Los principales desafíos del mundo contemporáneo
Como es costumbre de todos los Sumos Pontífices al comienzo de cada año, el papa León XIV pronunció, el 9 de enero de 2026, un discurso ante los embajadores acreditados ante la Santa Sede, para expresar sus deseos y sus preocupaciones sobre la situación mundial actual.
He aquí algunos extractos de los principales aspectos subrayados por el Santo Padre. Los subtítulos son de la revista San Miguel.
La guerra está reemplazando a la diplomacia
En nuestro tiempo, la debilidad del multilateralismo es motivo de especial preocupación a nivel internacional. La diplomacia que promueve el diálogo y busca el consenso entre todas las partes está siendo sustituida por una diplomacia basada en la fuerza, ya sea por parte de individuos o de grupos de aliados. La guerra vuelve a estar de moda y el entusiasmo bélico se extiende.
Se ha roto el principio establecido tras la Segunda Guerra Mundial, que prohibía a los países utilizar la fuerza para violar las fronteras ajenas. La paz ya no se busca como un regalo y como un bien deseable en sí mismo, o como una búsqueda de « la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres ». [4] En cambio, se busca mediante las armas como condición para afirmar el propio dominio. Esto compromete gravemente el estado de derecho, que es la base de toda convivencia civil pacífica. (…)
Quisiera llamar especialmente la atención sobre la importancia del derecho internacional humanitario. Su cumplimiento no puede depender de las circunstancias ni de intereses militares y estratégicos. El derecho humanitario, además de garantizar un mínimo de humanidad durante los estragos de la guerra, es un compromiso que han contraído los Estados. Dicho derecho debe prevalecer siempre sobre las ambiciones de los beligerantes, con el fin de mitigar los efectos devastadores de la guerra y con vistas a la reconstrucción.
No podemos ignorar que la destrucción de hospitales, infraestructuras energéticas, viviendas y lugares esenciales para la vida cotidiana constituye una grave violación del derecho internacional humanitario. La Santa Sede reitera firmemente su condena de involucrar a los civiles en operaciones militares, de cualquier manera. Asimismo, espera que la comunidad internacional recuerde que la protección del principio de la inviolabilidad de la dignidad humana y la santidad de la vida siempre cuenta más que cualquier mero interés nacional. (…)
El sentido de las palabras es manipulado
Hoy en día, el significado de las palabras es cada vez más fluido y los conceptos que representan son cada vez más ambiguos. El lenguaje ya no es el medio preferido por los seres humanos para conocerse y relacionarse entre sí. Además, en las contorsiones de la ambigüedad semántica, el lenguaje se está convirtiendo cada vez más en un arma con la cual engañar, o golpear y ofender a los oponentes. Las palabras deben volver a expresar ciertas realidades de forma inequívoca. Sólo así podrá reanudarse el diálogo auténtico sin malentendidos.
Esto debería ocurrir en nuestros hogares y espacios públicos, en la política, en los medios de comunicación y en las redes sociales. Del mismo modo, debería ocurrir en el contexto de las relaciones internacionales y el multilateralismo, para que este último pueda recuperar la fuerza precisa para desempeñar su papel de encuentro y mediación. Esto es realmente necesario para prevenir conflictos y garantizar que nadie se vea tentado a imponerse a los demás mediante la mentalidad de la fuerza, ya sea verbal, física o militar.
También debemos señalar la paradoja de que este debilitamiento del lenguaje se invoca a menudo en nombre de la propia libertad de expresión. Sin embargo, si lo analizamos más detenidamente, ocurre lo contrario, ya que la libertad de expresión está garantizada precisamente por la certeza del lenguaje y el hecho de que cada término está anclado en la verdad.
Es doloroso ver cómo, especialmente en Occidente, el espacio para la verdadera libertad de expresión se está reduciendo rápidamente. Al mismo tiempo, se está desarrollando un nuevo lenguaje al estilo orwelliano que, en un intento por ser cada vez más inclusivo, acaba excluyendo a quienes no se ajustan a las ideologías que lo alimentan.
(Nota del editor: El adjetivo « orwelliano » hace referencia a la novela 1984 de George Orwell, publicada en 1949, que describe una sociedad totalitaria opresiva ficticia donde la propaganda gubernamental se utiliza para vigilar, controlar y manipular al pueblo, dirigido por Big Brother, un líder dictatorial que prohíbe toda libertad de expresión y llama verdad a lo que es mentira.)
