APLICACIÓN DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA EN ECONOMÍA

En esta era de abundancia - al servicio de la verdad plena del hombre

Capítulo 32

¿Debe el Dinero Reclamar Interés?

Creemos que no hay nada más en el mundo que se preste a tanto abuso como el dinero. No es porque el dinero en sí mismo sea malo. Al contrario, el dinero es probablemente el más grande invento creado por el hombre ya que hace flexible el intercambio comercial, favorece la comercialización de bienes y facilita la vida en sociedad.

Pero colocar al dinero en un altar es idolatría. Hacer del dinero un ser con vida que le da nacimiento a dinero nuevo no es natural. 

El dinero no engendra dinero, como Aristóteles, el filósofo griego dijo. Sin embargo, ¿cuántos contratos se establecen – contratos entre individuos, entre gobiernos y acreedores, que estipulan que el dinero debe engendrar dinero, o si no, tanto propiedades como libertades serán confiscadas?

Poco a poco se ha venido haciendo efectiva la teoría y especialmente en la práctica, que el dinero debe producir interés. Y a pesar de que todas las enseñanzas cristianas al respecto son contrarias, tal práctica se ha difundido tanto que, para no perderse en la furiosa competencia sobre la fertilidad del dinero, todos deben  aceptar, actualmente, que es muy natural que el dinero engendre dinero. La Iglesia no ha abrogado sus leyes antiguas, pero le ha sido materialmente imposible insistir en su aplicación.

Los métodos utilizados para financiar la Segunda Guerra Mundial en la que fuimos los acólitos de Churchill, Roosevelt y Stalin para defender a la Cristiandad, solemnemente consagraron la regla de que el dinero, aún si era tirado al mar o a las llamas de la ciudad, debía generar interés. Nos referimos aquí a los bonos Victoria que financian la destrucción, que no producen nada pero que igualmente deben generar interés.

Interés y dividendos

Para que nuestros lectores no se la pasen pensando que sus ahorros son colocados en la industria o en instituciones de préstamo, hagamos algunas distinciones.

Si el dinero no se puede incrementar a sí mismo, hay cosas que sí puede comprar y que lógicamente producirán desarrollos.

Yo aparto $5,000.00 para comprar una granja, o animales, semillas, árboles o maquinaria. Con trabajo inteligente lograré que estas cosas produzcan otras.

Los $5,000.00 fueron una inversión. Por sí mismos no hubieran producido nada, pero gracias a ese dinero fui capaz de obtener lo necesario para producir algo más.

Supongamos que no cuento con esta cantidad pero mi vecino sí y no la necesita durante las siguientes semanas así que me la presta. Considero propio mostrarle mi agradecimiento permitiéndole tener una pequeña parte de los productos que generaré gracias al capital productivo que obtuve.

Es mi trabajo lo que hace que este capital sea útil. Pero el capital por sí mismo representa trabajo acumulado. Ahora somos entonces dos cuyas actividades – pasadas para él, presentes para mí –propiciarán la aparición de la producción. El hecho de que él haya esperado para poder reclamar su parte de la producción con el dinero que recibió como recompensa por su trabajo me permitió a mí obtener los medios de producción que de otro modo no habría podido lograr.

Por tanto, somos capaces de dividirnos los frutos de esta colaboración entre ambos. Sólo queda por determinar, mediante un acuerdo y de manera equitativa, la parte de la producción que es debida al capital.

Lo que mi prestamista obtendrá en este caso es, estrictamente hablando, un dividendo (dividimos los frutos de la producción).

El dividendo es perfectamente justificable cuando la producción es fructífera.

Esta no es exactamente la idea a la que uno normalmente asocia la palabra "interés". El interés es un reclamo hecho por el dinero, únicamente en función del tiempo e independientemente de los resultados del préstamo.

Aquí tengo $1,000.00 que invierto en bonos federales, provinciales o municipales. Si compró bonos a 4% de interés, deberé obtener $40.00 por año, tan cierto como que la tierra gira alrededor del sol durante este mismo lapso de tiempo. Aún si el capital es utilizado sin utilidad alguna, debo obtener mis $40.00. Ese es el interés.

No hay nada que justifique este reclamo, pero ya se ha vuelto costumbre. No se basa en ningún principio.

Pero sí hay justificación para el dividendo, dado que está subordinado al crecimiento de la producción. No hay justificación para el interés en sí mismo pues está disociado de la realidad, está basado en la idea errónea de la generación periódica y natural de dinero.

