APLICACIÓN DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA EN ECONOMÍA
En esta era de abundancia - al servicio de la verdad plena del hombre
Capítulo 25
Dinero o Crédito, de Cualquier Forma un Instrumento Social
Sólo la sociedad tiene derecho a emitirlo
Digamos que yo soy un granjero. Necesito contratar a un hombre que me ayude en mi trabajo. Si no tengo el dinero para pagarle, podría llegar con él a un arreglo para pagarle de otra forma independientemente del dinero.
Puedo, por ejemplo, acordar con él en darle diez libras de papas, tres de carne, una de mantequilla y un galón de leche por cada día de trabajo, todos estos productos que salen de mi granja.
También puedo estimar el valor de su trabajo en dólares, sin darle ninguno ya que no los tengo. En este caso, por ejemplo, cada día puedo firmarle un boleto que le permita escoger de entre otros productos de mi granja lo que guste y que represente el valor de $5.00 por hora del trabajo que realiza. Nuevamente, le estoy dando el derecho de elegir lo que guste de los productos de mi granja.
Sin embargo, ciertamente, no puedo firmarle boletos que le den derecho a escoger de los productos de otros granjeros ni de los artesanos del pueblo. Solamente tiene derecho de elegir entre lo que estrictamente me pertenece.
Si le pago en dólares – ¡bueno, esto sí que es diferente! El puede elegir entonces de entre todos los bienes y servicios provenientes de cualquier parte del país. Pero para pagarle con dinero, primero necesito tener el dinero.
La diferencia entre un boleto emitido por mí y el dinero, es que mi boleto únicamente le da derecho a elegir de lo que a mí me pertenece, mientras que el dinero le da derecho sobre la producción de los demás.
Puedo emitir boletos para mis productos dado que yo los hago, soy el dueño. Pero no puedo emitir (crear) dinero porque no soy el dueño de los productos de los demás.
Ambos – boletos y dinero – pueden fácilmente ser dos pedazos de papel del mismo tamaño. Ambos pueden llevar los mismos números. Mi boleto puede ser fácilmente etiquetado con un valor de $10.00, justo como una nota de $10.00 emitida por el Banco Central. Pero mi boleto puede únicamente comprar mis productos mientras que los diez dólares de papel moneda pueden comprar cualquier bien o servicio por la cantidad de su valor.
Un instrumento social
Todo esto no es otra forma de decir que el dinero es un instrumento social. Y dado que otorga el derecho de tomar los bienes y servicios de cualquiera sin excepción, su emisión mediante un individuo o un grupo de ellos, no puede ser justificada ya que esto significaría darle el derecho a individuos particulares de usar los bienes de otros.
Con todo, el nuevo dinero necesita tener inicio, ser creado en alguna parte. El dinero actualmente en circulación no cae del cielo como el maná, no se crea por generación espontánea. Similarmente, cuando la producción se incrementa, el volumen de dinero en circulación necesariamente se incrementa también. La industria y el comercio actual de Canadá podrían paralizarse si no hubiera más dinero en el país que el que hubo en tiempos de Champlain a inicios de 1600.
Así que la provisión de dinero se incrementó. Se añadió dinero nuevo. Y a medida que la actividad industrial crece, también lo hace el dinero. Pero, entonces ¿de dónde viene este dinero adicional dado que ningún individuo en particular ni ningún grupo de los mismos tiene el poder de emitir reclamos sobre la propiedad de otros?
El dinero nuevo se incrementa en su provisión y éste no puede provenir de otra fuente que de la misma sociedad a través de la agencia de un organismo establecido para desempeñar esta función a nombre de ésta.
Actualmente ¿quién ejerce esta función que es social en su misma esencia? Ciertamente no el Gobierno, dado que no tiene dinero para gastar a excepción hecha de lo que obtiene de los impuestos o de los préstamos que paga mediante nuevos impuestos.
El dinero es creado en los bancos
Una pequeña parte del dinero moderno está hecha de monedas y notas bancarias. La parte más considerable está conformada con créditos existentes en los libros del banco.
