« Cuando se propone como primer imperativo la revolución radical de las relaciones sociales y se cuestiona, a partir de aquí, la búsqueda de la perfección personal, se entra en el camino de la negación del sentido de la persona y de su trascendencia y se arruina la ética y su fundamento, que es el carácter absoluto de la distinción entre el bien y el mal » IV, 15.
Estas palabras de la Instrucción SOBRE ALGUNOS ASPECTOS DE LA « TEOLOGIA DE LA LIBERACIÓN » ponen al descubierto la gravedad de los problemas antropológicos y sociales a que da origen la "teología de la liberación". El hombre peligra, por no decir que es desintegrado. Y si perdemos al hombre, ¿como podremos humanizar la vida del pobre? ¿Como podremos lograr una sociedad verdaderamente humana?
Recopilado por C.A.R.
Presentamos a continuación un articulo elaborado por Su Ex. Rev. Angel SUQUIA Arzobispo de Madrid-Alcali, que nos servirá de guia en la lectura del documento elaborado por la Santa Sede: "Instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación". Este articulo oportuno esclarecerá la confusión reinante para la gran mayoría de latinoamericanos, sobre el verdadero sentido de la teología de la liberación y la posición de la Iglesia al respecto.
« Quiero dedicar tres artículos sucesivos a la INSTRUCCIÓN SOBRE ALGUNOS ASPECTOS DE LA "TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN", documento elaborado por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe y expresamente aprobado por Su Santidad Juan Pablo II, que lo mandó publicar (1).
Me preocupa mucho este tema. Creo que mi deber es profundizar en el mismo. Y ayudaros a todos, en particular a los laicos, a que os orientéis bien vosotros mismos a fin de que podáis orientar rectamente a los hermanos.
Me gustaría y es el fin de estos artículos, poder ayudaros a leer y comprender un documento como este que afronta un problema muy real y tiene un gran valor doctrinal y pastoral.
Su valor está en la autoridad magisterial que ha elaborado el documento: la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, que tiene, como uno de sus fines principales, velar por la integridad y pureza de la fe y de la doctrina y promover su orientación y actualización a los problemas que se plantean en los distintos tiempos y situaciones. En sus escritos, la Sagrada Congregación no pretende proponer una doctrina nueva sino proyectar la luz del Magisterio a los problemas doctrinales en los que se da o desviación o confusión o falta de suficiente orientación.
La Instrucción sobre la "teología de la liberación" tiene, además, un gran valor interno, desde una perspectiva meramente analítica. Es un documento muy serio en su contenido porque es fruto de una larga reflexión teológica planteada desde hace muchos años.
Creo, además, que es un documento presentado en un estilo sobrio y en una forma clara fácilmente inteligible. No digo yo que todos entenderán el documento. Ya se que hay muchos cristianos sencillos, de fe muy firme y arraigada, pero de escasa cultura y formación religiosa, para los que resultará difícil su lectura. Por eso me atrevo a rogar a los sacerdotes, religiosos y educadores en la fe, que lo lean no sólo para ellos sino para explicarlo después en sus homilías y catequesis.
Existe todavía un valor más en el documento. Y no es el menos interesante. Es que no cita personas. La Instrucción afirma que « de ninguna manera debe interpretarse como una desautorización de todos aquellos que quieren responder generosamente y con auténtico espíritu evangélico a "la opción preferencial por los pobres" (2). Pero es que ni siquiera los cita. Y mucho menos juzga de sus intenciones. Únicamente juzga de sus escritos, de la ideología que en ellos se contiene, de las enseñanzas que en ellos se proponen; y pretende, como fin preciso y limitado, "atraer la atención de los pastores, de los teólogos y de todos los fieles sobre las desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y para la vida cristiana que implican ciertas formas de teología de liberación" » (3). Observad que dice « formas de teología de liberación ». Merece esto un breve comentario.
Uno de los fenómenos que caracterizan la época actual es « la poderosa y casi irresistible aspiración de los pueblos a una liberación » (4). Esta aspiración expresa la percepción auténtica de « la dignidad del hombre ultrajada y despreciada por las múltiples opresiones culturales, políticas, raciales y sociales y económicas, que a menudo se acumulan » (5). Nos dice la Instrucción que esta aspiración « constituye uno de los principales signos de los tiempos que la Iglesia debe discernir e interpretar a la luz del Evangelio » y que « no puede dejar de encontrar un eco amplio y fraternal en el corazón y en el espíritu de los cristianos » (6).