Inversiones indirectas

En la práctica, quien trae dinero al banco, indirectamente lo pone en la industria productiva. Los banqueros son prestamistas profesionales y el depositante les pasa su dinero porque son capaces de cuidarlo por él y manejarlo mucho mejor. 

El pequeño interés que el banco le acredita al depositario de vez en cuando, aún a tasas fijas, es, de hecho, un dividendo, una parte del ingreso que el banquero obtiene a partir de actividades productivas, con la ayuda de los prestatarios.

Inversiones anónimas

De paso, digamos algo sobre la moralidad de las inversiones

Mucha gente no se preocupa en lo más mínimo con respecto a la utilidad o nocividad de las actividades que su dinero financiarán. En la medida en que produzca utilidades, dicen que está bien. Y mientras más utilidades, mejor la inversión.

Un pagano no razonaría de diferente modo.

Si el propietario de una casa no tiene el derecho de rentarla como burdel, aunque esto le representara grandes utilidades, el ahorrador no tiene más derecho de colocar sus ahorros en empresas dedicadas a arruinar las almas, aunque dichas empresas les llenarán sus bolsillos de dinero.

Sería preferible para el banquero y el empresario estar disociados. La pequeña industria de antes era mucho más sólida y sana: el financiero y el empresario eran la misma persona. El abarrotero de la esquina se encuentra en la misma situación. Las cadenas comerciales no. Las cooperativas, asociaciones de gente, guardan la relación entre el uso del dinero y su dueño y tienen la ventaja de hacer posibles empresas que excedan los recursos de un solo individuo.

En el caso de las compañías con acciones en el mercado, el dinero viene sin su propietario. Este es un mal generalizado. Ya hemos explicado en una edición de nuestro periódico la forma en que este problema puede ser gradualmente resuelto al introducir la propiedad corporativa en la gran industria. Los miembros de la industria se convertirían poco a poco en sus propietarios sin daño alguno para los intereses adquiridos. Pero para ello se requeriría de un sistema de Crédito Social.

El crecimiento del dinero

Regresemos al inicio de la pregunta: ¿debe el dinero reclamar interés? Y nos inclinamos a responder: el dinero debe reclamar dividendos cuando da frutos. No de otro modo.

Si los contratos son bosquejados diferentemente, si el granjero debe pagar intereses aunque no reciba ninguna cosecha ese año; si los granjeros del occidente de Canadá deben cubrir obligaciones al 7%, cuando los financieros que dirigen al mundo provocan la caída de los precios a un tercio de lo que estaban antes, esto no cambia nada del principio. Simplemente prueba que se ha sustituido la realidad por el engaño.

Pero si el dinero puede reclamar dividendos cuando hay un incremento en la producción, este aumento debe crear automáticamente un incremento en el dinero. De otro modo, aunque el dividendo sea perfectamente justificable, sería imposible su distribución sin afectar a la gente de quien se ha tomado.

Estaba diciendo en las líneas anteriores que, gracias a los $5,000.00 que me permitieron comprar lo necesario para incrementar mi producción, el prestamista tiene derecho a reclamar su parte de mis buenos resultados. Esto es muy fácil de hacer si le permito tener una parte de mi producción. Pero si lo que tengo que darle es dinero, entonces las cosas cambian. Si no hay incremento en el dinero del público, mi gran producción crea un problema: mayor oferta de bienes, pero sin dinero suficiente para comprarlos. Tendría éxito si desplazara a otro comerciante, pero entonces él sería la víctima.

Alguien me dirá que los $5,000.00 han contribuido al incremento del dinero en circulación. Así es, pero debo regresar ese dinero, más lo que yo llamo un dividendo y otros llaman interés.

Entonces el problema no está arreglado. Y en nuestro sistema económico no lo estará. Para que el dinero aumente, es necesario que el banco – el único lugar donde el nuevo dinero es creado – le preste a alguien más. Pero al hacer esto, exige un pago que también será incrementado y seguirá creciendo la bola de nieve.

El sistema de Crédito Social solucionaría este problema al arreglar muchos otros.

El dividendo es algo legítimo, normal y lógico, pero el sistema actual no permite hacerlo sin perjudicar a alguien más.

Indudablemente esta es la razón para censurar a los dividendos. Si no, basta darse cuenta del clamor de los comunistas y socialistas contra los dividendos, más nunca contra el interés. Todavía no cabe en sus mentes el denunciar la raíz del mal: la creación del dinero por instituciones privadas que lo prestan desde su mera emisión con interés.