Todos sabemos que cualquiera que tenga una cuenta bancaria puede pagar sus notas del mercado sin sacar efectivo de su bolsillo. Únicamente tiene que hacer un cheque por la cantidad requerida. El comerciante que recibe el cheque, solamente tiene que ir al banco a depositarlo a su cuenta o, si así lo desea, obtener notas bancarias o monedas a cambio.
Todos sabemos eso. Pero lo que no todos saben es que hay dos tipos de cuentas que uno puede tener en el banco: primero, la del ahorrador, quien acude al banco a depositar dinero en su cuenta – una cuenta de ahorros; segundo, el caso del prestatario, quien le pide al banco le deposite a su nombre.
Hay una gran diferencia entre estos dos tipos de cuentas.
Cuando usted lleva su dinero al banco, el banquero lo guarda en su bóveda e inscribe en su cuenta la cantidad de dinero a su crédito. Usted puede utilizar este dinero cuando lo disponga. Puede hacer pagos cuando quiera retirando el dinero de su cuenta por medio de cheques, esto no es efectivo (billetes y monedas), justo como el dinero que usted ingresó al banco, pero de cualquier manera, sigue siendo dinero.
Pero, ¿qué hay respecto a la cuenta del prestatario? El prestatario no lleva ningún dinero al banco. El acude a pedir dinero al banco. Por lo regular se trata de sumas considerables – digamos $50,000.00. El banquero no va a abrir su cajón para sacar esa suma en efectivo. El prestatario tampoco se atrevería a salir del banco con esa cantidad encima. Lo que el prestatario quiere es que se le inscriba esa cantidad en una cuenta de crédito para así poder emitir los cheques de acuerdo a sus necesidades. Y esto es lo que hará el banquero por el prestatario al inscribir la cantidad en su cuenta.
Pero, remarquemos esto, el banquero hace está operación sin sacar una sola moneda de su cajón y sin que el prestatario haya ingresado ninguna sola moneda al banco y sin que haya sido tocada ninguna otra de las cuentas ya existentes.
En el caso del ahorrador, hubo una transformación de efectivo, puesto bajo llave en el cajón del banquero, a crédito financiero, que aparece como cifras en la cuenta de crédito del ahorrador. La transacción no puso ni una sola moneda en circulación.
En el caso del prestatario, no hubo tal transformación dado que éste no ingresó nada de dinero al banco. Y dado que nada fue tomado de la bóveda, ni del cajón, ni de la cuenta de ningún otro depositario, sucede ahora que, repentinamente, aparece directamente del libro del banco a la cuenta de crédito del prestatario, una nueva suma de dinero que no existía anteriormente.
Esto es lo que se llama creación de dinero por el banquero. Es una creación de crédito, de una libreta de cheques. Este dinero es tan bueno como cualquier otro dado que el prestatario puede girar cheques del mismo modo que el ahorrador puede hacerlo a partir de su cuenta de depósito.
Con este nuevo dinero, el prestatario puede pagar por el trabajo, materiales, bienes – el trabajo de otros, los materiales de otros, los bienes de otros.
Al crear los $50,000.00 para el prestatario, el banquero le ha dado el derecho de retirar de la producción de otros, no de la producción del banquero, pero sí de toda la producción del país. El banquero que, como tal, no es propietario ni de una sola migaja de la producción del país, puede, sin embargo, otorgarle al prestatario el derecho de reclamar una parte de la misma.
Esto puede llamarse, con toda justicia, la usurpación de una función social. Únicamente la sociedad como un todo puede llevar a cabo con justicia esta función, función que la sociedad puede confiar a un organismo competente bajo su control. Pero es inadmisible que una función social tan importante sea delegada a una institución privada que trafica con ella para sus propios intereses.
Poder soberano sobre la vida económica
El prestatario debe, en una fecha previamente estipulada, pagarle al banco el dinero que fue creado para él. Cuando el dinero regresa al banco, ya no está más en circulación. Es dinero muerto. Para que otra cantidad de dinero entre en circulación se necesita de otro préstamo, otra creación de dinero contable.
Los préstamos, por tanto, son dinero puesto en circulación. Los pagos de los préstamos retiran el dinero de la circulación.
