De la elección de estado

María, que había buscado y había amado solo a Dios desde sus más tiernos años, mereció todas las bendiciones del Cielo, que le preparaba un estado cual era necesario para que se cumpliesen los designios que Dios tenía sobre Ella.

Para ser feliz en un estado, es necesario un concurso de cosas y de circunstancias, que la Providencia proporciona ordinariamente a las almas fieles que consultan a Dios sobre su elección.

Una joven ¿puede esperar que Dios se las proporcione cuando se ha dejado llevar de la impresión funesta de sus pasiones?

La Providencia hizo adquirir a María, en su matrimonio con San José, el fruto precioso de las virtudes que había practicado fielmente.

Si se hubiera consultado al mundo para dar a María un esposo, sin duda se hubiera hecho elección de un hombre rico y distinguido por sus talentos.

No se hubiera puesto mucho cuidado en escoger a un hombre virtuoso, a un hombre que hubiese vivido desde su infancia en el temor de Dios. No es éste el uso del mundo.

Anhelos de interés y consideraciones puramente humanas son el principio de la mayor parte de los

matrimonios. Los bienes de fortuna los hacen concluir más pronto que los bienes de la Gracia. Esta es la causa de muchos matrimonios desgraciados, en los que dos esposos se causan mutuamente su suplicio.

Dios lo permite así para darnos una lección, porque no se le ha consultado de ninguna manera en un negocio que necesariamente debe salir mal, si no es Él el que le dirige. Lo permite también en respuesta al poco cuidado que se ha tenido en los años de la juventud de hacerse digno de su protección por la práctica y ejercicio de las virtudes.

La elección de los padres de María, o más bien la elección de Dios, se fijó pues sobre José, hombre justo, el hombre más virtuoso que hubo sobre la tierra y el esposo más digno de esta Virgen.

Jamás hubo matrimonio más dichoso; jamás hubo corazones más contentos de verse unidos el uno al otro. ¿Qué pesares hubieran podido alterar la paz de sus almas? María y José se hallaban en el estado en que Dios los quería.

Muchos se encuentran descontentos con su estado. Sufren mucho en él y frecuentemente hacen padecer también a otros; y esto es porque han entrado en un estado en el que Dios no los quería.

Estas palabras del Profeta hablan con ellos: Desdichados de vosotros, hijos desertores de mi Providencia, que habéis formado designios sin consultarme (ls 30.11.

La Gracia de la vocación es una Gracia importante que encierra otras infinitas; y si ésta no se logra por falta de fidelidad, no se deben esperar las demás.

El que se aparta del orden de esta Providencia especial, que prepara las Gracias de elección a aquel que está dispuesto a conformarse con la Voluntad. de Dios, cae en el orden de una providencia común, que no proporciona sino gracias comunes, con las cuales es verdad que uno se podrá salvar; pero hay mucho que temer que no se salve, o a lo menos que se salve con dificultad.

Consultad, pues, y pidan al Señor, vosotros, los que deliberáis sobre la elección de un estado. Decidle con el Profeta: Hacedme conocer, Señor, el camino que Vos queréis que yo siga (Sal 142,10).

Vivid al mismo tiempo de tal manera, que no vea el Señor en vosotros un sujeto indigno de sus cuidados.

Si la Voluntad de Dios no es conocida claramente, consultad a aquellos que tienen en este mundo la santidad y el discernimiento venido del Espíritu Santo. El Señor los iluminará sobre lo que debéis hacer.

Jesús que derribó a Saulo en el camino de Damasco, no le explicó inmediatamente los designios que tenía sobre él; pero le envió a Ananías para que le informe.

No consultéis a vuestros parientes, sino en cuan-

to lo exija vuestro deber; porque siempre hay que temer que os den sobre este punto consejos conformes a las máximas del mundo. Las gentes que el hombre tiene dentro de su casa, serán sus enemigos (Mt 10, 36).

De la pureza, y de la estimación que debemos hacer de esta virtud.