Simultáneamente con esta aspiración se ha producido otro fenómeno en el campo de la teología que ha pasado de una reflexión teórica operativa de la misma. La teología posterior al Concilio de Trento, que ha llegado hasta nuestros días, se fijó más bien en el aspecto intelectivo mientras que la teología que se apoya en el Vaticano II, sin olvidar este, se fija también y subraya el aspecto vital de la fe y, en consecuencia, trata de integrar en el concepto de la fe, la práctica cristiana. Por eso la teología, hoy, reflexiona sobre el mensaje de la fe, asume la práctica cristiana como un elemento incluido en dicho mensaje y hace una síntesis de la ortodoxia y la orto-práctica. El compromiso por la justicia, el amor y la paz en el mundo, las acciones para conseguir un mundo más humano, más justo, más fraterno, integran el contenido de la fe y son objeto, yo diría que preferente, de la actual reflexión teológica.
La expresión « teología de la liberación » designa en primer lugar una preocupación privilegiada, generadora del compromiso por la justicia, proyectada sobre los pobres y las víctimas de la opresión. A partir de esta aproximación, se pueden distinguir varias maneras, a menudo inconciliables, de concebir la significación cristiana de la pobreza y el tipo de compromiso por la justicia que ella requiere. Como todo movimiento de ideas, las « teologías de la liberación » encubren posiciones teológicas diversas; sus fronteras doctrinales están mal definidas.(7ª)
Se puede decir, pues, con todo fundamento que la aspiración a la liberación, como el mismo término sugiere, toca un tema fundamental del Antiguo y del Nuevo Testamento. Por tanto, tomada en sí misma, la expresión « teología de la liberación » es, una expresión plenamente válida, porque, designa la reflexión teológica sobre el tema bíblico de la liberación y de la libertad y sobre la urgencia de sus incidencias prácticas » (7). Más, para que sea válida, es condición esencial que los datos bíblicos sean rectamente interpretados y aplicados, en conformidad con el Magisterio de la Iglesia « al que únicamente ha sido confiado el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida » (Dei Verbum, n. 10.
Por otra parte, bajo el nombre de « teología de la liberación » se encierra un movimiento teológico y pastoral muy vario y complejo que agrupa, bajo un denominador común, distintas concepciones y posiciones teológicas y « a menudo inconciliables », cuyas « fronteras doctrinales están mal definidas » (9). Hay dentro de ese movimiento « diversas teologías de liberación » que tienen, en su gran pluralismo, un doble denominador común: « La opción preferencial por los pobres » y « la tentación de reducir el Evangelio de salvación a un Evangelio terrestre » (10) y que, además, valoran negativamente, como infructuosa y fracasada, la tradición teológica y la doctrina del Magisterio y acogen a las ciencias humanas como instancias incuestionables, que el pensamiento cristiano debe asumir para comprometerse eficazmente en la tarea de transformar el mundo.
Las « teologías de la liberación » tuvieron su origen en Hispanoamérica, donde se da un doloroso contraste entre la profesión de la fe cristiana y la injusticia social que deja a millones de personas en la miseria, el hambre y la opresión. Se comprende que pasaran rápidamente a los países del Tercer Mundo y que tuvieran singular acogida por teólogos y misioneros empeñados al mismo tiempo en predicar la fe y trabajar a favor de los necesitados. Se da, finalmente, en países industrializados en los que el injusto reparto de la renta nacional conduce a muchas familias y personas a unas situaciones y carencias indignas de su condición humana.
No puede sorprender, por tanto, que hoy dia hayan influido las « teologías de la liberación », en algunos cristianos y grupos de cristianos, especialmente comprometidos en la causa de los pobres, que se han sentido estimulados por aquellas.
