El 21 de noviembre de 2025, en el marco de la sesión plenaria de la Conferencia Nacional de la Juventud Católica de Estados Unidos, el papa León XIV se dirigió en directo, por videoconferencia, a más de 15 000 jóvenes de entre 14 y 18 años, provenientes de movimientos de todos los estados estadounidenses, reunidos en el Lucas Oil Stadium de Indianápolis, Indiana. Durante 45 minutos, el Santo Padre respondió a las preguntas de seis jóvenes, sobre temas que iban desde los sacramentos y la salud mental hasta la inteligencia artificial y el futuro de la Iglesia. A continuación, se presentan tres de esas preguntas, seguidas de la respuesta de León XIV.

Cómo actuar frente a la tecnología

Chris: Santo Padre, buenos días. Mi nombre es Chris Pantelakis y soy de la Arquidiócesis de Las Vegas, Nevada. A menudo me encuentro sentado con el teléfono en la mano, desplazándome sin fin. También he notado que todos a mi alrededor hacen lo mismo o tienen un problema muy similar. Muchos adultos me han dicho que la tecnología es buena si se usa con moderación. Así que mi pregunta para usted es: ¿cómo nos sugiere equilibrar todas estas grandes herramientas —redes sociales, teléfonos inteligentes, tabletas y otros dispositivos— y, al mismo tiempo, construir vínculos de fe fuera de la tecnología?

Papa León: Gracias, Chris, por tu pregunta. Es una pregunta realmente importante. La tecnología puede ayudarnos mucho en muchos sentidos, incluso a vivir nuestra fe cristiana. Nos permite mantenernos conectados con personas que están lejos, como hoy, cuando podemos vernos y escucharnos aunque estemos a miles de kilómetros de distancia. También nos ofrece herramientas extraordinarias para la oración, para leer la Biblia y para aprender más sobre lo que creemos.

Y nos permite compartir el Evangelio con personas que quizá nunca conoceremos en persona. Pero, aun con todo eso, la tecnología nunca puede reemplazar las relaciones reales, cara a cara. Cosas simples —un abrazo, un apretón de manos, una sonrisa— son esenciales para ser humanos y deben vivirse de manera real, no a través de una pantalla, como estamos hablando esta mañana.

Como católicos, a menudo rezamos juntos, recordando la promesa de Jesús de que cuando dos o más se reúnen en su nombre, él está presente. La Iglesia primitiva experimentó momentos poderosos de la presencia de Jesús cuando oraban juntos. Ver la misa en línea puede ser útil, especialmente cuando alguien está enfermo, es mayor o no puede asistir en persona.

Pero estar realmente allí, participar en la Eucaristía, es fundamental para nuestra oración y para nuestro sentido de comunidad. Es esencial para nuestra relación con Dios y entre nosotros. No hay nada que pueda reemplazar la verdadera presencia humana, el estar unos con otros. Por eso, aunque la tecnología ciertamente puede conectarnos, no es lo mismo que estar físicamente presentes. Debemos usarla con sabiduría, sin permitir que eclipse nuestras relaciones.

Hay un santo que fue canonizado recientemente y del que estoy seguro que todos han oído hablar: san Carlo Acutis. Es un gran ejemplo. Carlo tenía habilidades con las computadoras y utilizó ese talento para ayudar a otros a crecer en la fe. También dedicaba tiempo a la oración en la adoración eucarística. Enseñaba a otros y, algo muy importante, servía a los pobres.

Incluso se imponía límites de tiempo, permitiéndose solo una cantidad determinada de horas a la semana para el uso recreativo de dispositivos electrónicos. Gracias a esta disciplina, encontró un equilibrio saludable y mantuvo claras sus prioridades. Amigos míos, los animo a seguir el ejemplo de Carlo Acutis. Sean intencionales con el tiempo que pasan frente a la pantalla. Asegúrense de que la tecnología esté al servicio de su vida y no al revés.

¿Deberíamos usar la inteligencia artificial (IA)?

Micah: Buenos días, Santo Padre. Mi nombre es Micah Alcisto y soy de la Diócesis de Honolulu, en Hawái. Muchas veces, muchos de nosotros, incluyéndome a mí, recurrimos al uso de la IA o de ChatGPT para ayudarnos a encontrar soluciones en distintos ámbitos, como en nuestros trabajos escolares, por ejemplo, para escribir un buen ensayo, guiarnos en un problema de matemáticas o responder una pregunta de historia; en definitiva, utilizando la IA como una herramienta o un recurso para encontrar soluciones y respuestas a un problema que tenemos en mente. Entonces, Santo Padre, ¿de qué cree usted que debemos ser cautelosos al adoptar esta nueva tecnología?