En un lapso determinado- digamos un año – si la suma de los préstamos otorgados por el banco es mayor a la suma de pagos realizados, el volumen de dinero en circulación se ha incrementado. Si, por el contrario, los bancos tienen más dificultad en efectuar préstamos ya que siguen esperando los pagos en la misma proporción que anteriormente, entonces el volumen de dinero en circulación decrece. Esto es lo que se conoce como restricción de crédito.
Dado que los banqueros cargan intereses a sus préstamos, cada pago representa la entrada de más dinero del que originalmente se creó. El resultado de esto, para lograr mantener el volumen de dinero en circulación, es necesario tener, sobretodo, una mayor actividad en préstamos que en pagos.
El hecho de que es necesario pagarle al banco más dinero del que se creó al hacer el préstamo resulta en que, tanto los particulares como los organismos públicos, están obligados a recurrir continuamente a los préstamos, de donde proviene la eterna y creciente deuda. Sin tal práctica, no tardaría mucho en que la cantidad de dinero circulante se secara completamente. Esta función del banquero, por tanto, le confiere un poder supremo sobre la vida económica del país. El es más poderoso que el gobierno, ya que tiene el poder de otorgar, negar y regular el crédito el cual es la verdadera sangre de la economía del país.
Esperanza para un fin
Estadistas en Europa, Estados Unidos y Canadá han denunciado, incluso abiertamente, esta supremacía del sistema bancario. El Primer Ministro de Canadá Mackenzie King dijo en 1935 que en la medida en que este poder permaneciera intacto era innecesario hablar de democracia y de soberanía en el Parlamento. Ha habido quienes, como él, han prometido regresarle a la nación el control del dinero y del crédito. Otros, como el ex Ministro canadiense de Finanzas Donald Fleming, han atacado públicamente los actos arbitrarios y nocivos de los banqueros de alto nivel.
Pero ninguno de estos hombres ha sido capaz todavía de realizar ningún cambio. Y aquellos políticos que son todavía más vocingleros en sus ataques contra este poder monetario – y esto incluye a aquellos quienes fraudulentamente se han etiquetado como "Crédito Social" (el verdadero Crédito Social adjudicado al periódico San Miguel no tiene nada que ver con los partidos autodenominados de "Crédito Social, más aún, no se necesita de la implementación de un tal partido en las leyes de ningún país) – nunca cambiarán nada mientras la gente no se eduque y prepare a un verdadero dialogo entre ética y economía, aplicando las enseñanzas de la doctrina social de la Iglesia que esta al servicio de la verdad plena del hombre.
Este no es un asunto a manejarse durante las elecciones. Es cuestión de formar un gran número de ciudadanos iluminados y determinados a tal punto que se hagan escuchar por sus gobiernos, sin importar el partido político en el poder.
También es cuestión de ayuda Divina, dado que el enemigo es de naturaleza diabólica y la dictadura monetaria es solamente una de sus múltiples caras.
Capítulo 26
El Orfebre que se Convirtió en Banquero Una Historia Verdadera
Haciendo uso de su imaginación, regresemos unos siglos atrás a una Europa ya vieja pero no todavía muy progresista, después de haber cultivado el arte de la guerra y de las persecuciones, despertada, sin embargo, poco a poco, por las historias de aventureros y viajantes. Este episodio pudo haber tenido lugar alrededor de 1535, cuando el explorador francés Jacques Cartier estaba escalando la cima del Mount Royal ( en el centro de lo que posteriormente se conocería como Montreal, Canadá), guiado por el anciano jefe que quería que admirara el maravilloso panorama de bosques y ríos ante cuya vista nadie podía permanecer pasivo. O quizá fue cuando Cristóbal Colón guiado por su enorme deseo de alcanzar las Indias, zarpaba rumbo al Occidente en 1492.
En aquellos días, el dinero no se usaba mucho en las transacciones comerciales cotidianas. La mayoría de tales transacciones eran simples y directos intercambios, trueque. Sin embargo, los reyes, señores, acaudalados y los grandes mercaderes tenían oro y lo usaban ya fuera para financiar sus ejércitos y los gastos que esto implicaba o para comprar mercancías extranjeras.