Dos horrores

Este es un horror indescriptible. Una sociedad organizada, el trabajo de los hombres, el progreso de la ciencia, riqueza, pero son los banqueros los que crean el dinero basados en esta riqueza y se apropian del dinero dado que no permiten que se le utilice sin prestarlo con interés.

El otro horror es el de los gobiernos que recurren a los préstamos  para uso público. ¿Dónde está la soberanía del gobierno que no tiene el derecho de crear fondos cuando la producción incrementada requiere de un incremento de dinero?

 Y a este horror, nuestro Gobierno Federal añade otra inmoralidad, a través de los bonos Victoria, prometiendo un interés sobre capital que no produce ni una brizna de pasto.

Invirtamos un billón de dólares en cañones, bombas y cualquier cosa de este tipo y corramos tras los frutos de esta producción para distribuirlos como dividendos a los prestamistas. Estos frutos son cerebros destrozados, cuerpos mutilados, ruinas, lágrimas, sangre, odio, que uno debe, lógicamente, ofrecer como interés a quienes se suscriben a los bonos Victoria ya que estos frutos son el producto de sus inversiones.

En cuanto al pago del capital, un gobierno que no reconoce que tiene el derecho de crear su propio dinero, debería ser lo suficientemente honesto para decirle a los compradores de los bonos: pongan su dinero, regresará a ustedes en forma de sueldos y salarios por su trabajo en la industria de guerra, después lo tomaré de sus bolsillos, poco a poco, para ponerlo nuevamente en sus manos como pago por sus préstamos.

Capítulo 33

El Interés Sobre el Nuevo Dinero Creado es un Robo

Nuestro Señor arrojó a los cambistas del  Templo; ya es tiempo de que los financieros internacionales sean también arrojados. 

Como la mayoría de los lectores asiduos al periódico San Miguel deben saber, el error fundamental del sistema financiero actual es que todo el dinero existente ha sido creado por los bancos como deuda; los bancos crean nuevo dinero, dinero que no existía anteriormente, cada vez que hacen un préstamo. Estos préstamos deben regresarse a los bancos pero incrementados con interés.

Aún las monedas y los billetes que, en Canadá, son emitidos respectivamente por el Canadian Mint y el Banco de Canadá – dos instituciones pertenecientes al Estado – son puestos en circulación únicamente cuando han sido prestados a interés por bancos privados. Y es precisamente este interés, que es cargado al dinero original, el que crea el problema, una imposibilidad matemática para pagar el préstamo: el banco crea lo que presta, pero no crea el interés que debe regresarse al pagar el préstamo.

Por ejemplo, supongamos que el banco le presta $100.00 con un 10% de interés. El banco crea los $100.00 pero espera que usted le pague $110.00. Usted puede regresar $100.00 pero no $110.00. Los $10.00 no existen, dado que el banco es el único que tiene derecho a crear el dinero y creó únicamente $100.00 no $110.00. La única forma de pagar $110.00 es pidiendo prestado los $10.00 restantes… y su problema sigue sin resolverse, sólo ha empeorado: ahora usted le debe al banco $110.00 más un 10% de interés lo cual hace un total de $121.00… y los años pasan y la deuda crece y crece y no hay forma de salir de ella.

Algunos prestatarios, tomados de manera individual, pueden arreglárselas para pagar sus préstamos completamente, tanto el préstamo base como el interés, pero no todos pueden hacerlo. Si algunos logran regresar los $110.00 cuando recibieron únicamente $100.00 es porque tomaron los $10.00 puestos en circulación a través de préstamos otorgados a otros prestatarios. Pero para que otros puedan pagar los préstamos deben declararse en quiebra. Y es sólo cuestión de tiempo para que a todos los prestatarios, sin excepción, les resulte imposible pagar sus deudas.

Es importante notar que, aún con una tasa de interés del 1%, la deuda sigue resultando impagable, ya que, de los $100.00 que pidió prestados debe regresar $101.00, pero sigue habiendo únicamente $100.00 en circulación. Esto significa que cualquier interés cargado al nuevo dinero – aún del 1% - es usura, robo, fraude.