Desafortunadamente, esto tiene otras consecuencias que terminan restringiendo los derechos humanos fundamentales, empezando por la libertad de conciencia. En este sentido, la objeción de conciencia permite a las personas rechazar obligaciones legales o profesionales que entran en conflicto con principios morales, éticos o religiosos profundamente arraigados en sus vidas personales. Puede tratarse del rechazo al servicio militar en nombre de la no violencia, o del rechazo por parte de médicos y profesionales de la salud a participar en prácticas como el aborto o la eutanasia. La objeción de conciencia no es rebelión, sino un acto de fidelidad a uno mismo.
La libertad de conciencia cuestionada
En este momento de la historia, la libertad de conciencia parece ser cada vez más cuestionada por los Estados, incluso por aquellos que dicen basarse en la democracia y los derechos humanos. Sin embargo, esta libertad establece un equilibrio entre el interés colectivo y la dignidad individual. También pone de relieve que una sociedad verdaderamente libre no impone la uniformidad, sino que protege la diversidad de conciencias, previniendo las tendencias autoritarias y promoviendo un diálogo ético que enriquece el tejido social.
De manera similar, la libertad religiosa corre el riesgo de verse restringida. Como recordó Benedicto XVI, este es « el primero de todos los derechos humanos, porque expresa la realidad más fundamental de la persona ». Los datos más recientes muestran que las violaciones de la libertad religiosa están aumentando y que el 64% de la población mundial sufre graves violaciones de este derecho.
Al solicitar que se respeten plenamente la libertad religiosa y el culto de los cristianos, la Santa Sede pide lo mismo para todas las demás comunidades religiosas. Con ocasión del 60 aniversario de la promulgación de la Declaración Nostra Aetate, uno de los frutos del Concilio Ecuménico Vaticano II, que concluyó el 8 de diciembre de 1965, tuve la oportunidad de reiterar el rechazo categórico de todas las formas de antisemitismo, que lamentablemente siguen sembrando odio y muerte. Asimismo, destaqué la importancia de cultivar el diálogo judeocristiano, profundizando en nuestras raíces bíblicas comunes. (…)
La persecución de los cristianos
Sin embargo, no se puede pasar por alto que la persecución de los cristianos sigue siendo una de las crisis de derechos humanos más extendidas en la actualidad, que afecta a más de 380 millones de creyentes en todo el mundo. Sufren niveles elevados o extremos de discriminación, violencia y opresión debido a su fe. Este fenómeno afecta aproximadamente a uno de cada siete cristianos en todo el mundo y se agravó en el 2025 debido a los conflictos en curso, a los regímenes autoritarios y al extremismo religioso. Lamentablemente, todo esto demuestra que, en muchos contextos, la libertad religiosa se considera más un "privilegio" o una concesión que un derecho humano fundamental. (…)
Al mismo tiempo, no debemos olvidar una forma sutil de discriminación religiosa contra los cristianos, que se está extendiendo incluso en países donde son mayoría, como en Europa o América. Allí, a veces se les restringe su capacidad de proclamar las verdades del Evangelio por razones políticas o ideológicas, especialmente cuando defienden la dignidad de los más débiles, los no nacidos, los refugiados y los migrantes, o promueven la familia.
Los derechos inalienables de los migrantes
En sus relaciones y acciones internacionales, la Santa Sede defiende sistemáticamente la dignidad inalienable de cada persona. No se puede pasar por alto, por ejemplo, que cada migrante es una persona y, como tal, posee derechos inalienables que deben respetarse en todos los contextos. No todos los migrantes se desplazan por elección propia, sino que muchos se ven obligados a huir debido a la violencia, la persecución, los conflictos e incluso los efectos del cambio climático, como ocurre en diversas partes de África y Asia.
Proteger la familia
Además, desde una perspectiva cristiana, los seres humanos han sido creados a imagen y semejanza de Dios, quien, « al llamarlos a la existencia por amor, los ha llamado al mismo tiempo al amor ». [10] Esta vocación se manifiesta de manera privilegiada y única dentro de la familia. (…)
A pesar de su importancia, la institución de la familia se enfrenta hoy en día a dos retos cruciales. Por un lado, existe una preocupante tendencia en el sistema internacional a descuidar y subestimar su papel social fundamental, lo que conduce a su progresiva marginación institucional. Por otro lado, no podemos ignorar la creciente y dolorosa realidad de las familias frágiles, rotas y que sufren, afectadas por dificultades internas y fenómenos inquietantes, como la violencia doméstica.
La vocación al amor y a la vida, que se manifiesta de manera importante en la unión exclusiva e indisoluble entre una mujer y un hombre, implica un imperativo ético fundamental para que las familias puedan acoger y cuidar plenamente la vida por nacer. Esto es cada vez más una prioridad, especialmente en aquellos países que están experimentando un dramático descenso de la natalidad. La vida, de hecho, es un don inestimable que se desarrolla dentro de una relación comprometida basada en la entrega mutua y el servicio.