Pero las guerras entre los señoríos y las naciones, así como los robos a mano armada provocaban que tanto el oro como los diamantes de los ricos fueran a dar a las manos de los pillos. Así que, los dueños del oro, cada vez más nerviosos, crearon el hábito de confiar sus tesoros para su salvaguarda a los orfebres quienes, debido al precioso metal con el que trabajaban, tenían bóvedas bien protegidas. El orfebre recibía el oro, le daba un recibo al depositante y cuidaba del metal cobrando una cuota por su servicio. Desde luego, el dueño podía reclamar su oro, todo o en partes, cuando así lo deseara.
El mercader que iba de París a Marsella, o que viajaba de Troyes, Francia, a Ámsterdam, podía proveerse a sí mismo con el oro necesario para sus compras. Pero nuevamente, existía el peligro de ser atacado a lo largo del camino; entonces él convencía a su vendedor en Marsella o en Ámsterdam de aceptar, más que el metal, un recibo firmado como comprobante de su posesión del tesoro en depósito en la bóveda del orfebre en París o Troyes. El recibo del orfebre daba fe de la realidad de los fondos.
También sucedía que el proveedor, en Ámsterdam o cualquier otro lugar, se las ingeniara para conseguirse su propio orfebre en Londres o Génova para aceptar, a cambio de servicios de transportación, el recibo firmado que él había recibido en Francia de parte de su comprador. Así, poco a poco, los mercaderes empezaron a intercambiarse entre ellos estos recibos en lugar del oro para no moverlo innecesariamente arriesgándose a los ataques de los ladrones. En otras palabras, un comprador, en lugar de obtener una barra de oro del orfebre para pagarle a quien le vendía, le daba el recibo firmado por el orfebre dándole el derecho de reclamar su parte guardada en la bóveda de éste.
En lugar de oro, eran los recibos del orfebre los que cambiaban de manos. Mientras hubiera un número limitado de compradores y vendedores, no era un mal sistema. Era fácil seguir las peregrinaciones de los recibos.
El prestamista de oro
Pero el orfebre pronto hizo un descubrimiento que afectaría a la humanidad más que el memorable viaje de Cristóbal Colón a las Indias. Aprendió, a través de la experiencia, que casi todo el oro que le dejaban a su cuidado permanecía intocable en su bóveda. Difícilmente, de los propietarios que usaban sus recibos en sus transacciones comerciales, uno sobre diez venía a retirar su precioso metal.
La sed de ganancia, el deseo de volverse rico más rápidamente que mediante el uso de sus herramientas para la orfebrería, se agudizó cada vez más en la mente del orfebre llevándole a hacer un gesto de atrevimiento y preguntándose a sí mismo: "¿Por qué no me convierto en un prestamista de oro? Un prestamista de oro, hay que recalcar, que no le pertenecía. Y como tampoco poseía un alma, digamos recta, como la de San Eligio (o San Eloy, el amo de la menta de los reyes franceses Clotario II y Dagoberto I en el siglo séptimo), incubó y nutrió su idea, refinándola aún más. "Prestar oro que no me pertenece, a interés, ¡no hay más que hablar! Mejor aún, mi querido maestro (¿le hablaba acaso a Satanás?), en lugar del oro, prestaré recibos y pediré pagos sobre los intereses en oro, ese oro será mío y el oro de mis clientes permanecerá intocable dentro de mis bóvedas como reserva para nuevos préstamos."
Se guardó a sí mismo el secreto de su descubrimiento, ni siquiera compartiéndolo con su esposa, quien se preguntaba el por qué su esposo no dejaba de frotarse las manos de puro gusto. La oportunidad de poner su plan en acción no se hizo esperar, aun cuando no tenía acceso al New York Times ni a Forbes para anunciarse.
Una mañana un amigo llegó a verlo y a pedirle un favor. Este hombre era propietario de una casa, de una granja y de tierra útil para el arado – pero necesitaba oro para cerrar una transacción. Si tan sólo pudiera pedir prestado un poco lo regresaría con un valor agregado; de no ser así, el orfebre podría apropiarse de sus pertenencias, las que excedían, con mucho, el valor del préstamo.
El orfebre le hizo llenar una forma y después le explicó a su amigo con actitud desinteresada, que sería peligroso para él retirarse con una gran cantidad de dinero en los bolsillos: "Te daré un recibo, es lo mismo que si te estuviera prestando el oro que tengo en reserva en mi bóveda, tú entregarás entonces este recibo al vendedor y si él me trae el recibo, yo le entregaré personalmente el oro. Tú me deberás tanto de interés."
