes participamos en la Asamblea, hacer memoria de Aparecida es sumergirnos nuevamente en los salmos de la liturgia de las horas, acompañados de las 100 voces del coro del santuario, y es recordar el significado, la belleza y el poder transformador de la Eucaristía. Ese tiempo, dedicado cada día a la renovación de la Nueva Alianza, realmente era la raíz y la cumbre de nuestra Asamblea. Recorrer las páginas del Documento s un reencuentro con la riqueza de la Eucaristía, Pan bajado del cielo para la vida del mundo, envío de misioneros con la cruz y la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado. El siguiente es uno de los tantos textos que proponen e invitan a una visión integral y evangelizadora de la Eucaristía:
"En su Palabra y en todos los sacramentos Jesús nos ofrece un alimento para el camino. La Eucaristía es el centro vital del universo, capaz de saciar el hambre de vida y felicidad:'El que me coma vivirá por mí'(Jn 6,57). En ese banquete feliz participamos de la vida eterna y así nuestra existencia cotidiana se convierte en una Misa prolongada. Pero todos los dones de Dios requieren una disposición adecuada para que puedan producir frutos de cambio. Especialmente, nos exigen un espíritu comunitario, abrir los ojos para reconocerlo y servirlo en los más pobres:'En el más humilde encontramos a Jesús mismo,17. Por eso San Juan Crisóstomo exhortaba:'¿Quieren en verdad honrar el cuerpo de Cristo? No consientan que esté desnudo. No lo honren en el templo con manteles de seda mientras afuera lo dejan pasar frío y desnudez'18 "(354).
De hecho, la presencia de los peregrinos del Santuario -120.000 cada semana nos evocaba día a día al pueblo de Dios que servimos, y particularmente los rostros de quienes sufren, de la gente más sencilla de nuestros pueblos, de los pobres y los afligidos. Sus necesidades exigían compromiso sincero con la opción preferencial por los pobres, con la educación, con la evangelización de la cultura y con todos los ámbitos del progreso humano integral. Por otra parte, la dedicación generosa e inculturada del equipo pastoral del santuario, y la apertura de esos peregrinos al encuentro con Jesucristo y con su Madre Aparecida, nos edificaban y evangelizaban.
3. En el espacio interior abierto por las significativas celebraciones eucarísticas, nos propusimos vivir y trabajar como discípulos de Jesucristo, y pedimos la gracia de que Cristo viniera a nuestro encuentro y guiara nuestros pasos para seguirlo y amarlo. Resueltos a escuchar su palabra y a acogerla como discípulos suyos, cada día nos enriquecimos con el ardor y la luz del Evangelio, comentado al inicio de cada jornada durante la Eucaristía, y al concluirla en el rezo de vísperas. Esas homilías avivaron nuestro amor a Jesús, nuestra fe en el encargo recibido, y nuestra esperanza compartida con su pueblo, deseoso de tener vida nueva en el Espíritu. De hecho, el discernimiento de los signos de los tiempos condujo nuestras reflexiones hacia los orígenes, a orillas del Jordán y del Lago de Galilea, a la fuente de la vida cristiana en los primeros encuentros con Jesús, que serían proyectados hacia la vida de la Iglesia por el Espíritu Santo. Por eso, Aparecida nos invitó a recorrer los caminos de encuentro del Evangelio, y a basar todas las orientaciones centrales del Documento en las Escrituras, redescubiertas, leídas, meditadas, oradas e interiorizadas "con el oído en el corazón de Dios y la mano en el pulso del tiempo". No es de extrañar entonces la insistencia en mostrar esa experiencia como uno de los lugares más determinantes para el encuentro con Cristo, que nos transforma en discípulos misioneros suyos.
"Se hace, pues, necesario proponer a los fieles la Palabra de Dios como don del Padre para el encuentro con Jesucristo vivo, camino de'auténtica conversión y de renovada comunión y solidaridad'19. (...) Los discípulos de Jesús anhelan nutrirse con el Pan de la Palabra: quieren acceder a la interpretación adecuada de los textos bíblicos, a emplearlos como mediación de diálogo con Jesucristo, y a que sean alma de la propia evangelización y del anuncio de Jesús a todos. Por esto la importancia de una'pastoral bíblica', entendida como animación bíblica de la pastoral, que sea escuela de interpretación o conocimiento de la Palabra, de comunión con Jesús u oración con la Palabra, y de evangelización inculturada o de proclamación de la Palabra. Esto exige por parte de obispos, presbíteros, diáconos y ministros laicos de la Palabra un acercamiento a la Sagrada Escritura que no sea sólo intelectual e instrumental, sino con un corazón'hambriento de oír la Palabra del Señor'(Am 8,11)" (248).
Y nos invita especialmente a acercarnos a la Sagrada Escritura con el ejercicio de la'lectio divina'o lectura orante de Palabra20.
12. HACIA EL FUTURO
Las palabras finales del Documento de Aparecida también son una síntesis de los grandes desafíos de nuestra Iglesia en Latinoamérica y el Caribe, que sólo pueden recibir una respuesta auténtica en la fuerza del Espíritu Santo:
"Recobremos, pues, el fervor espiritual. Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Hagámoslo -como Juan el Bautista, como Pedro y Pablo, como los otros Apóstoles, como esa multitud de admirables evangelizadores que se han sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia- con un ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir. Sea ésta la mayor alegría de nuestras vidas entregadas. y ojalá el mundo actual -que busca a veces con angustia, a veces con esperanza- pueda así recibir la Buena Nueva (... ) a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo'2l. Recobremos el valor y la audacia apostólicos" (552).
"Nos ayude la compañía siempre cercana, llena de comprensión y ternura, de María Santísima. Que nos muestre el fruto bendito de su vientre y nos enseñe a responder como ella lo hizo en el misterio de la anunciación y encarnación. Que nos enseñe a salir de nosotros mismos en camino de sacrificio, amor y servicio, como lo hizo en la visitación a su prima Isabel, para que, peregrinos en el camino, cantemos las maravillas que Dios ha hecho en nosotros conforme a su promesa" (553).
1 Fueron convocados: 168 cardenales, arzobispos y obispos, 24 sacerdotes diocesanos, 17 laicos, 4 diáconos permanentes, 24 religiosos y religiosas, 6 representantes de movimientos eclesiales, 6 representantes de organismos de ayuda, 14 peritos, 8 observadores (entre ellos, por primera vez, un rabino).
2 Los números insertos en el texto se refieren a la numeración del Documento conclusivo de Aparecida (DA)
3 Ratzinger, J., Situación actual de la fe y la teología. Conferencia pronunciada en el Encuentro de Presidentes de Comisiones Episcopales de América Latina para la doctrina de la fe, celebrado en Guadalajara, México (1996). Publicado en L'Osservatore Romano, el 1-XI-1996.
4 Cf. NM¡ 28-29.
5 DCE 1.
6 Cf. EN 1.
7 DA 14, 17s.
8 Ibid. 28.
9 Ibid. 549.
10 Cf. Ibid. 364.
11 Cf. Ibid. 227ss.
12 Cf. Puebla 386.
13 Cf. DA 509ss.
14 Cf. Ibid. 480-508; 520-546.
15 Mensaje 5; cf. DA 362, 548 Y 551.
16 Mensaje 3; cf. DA 188, 363 y 368.
17 DCE 15.
18 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre san Mateo, L, 3-4: PG 58, 508-509.
19 EAm 12.
20 Cf. DA 249.
21 EN 80.