Cuando el Ángel anunció a María que llegaría a ser la Madre de Dios, no le explicó de ningún modo si esta augusta prerrogativa podía componerse con el voto de virginidad que tenía hecho. Y por lo mismo María esperó la explicación del Ángel.

Mejor quería exceder en mérito a todas las criaturas por la virginidad, que aventajarlas en dignidad.

Pero no, no temáis, María (Lc 1, 30), de ningún modo. Esta misma pureza, de la cual vos sois tan celosa, hará descender dentro de vuestro seno a este Dios que no quiere nacer sino de una Virgen.

María no dio en efecto su consentimiento, hasta después que comprendió por las palabras del Ángel, que haciéndose Madre de Dios, no tenía nada que temer de su pureza.

¡Oh virtud preciosa!, ¡cuán amada nos debes ser y cuán digna de nuestra estimación!, pues que tú eres la que nos ha dado al Redentor, y la más perfecta de todas las puras criaturas te juzgó digna de preferencia a la Maternidad Divina.

Tú eres la que mereciste el favor de Jesús al Discípulo amado. ¡Dichosas las almas que han tenido este precioso adorno sobre la tierra!, pues ya que tendrán en la Eternidad la singular ventaja de estar cerca del Cordero (Ap 14, 4).

El Príncipe de los Apóstoles tuvo verdaderamente grandes privilegios; pero no permitió Jesús sino al Discípulo que era virgen el reposar sobre su seno durante la Cena. Jesús dio a Pedro el cuidado de su Iglesia, pero a Juan dio el cuidado de su Madre.

Por la pureza, representamos sobre la tierra la vida de los bienaventurados en el Cielo.

La práctica de esta virtud nos hace adquirir un mérito que no tienen los Ángeles.

Las almas más castas son las que participan más de la unión que el Verbo Encarnado se dignó contraer con los hombres.

Oh vosotros los que miráis el vicio contrario a esta

virtud como digno de perdonarse a la debilidad natural; tened entendido que, sin embargo, hay pocos vicios que Dios haya perdonado menos y que haya más severamente castigado.

Este vicio aparta el espíritu de Dios, que no habita de ninguna manera en el hombre carnal (Gn 6, 3).

Este vicio hace caer en una especie de ceguera. Fue necesario un Profeta para que David adúltero comprendiese la grandeza de su crimen y para que pensase en hacer penitencia.

Este vicio hace a los hombres insensibles. Salomón, que fue un prodigio de sabiduría por espacio de tantos años, llegó a ser idólatra al fin de sus días, porque se hizo deshonesto.

Nuestros cuerpos son el templo del Espíritu Santo (1 Co 6,19). La impureza de un Cristiano es una desolación abominable en un lugar santo (Mt 24,15).

¡Oh Jesús!, Esposo de las vírgenes, que escogisteis a una para Madre, inspiradme un amor tierno a la pureza, un gran horror, aun el más grande, al vicio que le es contrario.

La virtud de la pureza es superior a las fuerzas de la naturaleza. Pero comprendí que no la alcanzaría si Dios no me la daba y ya esto mismo era cordura: saber el origen de tal Don (Sb 8, 21).

Yo os pido, Señor, esta Gracia por aquella pureza que hizo a María tan agradable a vuestros ojos y que le consiguió el honor de haberos tenido por Hijo.

Os lo pido por el amor que te han tenido tantas vírgenes que fueron atraídas en este mundo por los encantos del Divino Esposo.

Haced que el más grande de todos mis gozos consista en vencer todos los que vuestra Ley condena.

Despertad en mí el temor a las llamas eternas que preparáis a los pecadores.

Apagad en mí el gusto de los placeres sensuales y dame el de las delicias del Cielo.

Libradme de estas tentaciones importunas que me siguen hasta en los ejercicios de la piedad cristiana.

O ya que las permitís, haced, joh Salvador mío!, que, por la más grande fidelidad en combatirlas, me aproveche de estas ocasiones para daros pruebas de mi amor.