Algunos me dirán que si no deseamos endeudarnos basta con no pedir prestado. Pero si nadie le pidiera al banco, simplemente no habría ningún dinero en circulación ya que para poder tener dinero circulante en el país – por lo menos algunos dólares- alguien- un individuo, corporación o gobierno – deben pedir prestados estos dólares del banco a interés. Y este dinero que el banco presta no puede permanecer en circulación indefinidamente, debe ser regresado al banco en la fecha límite… y regresado con interés obviamente.

Deudas impagables

Esto significa que tan sólo para mantener la misma cantidad de dinero en circulación, año tras año, las deudas impagables deben apilarse. En el caso de las deudas públicas, los banqueros se satisfacen en la medida en que se paguen los intereses correspondientes. ¿Es este un favor que nos hacen? No, esto únicamente retrasa el impasse financiero por un tiempo, después del cual, hasta los intereses resultarán impagables. (Vea el ejemplo en el capítulo siguiente).

Si las deudas no se amontonan, no habría dinero en el país. Así que no debe sorprendernos ver que las deudas públicas de todas las naciones hayan alcanzado proporciones astronómicas. Tomemos a Canadá: su deuda pública que era de 24 billones en 1975, ascendió a los 200 billones en 1995, con cargos de interés de 49 billones por año o una tercera parte de todos los impuestos recaudados por el Gobierno Federal. Si añadimos a esto las deudas de las provincias, de las corporaciones y de los individuos, el total de la deuda de Canadá sería de más de 2,800 billones de dólares. Aunque se tomara todo el dinero existente en Canadá, aún el dinero de las cuentas de ahorro, no sería suficiente para pagar la deuda. Y la misma situación prevalece en todos los países del mundo.

Es imposible pagar la deuda pública ya que está hecha de dinero que no existe. Muchos países del Tercer Mundo se han dado cuenta de este absurdo y han dejado de servirles a sus deudas. De hecho, los préstamos  hechos a los países tercermundistas, en lugar de ayudarlos, los empobrecen aún más, dado que tienen que pagar más dinero del que les fue prestado, lo que provoca la restricción de dinero para la gente condenándolos a vivir en la miseria y en la hambruna.

Pero, ¿puede sobrevivir un país sin los préstamos pedidos a los bancos en forma de dinero de deuda? Sí y es muy fácil entenderlo. No es el banquero el que le da el valor al dinero sino la producción del país. Sin la producción de todos los ciudadanos del país los banqueros resultarían inútiles. En realidad, dado que el nuevo dinero está basado en la producción de la sociedad, este dinero también le pertenece a la sociedad. Lo que se necesita, por tanto, es simple justicia a través de la cual, sea la sociedad la que emita el dinero – libre de interés – y no los bancos. En lugar de tener un dinero creado por los bancos, un crédito bancario, tendríamos un dinero creado por la sociedad, un crédito social.

Nuestro Señor arroja a los cambistas del Templo

Como Louis Even escribió en el capítulo anterior: "El interés con que se carga al dinero desde su origen es ilegítimo, absurdo, antisocial y antiaritmético." Por lo tanto, el cargar al dinero con intereses es un crimen que no está justificado. De hecho, el único pasaje en la Biblia donde se menciona que Jesús usó su fuerza, fue cuando arrojó a los cambistas del Templo utilizando látigos y tirando sus mesas (Cf. Mt 21, 12-13 y Mc 11,15-19) precisamente porque estaban prestando dinero a interés.

En aquel tiempo existía una ley que decía que tanto el diezmo como los impuestos del Templo podrían pagarse únicamente bajo una cierta moneda llamada "el medio siclo del santuario", de la que los cambistas se las habían arreglado para obtener el monopolio. Existían diferentes monedas en ese tiempo, pero la gente tenía que obtener esta moneda en particular para pagar el impuesto del Templo. Más aún, las palomas y los animales que llevaban para el sacrificio únicamente podían comprarse con esta moneda que los cambistas canjeaban a los peregrinos, pero a un costo dos veces más elevado que el normal. Así que Jesús tiró sus mesas y dijo: "Mi casa es casa de oración, pero ustedes la han convertido en guarida de ladrones."

En su libro Money and its True Function (El Dinero y su Función Verdadera), F.R. Burch tiene el siguiente comentario sobre el mismo texto: "En la medida en que Cristo confinó sus enseñanzas al ámbito de la moral y la rectitud, no era molestado. No fue sino hasta que acometió contra el sistema económico establecido y arrojó a quienes estaban sacando ventaja tirándoles sus mesas que fue condenado. Un día después, fue cuestionado, traicionado al siguiente, enjuiciado en el tercero y crucificado en el cuarto."