El angustioso sentimiento de la urgencia de los problemas no debe hacer perder de vista lo esencial, ni hacer olvidar la respuesta de Jesús al Tentador (Mt 4, 4): « No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios » (Dt 8, 3). Así, ante la urgencia de compartir el pan, algunos se ven tentados a poner entre paréntesis y a dejar para el mañana la evangelización: en primer lugar el pan, la Palabra para más tarde. Es un error mortal el separar ambas cosas hasta oponerlas entre sí. Por otra parte, el sentido cristiano sugiere espontáneamente lo mucho que hay que hacer en uno y otro sentido.11
Para otros, parece que la lucha necesaria por la justicia y la libertad humanas, entendidas en su sentido económico y político, constituye lo esencial y el todo de la salvación. Para éstos, el Evangelio se reduce a un evangelio puramente terrestre.12
Las diversas teologías de la liberación se sitúan, por una parte, en relación con la opción preferencial por los pobres reafirmada con fuerza y sin ambigüedades, después de Medellín, en la Conferencia de Puebla, y por otra, en la tentación de reducir el Evangelio de la salvación a un evangelio terrestre.13
Estas « formas de teología de la liberación » que recurren, de modo insuficientemente crítico, a conceptos tomados de diversas corrientes del pensamiento marxista son los analizados en el documento con el fin de señalar « las graves desviaciones que contienen ».
Tener lucidez y sentido crítico para captar esas graves desviaciones sea en libros, en revistas de pensamiento, en artículos de prensa, sea en conferencias o jornadas o reuniones, debe ser una exigencia de fidelidad. No solamente de fidelidad a la fe sino también de fidelidad a los pobres, por los que trabajamos, puesto que, como dice la Instrucción, esas desviaciones « conducen inevitablemente a traicionar la causa de los pobres » (13), « vienen a corromper lo que tenía de auténtico el generoso compromiso inicial en favor de los pobres » (14), « pueden conducir hacia empresas tan ruinosas para el hombre y su dignidad como la miseria que se combate » (15).
No es fácil reducir a los límites de un artículo la síntesis de las desviaciones de las « teologías de la liberación » que se analizan en varios apartados de la Instrucción. Pero voy a intentarlo, fijándome en lo más sustancial. Creo que es mi deber y a todos, en particular a los laicos, os interesa conocer lo que piensa en esta materia nuestra Iglesia.
Quiero hacer antes una pregunta que más de uno se la habrá hecho. ¿A que se debe que sacerdotes y religiosos, muy entregados a la tarea de evangelizar a los pobres, hayan propuesto enseñanzas que llevan consigo desviaciones en la fe? La respuesta la da el documento con estas dos razones, relacionadas entre sí. Primera: la simplificación del campo del pecado, cuyo primer efecto es introducir el desorden en la relación entre el hombre y Dios, a lo que se denomina « pecado social » y la localización del mal principal y únicamente en las « estructuras » económicas, sociales o políticas malas, como si todos los otros males se derivasen, como de su causa, de estas estructuras, de suerte que la creación de un « hombre nuevo » dependiera de las estructuras económicas y sociopolíticas diferentes (1). Segunda: « La impaciencia y una voluntad de eficacia » que exige métodos nuevos, operativos, capaces de dar una respuesta a la miseria que oprime a muchos pueblos liberándolos de ella.
Las dos apreciaciones citadas, que son ya en sí erróneas, los han conducido a cobijarse en la doctrina marxista con el siguiente razonamiento: « Una situación intolerable y explosiva exige una acción eficaz que no puede esperar más. Una acción eficaz supone un análisis científico de las causas estructurales de la miseria. Ahora bien, el marxismo ha puesto a punto los instrumentos de tal análisis. Basta, pues, aplicarlos a la situación del Tercer Mundo, y en especial a la América Latina » (2).
Con el análisis, asume también la práctica marxista, inseparable de aquél; y con el análisis y la práctica, el sentido y la concepción de la Historia, marcada, en su estructura fundamental, por la lucha de clases. Razonan así: « La ley fundamental de la Historia, que es la ley de la lucha de clases, implica que la sociedad esta fundada sobre la violencia. A la violencia que constituye la relación de dominación de los ricos sobre los pobres deberá responder la contra-violencia revolucionaria, mediante la cual se invertirá esta relación » (3).
La sola exposición de los elementos marxistas, encerrados en las "teologías de la liberación", es suficiente para captar su incompatibilidad con la doctrina de la Iglesia y su desviación de la fe. Se dice, es verdad, que lo incompatible con la fe es la ideología totalizante de signo materialista de la filosofía marxista, pero no los elementos que se refieren al orden socio-económico. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que estos elementos están íntimamente unidos con la ideología, como enseñaba Pablo VI con palabras que el documento transcribe (4) y que querer integrar en la Teología un análisis cuyos criterios de interpretación dependen de una concepción atea, de la negación de la persona humana, de su liberación y de sus derechos « es encerrarse en ruinosas contradicciones » (5).