A la luz de esta profunda visión de la vida como un don que hay que apreciar, y de la familia como su guardiana responsable, rechazamos categóricamente cualquier práctica que niegue o explote el origen de la vida y su desarrollo. Entre ellas se encuentra el aborto, que interrumpe una vida en crecimiento y rechaza acoger el don de la vida.
En este sentido, la Santa Sede expresa su profunda preocupación por los proyectos destinados a financiar la movilidad transfronteriza con el fin de acceder al llamado "derecho al aborto seguro". Asimismo, considera deplorable que se asignen recursos públicos para suprimir la vida, en lugar de invertirlos en apoyar a las madres y las familias. El objetivo principal debe seguir siendo la protección de todos los niños no nacidos y el apoyo efectivo y concreto a todas las mujeres para que puedan acoger la vida.
De manera similar, existe la práctica de la subrogación. Al convertir la gestación en un servicio negociable, se viola la dignidad de ambos, tanto del niño, que queda reducido a un "producto", como de la madre, al explotar su cuerpo y el proceso generativo y alterar la vocación relacional original de la familia.
Consideraciones similares se aplican también a los enfermos y a las personas mayores y solas, que a veces tienen dificultades para encontrar una razón para seguir viviendo. La sociedad civil y los Estados también tienen la responsabilidad de responder de manera concreta a las situaciones de vulnerabilidad, ofreciendo soluciones al sufrimiento humano, como los cuidados paliativos, y promoviendo políticas de auténtica solidaridad, en lugar de fomentar formas falsas de compasión como la eutanasia. (…)
Mientras que san Agustín destaca la coexistencia de la ciudad celestial y la ciudad terrenal hasta el fin de los tiempos, nuestra época parece algo inclinada a negar a la ciudad de Dios su "derecho de ciudadanía". Parece que sólo existe la ciudad terrenal, encerrada exclusivamente dentro de sus fronteras. Buscar sólo bienes inmanentes socava esa « tranquilidad del orden », lo que para Agustín constituye la esencia misma de la paz, que concierne tanto a la sociedad y a las naciones como al alma humana, y es esencial para cualquier convivencia civil.
En ausencia de un fundamento trascendente y objetivo, sólo prevalece el amor propio, hasta el punto de la indiferencia hacia Dios, que gobierna la ciudad terrenal. Sin embargo, como señala Agustín, « en hombres como éstos, que pretenden encontrar aquí abajo el sumo bien y conseguir por sí mismos la felicidad, el orgullo ha llegado a un tal grado de aturdimiento »
El orgullo oscurece tanto la realidad misma como nuestra empatía hacia los demás. No es casualidad que el orgullo esté siempre en la raíz de todos los conflictos. Por consiguiente, como recordé en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, « se pierde el realismo, cediendo a una representación parcial y distorsionada del mundo, bajo el signo de las tinieblas y del miedo », allanando así el camino para la mentalidad de confrontación, que es el precursor de toda guerra.
Vemos esto en muchos contextos, empezando por la guerra en curso en Ucrania y el sufrimiento infligido a la población civil… Del mismo modo, vemos esto en Tierra Santa, donde, a pesar de la tregua anunciada en octubre, la población civil sigue sufriendo una grave crisis humanitaria, que se suma al sufrimiento ya experimentado. (…)
A pesar de la trágica situación que tenemos ante nuestros ojos, la paz sigue siendo un bien difícil, pero posible. Como nos recuerda Agustín, « nuestros supremos bienes consisten en la paz » porque es el objetivo mismo de la ciudad de Dios, a la que aspiramos, incluso inconscientemente, y de la que podemos disfrutar un anticipo incluso en la ciudad terrenal. Durante nuestra peregrinación en esta tierra, la construcción de la paz requiere humildad y valentía.
La humildad de la verdad y la valentía del perdón. En la vida cristiana, vemos estas virtudes reflejadas en la Navidad, cuando la Verdad, la Palabra eterna de Dios, se hace humilde carne, y en la Pascua, cuando el Justo condenado perdona a sus perseguidores y les concede su vida como el Resucitado.
El próximo mes de octubre se cumplirá el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, un hombre de paz y diálogo, reconocido universalmente incluso por quienes no pertenecen a la Iglesia católica. Su vida brilla con fuerza porque estaba animada por el valor de la verdad y el conocimiento de que un mundo pacífico se construye a partir de corazones humildes volcados hacia la ciudad celestial.
Un corazón humilde y artesano de paz es lo que deseo para cada uno de nosotros y para todos los habitantes de nuestros países al comienzo de este nuevo año. Gracias.