Uno podría estar tentado a hacer el paralelo con los Peregrinos de San Miguel, los "Boinas Blancas" del periódico San Miguel: mientras se contentaron con hablar sobre la renovación moral, los financieros casi los toleraban, pero cuando se atrevieron a atacar al sistema monetario de deuda, este sí que fue un pecado "imperdonable" y los financieros estaban listos para hacer lo necesario y acallar a los Peregrinos de San Miguel. Pero los intentos de los financieros han sido en vano, dado que la verdad siempre triunfa al final.

La enseñanza de la Iglesia

La Biblia contiene diversos textos que claramente condenan el préstamo de dinero a interés. Más aún, más de 300 años antes de Cristo, el gran filósofo griego Aristóteles también lo condenó, señalando que "el dinero, siendo naturalmente infértil, es absurdo pretender que genere más dinero". Los Padres de la Iglesia, desde tiempos remotos, siempre denunciaron inequívocamente, la usura. Santo Tomás de Aquino en su Summa Teológica (2,2, Q.78) resumió la enseñanza de la Iglesia al respecto: "Está escrito en el libro de Éxodo (22,24) "Si prestas dinero a alguien de mi gente que es pobre, no seas duro con ellos extorsionándolos, ni los oprimas con usura." Quien se vale de la usura para prestar dinero actúa injustamente, ya que está vendiendo lo que no existe y tal acción evidentemente constituye una desigualdad y consecuentemente, una injusticia… De lo que sigue, por tanto, que es un error en sí mismo, poner un precio (usura) por el uso  del dinero prestado y es en el caso de otras ofensas contra la justicia que es deber de uno el restituir el dinero así injustamente adquirido."

En respuesta al texto en el Evangelio de la parábola de los talentos (Mt. 25,14-30 y Lc 19,22-27) que a simple vista parecen justificar el interés ("Siervo malo y perezoso… ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco para que lo hubiera recobrado con intereses a mi llegada?") Santo Tomás de Aquino escribe: "El interés mencionado en el Evangelio debe tomarse en sentido figurado; se refiere a los bienes espirituales adicionales que Dios nos pide, quien quiere que nosotros siempre hagamos un mejor uso de los talentos que nos ha confiado, siendo esto para nuestro beneficio y no para el Suyo."

Así que este texto del Evangelio no puede justificar el interés; como Santo Tomás dice, "un argumento no puede basarse en expresiones figurativas."

Otro pasaje de la Biblia que presenta dificultades es Deuteronomio 23,20-21: "No exigirás interés de tu hermano sobre un préstamo de dinero, o alimento, o cualquier otra cosa. Le pedirás interés al extranjero pero no a tu hermano." Santo Tomás explica:

"A los judíos se les prohibía pedir interés a sus "hermanos", esto es, a otros judíos, exigir interés sobre un préstamo a cualquiera es malo, estrictamente hablando, ya que uno debe considerar a todo hombre como "su prójimo y su hermano", especialmente de acuerdo a la ley evangélica que debe regir a la humanidad. Así que el salmista, hablando del hombre justo, dice sin reservas"quien no presta su dinero a usura" (14,4) y Ezequiel (18,17) "un hijo que no acepta interés o usura".

Si a los judíos se les permitía pedir interés a los extranjeros, escribió Santo Tomás, era para evitar un mal mayor, por miedo a que pudieran cargar con intereses a otros judíos, los adoradores del verdadero Dios. San Ambrosio, comentando sobre el mismo texto, le da a la palabra "extranjeros" el significado de "enemigos" y concluye: "Uno debe buscar interés  de aquel a quien legítimamente quiere dañar."

San Ambrosio también dijo: "¿Qué es la usura, sino el asesinar a un hombre?"

San Juan Crisóstomo: "Nada es más vergonzoso o cruel que la usura."

San Leo: "La avaricia que clama obligar al prójimo a hacerle un bien mientras que se le engaña es injusta e insolente… Aquel quien, entre las otras reglas de piadosa conducta, no preste su dinero a usura, gozará del descanso eterno… mientras que los que se enriquecen en detrimento de los otros, en cambio, vivirán la eterna condenación."

En 1931, en el Concilio de Viena, el Papa Clemente V declaró nula e inválida toda legislación secular a favor de la usura, y "todo aquel que caiga en el error de obstinadamente mantener que la usura no es pecaminosa, deberá ser castigado por hereje."