Además, ¿cómo es posible admitir desde la fe la lucha de clases y la violencia como ley fundamental de la Historia?
Lo más grave, sin embargo, a mi juicio, es el elaborar de elementos de la filosofía marxista unas teologías, juzgar desde ellos y rechazar una interpretación de la revelación dada por el Magisterio y proponer otra enteramente nueva de la Escritura, una concepción distinta de la Iglesia y de su estructura jerárquica y sacramental y un rechazo total de la tradición de la Iglesia y de la Teología tradicional. A todo esto se refiere también ampliamente el documento. Voy a intentar resumirlo.
Ante todo, lo que se refiere a la nueva « hermenéutica » o interpretación de la Escritura. Con el análisis marxista como el único científico, las « teologías de la liberación » hacen una relectura esencialmente política de la Escritura, según la cual, por ejemplo, la liberación de Egipto es tan solo una liberación de una esclavitud socio-política; el concepto bíblico del pobre coincide con el concepto del proletariado en Marx; se presenta la distinción del « Jesús de la fe » y el « Jesús de la historia » y se pretende alcanzar al « Jesús de la historia » a partir de la experiencia revolucionaria de la lucha de los pobres por su liberación, para conducirnos a la imitación de ese Jesús mediante una vida y una experiencia -como la de Jesús- de compromiso con los pobres que luchan por su liberación; experiencia que revelaría, ella sola, el conocimiento del verdadero Dios y del Reino.
Desde esta hermenéutica « esta claro que se niega la fe en el Verbo encarnado muerto y resucitado por todos los hombres, al que "Dios ha hecho Señor y Cristo", y se le sustituye por una figura de Jesús que es una especie de símbolo que recapitula en sí las exigencias de la lucha de los oprimidos; con lo que se da una interpretación exclusivamente política de la muerte de Cristo mientras se niega su valor salvífico y toda la economía de la redención » (6).
La eclesiología o visión de la Iglesia se presenta, asimismo, desde la perspectiva de la lucha de clases. Las « teologías de la liberación » hablan de la « IGLESIA DEL PUEBLO y la « IGLESIA DE LOS POBRES » que es « la Iglesia del pueblo oprimido al que hay que concientizar en vista de la lucha liberadora organizada » (7).
En esta Iglesia:
-« Las relaciones entre la jerarquía y la "base" llegan a ser relaciones de dominación, que obedecen a la ley de la lucha de clases » (8).
-« La jerarquía y, sobre todo, el Magisterio romano son así desacreditados a priori, como pertenecientes a la clase de los opresores » (9).
-El punto de vista de la clase oprimida y revolucionaria, que es el de las « teologías de la liberación », constituye el único punto de verdad; contradecir ese punto de vista demostraría que se esta del lado de los ricos y dominantes y en contra de los pobres y de los que sufren y en contra de Jesús mismo.
Bien puede decirnos la Instrucción que « a partir de tal concepción de la Iglesia del pueblo, se desarrolla una crítica de las estructuras mismas de la Iglesia. No se trata solamente de una corrección fraternal respecto a los pastores de la Iglesia cuyo comportamiento no refleja el espíritu evangélico de servicio y se une a signos anacrónicos de autoridad que escandalizan a los pobres. Se trata de poner en duda la estructura sacramental y jerárquica de la Iglesia, tal como la ha querido el Señor. Se denuncia la jerarquía y el Magisterio como representantes objetivos de la clase dominante que es necesario combatir. Teológicamente, esta posición vuelve a decir que el pueblo es la fuente de los ministerios y que se puede dotar de ministros a elección propia, según las necesidades de su misión revolucionaria histórica » (10).