Papa León: Bueno, esa es realmente una pregunta muy importante, y me alegra mucho que la hayas hecho. Como todos ustedes saben, probablemente mejor que yo, la inteligencia artificial se está convirtiendo en una de las características que definen nuestra época. Recientemente, hubo aquí en Roma una conferencia centrada en la protección de niños y adolescentes en el mundo digital actual.

Animé a los participantes a trabajar juntos para crear políticas que los mantengan a ustedes seguros, que nos mantengan a todos seguros frente a los riesgos que conlleva la IA. Pero también les recordé, y aprovecho esta ocasión para recordárselos a todos ustedes, que la seguridad no se trata solo de reglas. Se trata de educación y de responsabilidad personal. Los filtros y las orientaciones pueden ayudarlos, pero no pueden tomar decisiones por ustedes. Eso solo pueden hacerlo ustedes.

Estos años de su vida están destinados a ayudarlos a crecer y convertirse en adultos maduros. Espiritualmente, esto significa profundizar su amistad con Dios y llegar a ser más semejantes a Él. Intelectualmente, significa aprender a pensar con claridad, a pensar de manera crítica, a examinar la realidad y a buscar la verdad, la belleza y el bien.

También significa fortalecer su voluntad con la gracia de Dios, para que puedan elegir libremente lo que los ayuda a crecer y evitar lo que los perjudica. Toda herramienta que se nos da, incluida la inteligencia artificial, debe apoyar ese camino, no debilitarlo. Usar la IA de manera responsable significa usarla de formas que los ayuden a crecer, nunca de maneras que los distraigan de su dignidad o de su llamado a la santidad. En su educación, aprovechen al máximo este tiempo.

La IA puede procesar información rápidamente, pero no puede reemplazar la inteligencia humana. Y no le pidan que haga su tarea por ustedes. No puede ofrecer verdadera sabiduría. Le falta un elemento humano muy importante: la IA no juzgará entre lo que es verdaderamente correcto e incorrecto. Y tampoco se maravillará, con un asombro auténtico, ante la belleza de la creación de Dios.

Sean, pues, prudentes; sean sabios; tengan cuidado de que el uso que hagan de la IA no limite su verdadero crecimiento humano. Úsenla de tal manera que, si desapareciera mañana, ustedes todavía supieran pensar, crear, actuar por sí mismos y formar amistades auténticas. Recuerden que la IA nunca podrá reemplazar ese don único que cada uno de ustedes es para el mundo.

El futuro de la Iglesia

La presentadora terminó con esta pregunta: ¿qué es lo que le da esperanza en este momento? ¿Y cuál es su esperanza para el futuro de la Iglesia? ¿Y cómo podemos ayudarle?

Papa León: Bueno, muchas gracias. Es realmente una muy buena pregunta. Creo que es importante repetir que los jóvenes son parte del presente de la Iglesia y también la esperanza del futuro de la Iglesia.

Los miramos a ustedes —yo los miro a ustedes—, no a otros, para que ayuden a dar forma a la Iglesia en los años venideros. Y eso es algo que debe entusiasmarlos. Tal vez deberían darse todos un aplauso, porque quiero agradecerles a todos ustedes. Este es el momento de soñar en grande, de estar abiertos a lo que Dios puede hacer a través de sus vidas. Ser joven suele ir acompañado del deseo de hacer algo significativo, algo que marque una verdadera diferencia.

Muchos de ustedes están dispuestos a ser generosos, a ayudar a quienes aman, a trabajar por algo más grande que ustedes mismos. Por eso no es cierto que la vida consista solo en hacer lo que a uno le resulta agradable o cómodo, como algunos afirman. Claro que la comodidad puede ser agradable, pero como nos recordó el papa Benedicto XIV, no fuimos hechos para la comodidad. Fuimos hechos para la grandeza.

Fuimos hechos para Dios mismo. En lo más profundo de nuestro corazón, anhelamos la verdad, la belleza y el bien, porque fuimos creados para ellos. Y este tesoro que buscamos tiene un nombre: Jesús, que quiere dejarse encontrar por ustedes, que quiere ser conocido por ustedes. Uno de mis héroes personales, uno de mis santos favoritos, es san Agustín de Hipona. Él aprendió esto siendo joven.