El 1 de noviembre de 1754, el Papa Benedicto XIV emitió una carta encíclica Vix Pervenit, dirigida a los Obispos de Italia, referente a los contratos, en donde la usura, o préstamo de dinero con interés está claramente condenada. El 29 de julio de 1836, el Papa Gregorio XVI hizo extensiva esta encíclica a toda la Iglesia:

"La clase de pecado llamado usura, que recae en un préstamo, consiste en el hecho de que alguien, bajo la excusa del mismo préstamo – que por naturaleza requiere que sea devuelto en la misma cantidad en la que se recibió – exige recibir más de lo debido, conservando consecuentemente de este modo, una utilidad. Es por esta razón que cualquier ganancia de este tipo es ilícita y usurera.

Y para no poner sobre uno mismo esta nota infame, es inútil decir que la ganancia no es excesiva sino moderada, que no es grande sino pequeña… Para objeto de la ley, es necesaria la igualdad entre lo que se prestó y lo que se devuelve…

Consecuentemente, si alguien recibe más de lo que prestó, está obligado por la justicia conmutativa a la restitución…"

La enseñanza de la Iglesia sobre esta materia es bastante clara, pero, tal y como Louis Even escribió: "A pesar de toda la enseñanza cristiana señalando lo contrario, la práctica se ha abierto tanto camino, que para no perderse en la competencia furiosa sobre la fertilidad del dinero, todos tenemos que comportarnos como si fuera natural que el dinero engendre dinero. La Iglesia no ha abrogado sus leyes, pero le ha resultado imposible insistir en su aplicación."

Banca Islámica

Al respecto es interesante considerar la experiencia de los bancos islámicos: el Corán, -su libro sagrado- prohíbe la usura, tal como lo hace la Biblia católica. Pero los musulmanes toman sus palabras seriamente y han establecido desde 1979 un sistema bancario que se conforma con las leyes del Corán: los bancos islámicos no cargan interés ni sobre sus cuentas corrientes ni sobre sus depósitos. Ellos invierten en negocios y le dan la parte de las ganancias a los depositantes. Este no es un sistema de Crédito Social implementado en su totalidad pero, por lo menos, es más que un valioso intento para poner al sistema bancario de acuerdo con las leyes morales. Los católicos deberían inspirarse en el ejemplo de los musulmanes respecto a este punto.

Interés y dividendos

Este artículo debería haber mostrado claramente que cualquier interés sobre el dinero recién creado es injustificable. Pero acrecentaría el temor en quienes tienen dinero depositado en los bancos: si el interés está condenado, seguirían recibiendo el mismo interés sobre su dinero? Lean lo que el Sr. Even escribió en el capítulo previo, bajo el subtítulo "Interés y dividendos" (Para que nuestros lectores no se la pasen…)

 El Sr. Even concluyó que el dinero puede reclamar dividendos siempre y cuando hay frutos y no de otro modo. Pero para que esto sea posible, el incremento de la producción debe crear automáticamente un incremento del dinero. De otra manera el dividendo, siendo justificable, no se podría otorgar.

En el ejemplo de los $5,000.00 que utilicé para comprar los implementos necesarios para mi producción, el prestamista tenía derecho a una parte de los resultados dado que la producción se incrementó gracias a su préstamo. Si él acepta que se le pague en bienes no hay problema. Pero si quiere que se le pague en dinero, eso ya es otra historia, pues aunque la producción se incrementó, no hubo un incremento correspondiente del dinero en circulación. El sistema de Crédito Social, que hace que el dinero surja libre de interés en la medida en que surge también la nueva producción, arreglaría este problema.

Y para quienes se preocupan por el destino de los bancos si no hay carga de interés sobre los préstamos, permítanos mencionar que los sueldos y salarios de sus empleados serían pagados por la Oficina de Crédito Nacional, la autoridad a cargo de la creación del nuevo dinero del país.

Justo como Nuestro Señor  arrojó a los cambistas del Templo, ya es hora que arrojemos a los financieros internacionales junto con su sistema monetario de deuda y pongamos en su lugar a un sistema monetario honesto, libre de deuda – dinero emitido por la sociedad. Pidámosle pues a Dios que el pasaje del Evangelio nos inspire y que nos llenemos del mismo celo de Jesucristo para cuidar los intereses de Dios y la justicia.