El vendedor, por lo regular, nunca se presentaba ya que prefería intercambiar el recibo con alguien más por algo que necesitara. Mientras tanto, la reputación del prestamista comenzó a crecer. La gente venía con él. Gracias a otros préstamos similares, pronto había más recibos en circulación que el oro real en las bóvedas.
El mismo orfebre había creado una circulación monetaria con grandes ganancias para él. Rápidamente perdió el nerviosismo inicial concerniente a su preocupación sobre la demanda simultánea del oro proveniente de un gran número de gente con recibos. Pudo, hasta cierto punto, continuar su juego en completa seguridad. ¡Qué bendición! Prestar lo que no tenía y recibir grandes intereses por ello, gracias a la confianza de la gente – una confianza que se esmeró grandemente en cultivar. El no arriesgaba nada en la medida en que tuviera para sustentar sus préstamos, una reserva que la experiencia le había enseñado, era suficiente. Si, por otro lado, un prestatario no cumplía con sus obligaciones y no devolvía el préstamo en la fecha acordada, el orfebre se adueñaba de sus propiedades como pago colateral. Su conciencia pronto se volvió indolente y sus escrúpulos iniciales dejaron de molestarlo.
La creación del crédito
El orfebre fue más allá al pensar en una forma inteligente de cambiar el modo en que sus recibos eran expedidos cuando hacía los préstamos, en lugar de escribir: "Recibo de Juan Pérez…" escribió, "Yo prometo pagarle al portador…" Esta promesa circulaba justo como dinero de oro. ¡Increíble!, usted dirá. Pero, vamos, déle una mirada a los billetes que tiene frente a sí. Lea lo que está escrito en ellos. ¿Son acaso tan diferentes y no circulan también como dinero?
Una higuera fértil- el sistema bancario privado, el creador y amo del dinero – ha crecido fuera de las bóvedas del orfebre. Sus préstamos, sin tocar siquiera el oro, se han convertido en la creación del crédito por parte de los banqueros. La forma de los recibos primitivos ha cambiado, tomando la de simples promesas de pagar en la fecha estipulada. Los créditos pagados por el banquero fueron llamados depósitos, los que ocasionan que el público en general piense que el banquero presta únicamente las cantidades provenientes de los depositarios. Estos créditos entran a la circulación por medio de cheques expedidos sobre dichos créditos. Ellos desplazan, en volumen y en importancia, al dinero legal del gobierno quien únicamente juega en esto un papel secundario. El banquero creó diez veces más que el papel moneda creado por el Estado.
El orfebre que se convirtió en banquero
El orfebre, transformado en banquero, hizo otro descubrimiento: se dio cuenta que poniendo abundantes recibos (créditos) en circulación aceleraría el comercio, la industria, la construcción; mientras que si restringía dichos créditos, lo cual puso en práctica primero en circunstancias en que se preocupaba por la reserva de oro con que contaba, paralizaba todo lo anterior. Esto parecía ser, en el caso último, una sobreproducción, cuando las privaciones eran realmente grandes; esto debido a que los productos no se vendían, ya que no había con que comprarlos. Los precios se iban abajo, las bancarrotas incrementaban, los deudores de los banqueros no podían cubrir sus obligaciones y los prestamistas se apoderaban de las propiedades colateralmente. El banquero, con gran visión y habilidad cuando se trata de ganar, se dio cuenta de estas maravillosas oportunidades. Podría monetizar la riqueza de los demás para su propio beneficio: haciendo esto liberalmente, causando una elevación en los precios, o, parsimoniosamente mediante su decremento. Podría así manipular la riqueza de los demás a su antojo, explotando al comprador en tiempos de inflación y explotando al vendedor durante la recesión.
El banquero, el amo universal
El banquero así se convirtió en el amo universal, teniendo el mundo a su merced. Períodos de prosperidad y de depresión se siguieron unos a otros. La humanidad se postraba frente a lo que creía eran ciclos naturales e inevitables.