Buscó la felicidad en todas partes, pero nada lo satisfizo hasta que abrió su corazón a Dios. Por eso escribió: « Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti ». Agustín descubrió que su deseo de grandeza era en realidad un deseo de una relación con Jesucristo.

Su amistad con Jesús está en el corazón de lo que significa ser cristiano. No es solo para los santos, ni solo para los sacerdotes o los religiosos y religiosas. Es para todos. Esta fue la experiencia de los primeros discípulos de Jesús. Eran personas comunes que pasaron tiempo con el Señor. Lo escucharon. Experimentaron su amor.

Descubrieron que formar parte de la Iglesia significaba seguir a Jesús, vivir lo que él enseñó y continuar su misión. Por eso, cuando pensamos en el futuro de la Iglesia, lo primero que debemos hacer es profundizar nuestra propia amistad con Jesús. Esto implica una conversión personal, permitir que Dios transforme nuestros corazones para poder seguir a Cristo más de cerca. San Agustín lo expresó muy bien.

Si quieres cambiar el mundo, comienza dejando que Dios te cambie a ti. Parte de ser discípulos de Jesús es ser auténticos. Los jóvenes tienen un fuerte sentido de la autenticidad. Saben distinguir cuando alguien es genuino o falso. No pierdan ese instinto. No se conformen con una versión superficial de la fe. Busquen la verdadera amistad que Jesús les ofrece. Escúchenlo en la oración y permitan que él dé forma a su vida. (...)

La Iglesia ayuda a formar su conciencia para que puedan pensar y actuar con sabiduría y amor. A medida que se acerquen más a Jesús, no tengan miedo de lo que él pueda pedirles. Si los desafía a hacer cambios en su vida, siempre es porque quiere darles una alegría mayor, una libertad mayor. Dios nunca se deja ganar en generosidad.

Por eso san Agustín rezaba: « Señor, dame la gracia de hacer lo que me pides y luego pídeme lo que quieras ». Agustín conocía su propia debilidad, pero también sabía que Dios fortalece a quienes abren su corazón a Él. A medida que se fortalezca su identidad católica, también se profundizará su aprecio por las diversas vocaciones en la Iglesia.

Muchos de ustedes están llamados al matrimonio, a la vida familiar. El mundo necesita familias santas que transmitan la fe y muestren el amor de Dios en la vida cotidiana. Si creen que pueden estar llamados al matrimonio, oren por un esposo o una esposa que los ayude a crecer en santidad y en la fe. Algunos de ustedes pueden estar llamados al sacerdocio, para servir al pueblo de Dios mediante la Palabra y los sacramentos.

Si sienten ese llamado en su corazón, no lo ignoren. Llévenlo a Jesús. Hablen con un sacerdote en quien confíen. Otros pueden estar llamados a la vida religiosa consagrada, a ser testigos de una vida alegre entregada completamente a Dios. Si perciben este llamado, ese suave impulso interior, no tengan miedo. Pidan al Señor que los guíe, que les muestre su plan.

Queridos amigos, mientras disciernen su vocación, confíen en Jesús. Él sabe cómo conducirlos a la verdadera felicidad. Si abren su corazón, lo escucharán llamarlos a la santidad. Como dijo una vez el papa Benedicto XIV, Jesús no quita nada y lo da todo. Cuando nos entregamos a Él, recibimos mucho más de lo que jamás podríamos imaginar.

Su vocación siempre está unida a la misión más grande de la Iglesia, que existe para anunciar el Evangelio a todo el mundo... Esa misión también es la de ustedes. ¿Qué don más grande pueden ofrecer al mundo que el don de la vida eterna en Cristo? ¿A qué causa más grande podrían dedicar su vida que al Evangelio? El mundo necesita misioneros. Los necesita a ustedes para compartir la luz y la alegría que han encontrado en Jesús. A quienes participan en la conferencia en Indianápolis, sepan que estoy rezando por ustedes.

Ustedes también están llamados a ser discípulos misioneros allí donde se encuentren. El Señor los invita a todos a compartir la Buena Noticia: la Buena Noticia de que Jesús murió por nuestros pecados, resucitó y vive hoy, ofreciéndonos su amor y su amistad. Así que, queridos amigos, gracias por sus preguntas. Gracias por escucharnos hoy.

Veo en ustedes una gran esperanza y una gran promesa, y confío en que el Señor está obrando en sus vidas. Que Él continúe bendiciéndolos, guiándolos y fortaleciéndolos mientras buscan servirlo en la Iglesia y en cada persona que pone en su camino.