El artículo anterior menciona la Carta de los Derechos de la Familia, publicada por la Santa Sede en octubre de 1983, que habla de « la remuneración del trabajo de uno de los padres en el hogar; debe ser tal que la madre de familia no se vea obligada a trabajar fuera del hogar, en detrimento de la vida familiar, especialmente de la educación de los hijos ».
En realidad, esta petición de la Iglesia católica sobre la importancia del trabajo de la mujer en el hogar no es nueva; ya el papa Pío XI escribía en 1931, en su encíclica Quadragesimo anno, en el n.º 71:
« Constituye un horrendo abuso, y debe ser eliminado con todo empeño, que las madres de familia, a causa del salario tan bajo del padre, se vean en la precisión de buscar un trabajo remunerado fuera del hogar, teniendo que abandonar sus peculiares deberes y, sobre todo, la educación de los hijos. »
Más recientemente, san Juan Pablo II escribió en su encíclica Laborem exercens sobre el trabajo humano, del 15 de septiembre de 1981, en el párrafo 19:
« La experiencia confirma que hay que esforzarse por la revalorización social de las funciones maternas, de la fatiga unida a ellas y de la necesidad que tienen los hijos de cuidado, de amor y de afecto para poderse desarrollar como personas responsables, moral y religiosamente maduras y sicológicamente equilibradas.
« Será un honor para la sociedad hacer posible a la madre —sin obstaculizar su libertad, sin discriminación sicológica o práctica, sin dejarle en inferioridad ante sus compañeras— dedicarse al cuidado y a la educación de los hijos, según las necesidades diferenciadas de la edad. El abandono obligado de tales tareas, por una ganancia retribuida fuera de casa, es incorrecto desde el punto de vista del bien de la sociedad y de la familia cuando contradice o hace difícil tales cometidos primarios de la misión materna. »
Juan Pablo II retomó el mismo tema en sus palabras a las obreras en Lodz, Polonia, el 13 de junio de 1987:
« La mujer es el corazón de la comunidad familiar. Si el corazón falta, el organismo deja de vivir… Todo el trabajo que la mujer realiza en el hogar, toda su actividad como madre y educadora, es un trabajo importante que no puede ser socialmente despreciado; debe ser constantemente revalorizado si la sociedad no quiere actuar en contra de sí misma… Una verdadera promoción de la mujer exige de la sociedad un reconocimiento particular de las tareas maternas y familiares, ya que son un valor superior a todas las demás tareas y profesiones públicas.
« En todo lo que se refiere a la educación, la mujer es irremplazable, especialmente en lo que concierne a la educación del niño en los primeros años de su vida —irremplazable. Mi ferviente deseo es que todos los niños del mundo, y en particular los de mi patria, puedan ser criados por sus propias madres en sus familias; que no haya niños abandonados recogidos en las "casas del niño" (guarderías), instituciones sociales útiles pero que no sustituyen el genio femenino. »
Las guarderías no reemplazan a la madre
Estas palabras del Papa son muy claras: la presencia de la madre es irremplazable, especialmente en los primeros años del niño. Esto significa que las guarderías, por útiles que sean, por bien equipadas y limpias que estén, y por dedicadas y bien intencionadas que sean las personas que trabajan en ellas, nunca reemplazarán el « genio » y el afecto de la madre.
Además, incluso los más fervientes partidarios de las guarderías reconocen que la presencia de la madre en el hogar es preferible durante los tres primeros años del niño. Por eso proponen licencias de maternidad más largas (21 semanas) o guarderías en el lugar de trabajo. Estas medidas pueden ayudar a las mujeres que están en el mercado laboral, pero no aportan absolutamente nada a aquellas que permanecen en el hogar. ¿Por qué las feministas se oponen a toda ayuda para la madre en el hogar?
Una cuestión de dinero
En Canadá, en 1951, solo el 7 % de las mujeres trabajaban fuera del hogar. En 1967, esta cifra era del 17 %. En 2024, es más del 61 %. En realidad, la familia tradicional —es decir, el padre que trabaja fuera y la madre que permanece en casa para cuidar a los hijos— se ha convertido en la excepción, representando apenas una familia de cada seis en Canadá. ¿Por qué este cambio?
Es esencialmente una cuestión de dinero: el costo de la vida ha aumentado tanto que el salario del marido por sí solo ya no basta para mantener a toda la familia. Si el 60 % de las mujeres en Canadá trabaja fuera del hogar, es porque la mayoría se ve económicamente obligada a hacerlo; y si realmente tuvieran la opción, muchas preferirían quedarse en casa a tiempo completo para cuidar de sus hijos.
Lo que las feministas no comprenden —o no quieren comprender— es que una mujer puede ser muy inteligente y, al mismo tiempo, considerar que, por el bien de sus hijos, es mejor elegir quedarse en casa a tiempo completo para cuidarlos. La madre en el hogar no tiene por qué sentirse inferior a las mujeres que trabajan fuera, pues, como recordó el Papa, « las tareas maternas y familiares son un valor superior a todas las demás tareas y profesiones públicas ».
Y se equivocan quienes afirman que otorgar un ingreso a las madres de familia tiene como objetivo « encerrar a las mujeres en el hogar ». Las que desean trabajar fuera siguen siendo libres de hacerlo. Pero aquellas que decidan quedarse en casa a tiempo completo para cuidar a sus hijos recibirían una asignación que reconozca la importancia de su trabajo en el hogar. Como explicaba Juan Pablo II en un discurso en Piacenza, Italia, el 5 de junio de 1988:
« La dignidad del hombre y de la mujer es igual, porque ambos han sido creados a imagen de Dios. Todos los campos de la actividad humana —económica, social, cultural o política— están y deben estar abiertos a la mujer. Pero hay una actividad específica que concierne de modo particular a la mujer como "madre de los vivientes". En ella la mujer encuentra su expresión más alta; y por ello es justo que el Estado y la sociedad la apoyen en el cumplimiento de este deber mediante beneficios sociales semejantes a los que reciben las mujeres que trabajan fuera del hogar. »
Por lo tanto, que el gobierno conceda al menos a las madres que trabajan en casa la misma cantidad que otorga a las madres que trabajan fuera y envían a sus hijos a la guardería. En Quebec, actualmente, el costo de un niño en guardería se sitúa entre 15 000 y 20 000 dólares al año, de los cuales un máximo de 2 520 dólares (9,65 $ por día multiplicado por 261 días) es pagado por los padres. Para dos niños, ya es el doble. Sin embargo, con la misma asignación, una madre en el hogar es tan capaz de criar a dos hijos como a uno solo.
También se podría hablar largo y tendido sobre los enormes costos sociales que conlleva la ausencia de la madre en el hogar: conflictos familiares, divorcios, problemas psicológicos en los niños, delincuencia juvenil, etc., problemas que a veces son irreparables. En realidad, otorgar un ingreso a la madre en el hogar no tiene nada de exagerado, y se puede concluir fácilmente que costaría menos al gobierno dar un ingreso a las madres de familia que subvencionar las guarderías.