Mientras tanto, los intelectuales y técnicos trataban desesperadamente de triunfar sobre las fuerzas de la naturaleza y desarrollar los medios de producción. Se inventó la imprenta, la educación se expandió, se desarrollaron mejores ciudades y mejores viviendas. Las fuentes de alimentos, ropa y comodidades se incrementaron. El hombre superó a las fuerzas de la naturaleza colocándole un arnés al vapor y a la electricidad. La transformación y el desarrollo se sucedieron en todas partes- excepto en el sistema monetario.
Y el banquero se rodeó a sí mismo de misterio, manteniendo viva la confianza que su mundo cautivo tenía en él, siendo aún más audaz para publicitarse en los medios, de quienes también controla sus finanzas, diciendo que son los banqueros quienes han sacado al mundo de la barbarie, que han abierto y civilizado continentes. También consideraban a los intelectuales y a los asalariados, pero sólo como secundarios en lo concerniente a la marcha del progreso.
¡Para las masas, había miseria y desprecio; para los financieros explotadores, riqueza y honor! Tal y como sucedió con su valioso sucesor Herbert Holt (presidente de un gran banco canadiense en 1936) quien fue honrado, halagado y quién exigió respeto de parte de aquellos a quienes materialmente desangró: "Si yo soy rico y poderoso, mientras ustedes están sufriendo el estrangulamiento de la pobreza y la humillación de parte de la asistencia social; si he sido capaz, en la cúspide de la Depresión, de obtener ganancias del 150% al año, son ustedes los estúpidos ya que yo sí he sabido obtener el fruto de una sabia administración."
Una Lección de una Cuenta Bancaria
- ¿Tiene usted una cuenta bancaria?
- ¡Sí, claro¡ No muy grande, sólo unos cuantos cientos de dólares
- ¿La utiliza algunas veces para efectuar sus pagos?
- Sí, cuando compro algo muy caro o cuando ordeno productos de lejana procedencia. Entonces giro un cheque. Resulta muy conveniente
- De hecho, es muy conveniente que más del 90% de las transacciones comerciales se lleven a cabo por medio de cheques – no así las compras triviales que hacemos en la tienda de la esquina, pero sí las transacciones hechas por los mayoristas, los industriales, las compañías transportistas. El cheque es, por mucho, la principal forma de pago actualmente; ha relegado al mínimo a las monedas y billetes.
- Sí pero, cuando expide un cheque, es el banco el que paga a nombre del emisor. Por cada cheque expedido, debe haber una cantidad correspondiente de metal o de billetes de la cual pueda echar mano el banquero para pagarla.
- Nada de eso amigo mío. Muy poco dinero es requerido para cubrir una gran cantidad de cheques. El vendedor, a quien usted le está expidiendo un cheque, difícilmente le pide al cajero de su banco que le dé efectivo por la cantidad especificada en el cheque. Él simplemente deposita el cheque. El crédito en su cuenta únicamente se incrementa por la cantidad del cheque depositado; y su cuenta, por otro lado, disminuye por la misma cantidad del cheque. Ahora, cuando el vendedor ordena mercancía de los proveedores, también les paga con cheques. Los proveedores depositarán los cheques recibidos en los bancos. Esta vez, son las cuentas de los proveedores las que crecen y será la cuenta del vendedor la que disminuya en concordancia con la cantidad inscrita. Todas estas transacciones no involucran más que la transferencia de cantidades de una cuenta a otra, creando un débito en una y un crédito en otra. Por cada cheque de $100.00 no hay más de $10.00 en monedas o en billetes. Esta es la proporción real en las prácticas comerciales de hoy día y el banquero lo sabe perfectamente bien. Como resultado, los bancos son capaces de prestar diez veces más de lo que realmente tienen.
- ¡Eh! ¿qué está usted diciendo? ¿Cómo puede un banquero prestar dinero que no tiene?
- Simplemente creando el dinero que presta. Esta es la práctica común de los bancos. Ellos crean el dinero y lo prestan. Un banquero es, esencialmente, un creador del dinero.
- ¡Esto es increíble, simplemente no lo entiendo!
- Bueno mi amigo, usted me dijo que tenía una pequeña cuenta bancaria. Esta cuenta está formada por sus ahorros, ¿no es así?
- Ciertamente, es dinero que he depositado en el banco.
- ¡Perfecto! Pero hay gente que viene al banco sin un centavo y lo deja con una cuenta mayor que la suya.
- No entiendo.
- ¿No? Bueno, tomemos el ejemplo del Sr. Pérez, fabricante en su localidad. Él quiere agrandar su fábrica. Todos piensan que esta es una buena idea. Pero el Sr. Pérez no tiene el dinero necesario para comprar los materiales, pagar a los albañiles y comprar la maquinaria. Considera que con $100,000.00 podrá llevar adelante sus planes y, posteriormente, cuando se incrementen su producción y sus ventas podrá fácilmente pagar el préstamo. ¿Qué hace el Sr. Pérez? Va al banco sin llevar dinero consigo pero sale del mismo con $100,000.00 a su cuenta.
- Claro, lo pidió prestado.
- ¡Exactamente! Lo maravilloso de esto es la forma en que fue hecho el préstamo. Si usted fuera rico y el Sr. Pérez le hubiera hecho a usted el préstamo seguramente se lo habría otorgado, pero usted tendría ese dinero menos en su cuenta. En el banco es completamente diferente: el Sr. Pérez sale de éste con $100,000.00 pero al banco no se le resta ni un solo centavo de esta cantidad.
- ¡No me diga!
- Pues esa es la mera verdad. Obviamente el Sr. Pérez debe dar alguna garantía, garantía que será colateral, no dinero necesariamente, dado que no lo tiene – eso es precisamente lo que vino a pedir. Se le pedirán seguros o títulos de propiedad por un valor total que exceda a los $100,000.00. Estos son sus garantías o colaterales. Después el gerente le da un cheque por la cantidad requerida y le pide que haga el depósito con el cajero. El Sr. Pérez no se llevará el dinero en efectivo sino que deposita el cheque en su cuenta de donde podrá sacar lo necesario para agrandar su fábrica y hacer todos los pagos también en forma de cheques. De este modo está poniendo el dinero en circulación. Pero él pidió retirarlo y pagar el préstamo total en el lapso de un año.
- ¿Y usted dice que el banquero no tiene menos dinero que anteriormente?
- Sólo para convencerlo, podemos ir y tener una plática con el gerente del banco. Él es amigo mío y muy sincero. Además, él sabe que estoy familiarizado con los detalles del préstamo del Sr. Pérez y no estará violando ningún secreto profesional.
- Sr. Gerente, aquí estoy de nuevo molestándolo, ya sabe que es mi hábito.
- ¿Más preguntas sobre crédito?
- Así es. Es sobre el préstamo que le hizo al Sr. Pérez. ¿Le importaría decirle a mi amigo aquí presente, exactamente, qué fue lo que le prestó?
- Lo que prestamos todos los días – dinero
- Ciertamente, pero díganos entonces, en dónde se encontraba este dinero antes de que el Sr. Pérez entrara al banco.
- Esa es una pregunta tonta.
- No del todo. El Sr. Pérez entró sin ningún dinero y se fue con $100,000.00. Usted obtuvo este dinero de algún lado. ¿Alguien en el banco tiene esa cantidad menos?
- ¡Hmmm…!
- ¿Hay $100,000.00 menos en los cajeros o en la bóveda?
- ¡Por favor! Él no se llevó dólares sino que la suma se le acreditó a su cuenta.
- Bien. Entonces otras cuentas fueron reducidas para juntar esta cantidad. Las cuentas de algunos de sus clientes quizá.
- ¡Eso es ridículo! El dinero de nuestros clientes es sagrado. Sus cuentas permanecen intactas a menos que ellos retiren de las mismas.
- ¡Cómo! ¿No es del dinero de los depositarios de dónde el banco hace los préstamos?
- ¡Sí! ¡No! Bueno, sí y no. En cierto modo sí, más no en otro. No tocamos su dinero, es de ellos. Pero ese dinero nos permite prestarle a otros.
- Entonces ¿cuál es el dinero que prestan?
- El dinero del banco.
- Pero acaba de decir que ni un centavo del dinero del banco sale de éste como tampoco lo hace el dinero de los clientes. Con todo, el Sr. Pérez salió con $100,000.00 que no trajo y que tampoco tenía antes de entrar al banco.
- Eso es cierto.
- Bien. ¿De dónde salió este dinero?
- Realmente no estaba en ninguna parte. Él primero tuvo que venir y pedirlo antes de que existiera. -
- ¿No existía antes?
- No.-
- ¡Pero ahora si existe!
- Claro porque está en su cuenta.
- Entonces nació justo en el momento en que el Sr. Pérez hizo su préstamo. El banco crea el dinero que presta.
- Bueno, a mi no me gustaría decir eso.
- Pero sus altos ejecutivos lo han dicho explícitamente. Towers lo dijo cuando fue gobernador del Banco de Canadá. Eccles lo dijo cuando fue presidente del sistema bancario de los Estados Unidos. McKenna, siendo presidente del más grande banco comercial en Inglaterra, lo dijo cuando estaba hablando con algunos banqueros. Así que no tiene razón alguna para ser escrupuloso. Los bancos crean el dinero que prestan. Además, el dinero tiene que venir de algún lado ¿o no? El Gobierno nos dice que no es él quien crea el dinero. Él se encuentra muy satisfecho con el dinero de los impuestos, los asalariados con el sueldo que ganan con el sudor de su frente, los industriales con su producción. Y no sale ningún dinero de sus máquinas. Proviene de la pluma del banquero. No estamos enojados con usted Sr. Gerente. De hecho, estamos muy contentos al saber que el dinero nuevo puede nacer tan fácilmente. Pero no nos gusta – y tampoco lo estamos culpando ya que usted es tan sólo un soldado enviado a la guerra –el hecho de que el sistema bancario se considere a sí mismo el propietario del dinero que crea cuando realmente éste le pertenece a la sociedad.
- Por favor, explique su aseveración.
- Considere sólo lo siguiente: sin la existencia de una sociedad productora, sin una vida económica organizada, el dinero no tendría razón de ser. Es la riqueza del país, sus recursos naturales, el trabajo de su gente, las técnicas de producción, es todo esto lo que le confiere el valor a los $100,000.00 que salieron de su pluma para acreditárselos al Sr. Pérez.
- Se le olvida mi estimado que el Sr. Pérez depositó previamente sus garantías para obtener el préstamo. De ahí sale el valor de los $100,000.00.
- No Sr. Gerente. Los colaterales depositados por el Sr. Pérez son una garantía de pago para ustedes. Si no paga, ustedes se los apropiarán. Pero no confunda la garantía del préstamo con el valor del dinero. Si únicamente existieran estas garantías en el país y no hubieran ni producción, ni granjas, ni fábricas, ni transportación, ni tiendas, ni vida económica, esos $100,000.00 no tendrían ningún valor monetario sin importar las garantías que el Sr. Pérez les haya dejado. Es todo el país, con toda su riqueza, toda su población, lo que le da el valor al dinero sin importar qué organismo lo cree. Consecuentemente, por razón de su origen básico, el dinero le pertenece a la población del país. Présteselo al Sr. Pérez para que agrande su fábrica si así lo desea, pero es la población entera la que debe beneficiarse de este préstamo y no los bancos exclusivamente. En lugar de pagarle el interés al banquero, el desarrollo del país debe proporcionar los dividendos a la población completa. Debemos denunciar enérgicamente la apropiación de los bancos del crédito de la sociedad. Es el mayor engaño de todos los tiempos – y el más firmemente enraizado en todos los países civilizados. Pero su fuerza y universalidad de ningún modo lo justifican, sino que lo hacen más odioso. Todas las deudas públicas – municipales, estatales, federales – tiene sus raíces hundidas en este fraude gigantesco. La gente construye el país. Pero el sistema únicamente hunde a todos en la deuda que él mismo propicia. Los organismos públicos y los gobiernos hacen lo mismo que el Sr. Pérez – piden prestado. Sus garantías son sus ataduras, las hipotecas sobre sus casas promesas de más impuestos para la población. Los gobiernos son una insignificancia comparados con los poderes financieros. Únicamente la aplicación de las enseñanzas de la Doctrina Social de la Iglesia en economía a través del Crédito Social puede liberar a los individuos, a las familias y a los organismos públicos de esta tiranía, que no le intereza el beneficio de la humanidad.