Por lo que se refiere a los Sacramentos, la Eucaristía ya no es comprendida en su verdad de presencia sacramental del sacrificio reconciliador, y como el don del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Se convierte en celebración del pueblo que lucha. En consecuencia, se niega radicalmente la unidad de la Iglesia. La unidad, la reconciliación, la comunión en el amor ya no se conciben como don que recibimos de Cristo. La clase histórica de los pobres es la que construye la unidad, a través de la lucha. La lucha de clases es el camino para esta unidad. La Eucaristía llega a ser así Eucaristía de clase. Al mismo tiempo, se niega la fuerza triunfante del amor de Dios que se nos ha dado (11). « Se niega que tenga sentido la participación en la misma mesa eucarística de cristianos que, por otra parte, pertenecen a las clases opuestas » (12).
Finalmente, la fe, la esperanza y la caridad reciben un nuevo contenido. La fe es « la fidelidad a la historia », lo cual significa fidelidad comprometida en una práctica política. La esperanza se interpreta como « confianza en el futuro » y como trabajo y lucha por un futuro de justicia con el que se confunde el Reino de Dios. El amor consiste en la « opción por los pobres, en la opción por la lucha de clases. « Se presenta, dice el documento, la entrada en la lucha de clases como una exigencia de la caridad como tal; se denuncia como una actitud estática y contraria al amor a los pobres la voluntad de amar desde ahora a todo hombre, cualquiera que sea su pertenencia de clase, y de ir a su encuentro por los caminos no violentos del dialogo y de la persuasión. Si se afirma que el hombre no debe ser objeto de odio, se afirma igualmente que en virtud de su pertenencia objetiva al mundo de los ricos, él es ante todo un enemigo de clase que hay que combatir. Consecuentemente, la universalidad del amor al prójimo y la fraternidad llega a ser un principio escatológico, válido solo para el "hombre nuevo" que surgirá de la revolución victoriosa. » (13).
Me parece que con lo que acabo de exponer queda, en lo posible, reflejada la síntesis de lo que la Instrucción dice acerca de las « desviaciones » de las « teologías de la liberación ». Leerlas resumidas y sistematizadas, como he querido exponerlas, tiene la ventaja de que nos hace comprender fácilmente que las « teologías de la liberación » a las que el documento se refiere, en su conjunto, tienen una lógica muy vigorosa y que, con la fuerza de esa lógica, nos introduce en una forma nueva de comprender y realizar el cristianismo y de vivir nuestra condición eclesial, que no tiene ningún fundamento serio, ni en la Escritura ni en la tradición de la Iglesia, y que se aparta diametralmente de las enseñanzas del Magisterio respecto a la Iglesia y de su doctrina social.
Se comprende hasta cierto punto, aunque no se puede aprobar, que estas « teologías de la liberación » tengan « garra » en muchos grupos de Iglesia que viven en contacto diario con la pobreza y la miseria. Pero si quieren revisar cuales han sido los resultados prácticos y concretos obtenidos, creo que me dirán que muy escasos. Y los hubieran conseguido exactamente igual y mucho mejor -me refiero a los resultados- si hubieran estado animados de las enseñanzas y las orientaciones del Magisterio y de la auténtica teología del Concilio Vaticano II, para los cuales los problemas de la justa distribución de las riquezas y la evangelización de los pobres ocupan un lugar primordial en la acción pastoral de la Iglesia.
ORIENTACIONES
La Instrucción, a lo largo de su discurso, y, sobre todo, en su apartado final, da unas orientaciones que, por sí solas, desactivan las cargas que se han arrojado contra el documento. Creo necesario hacer una reflexión sobre ellas, tanto más cuanto que son muy iluminadoras para nuestra acción pastoral en la diócesis.
Si el documento es muy valioso y tenemos que darlo a conocer, como os dije anteriormente, por la claridad de sus criterios para discernir las « teologías de la liberación », creo que es mucho más valioso todavía por las orientaciones positivas que aduce para tener una recta concepción cristiana de la liberación; orientaciones que solamente se enumeran y que serán tratadas « en un documento posterior que pondrá en evidencia de modo positivo todas las riquezas doctrinales y prácticas » del tema.
Su Santidad Juan Pablo II recorrió varios países latinoamericanos y denunció valientemente la injusta distribución de las riquezas, que se manifiesta en las enormes desigualdades sociales entre los individuos y entre las naciones y son causa de las dolorosas carencias que angustian y esclavizan a muchos millones de seres humanos.
Hay, además de estas, otras muchas esclavitudes que oprimen al hombre; como son: las violaciones de derechos fundamentales de la persona humana; el derecho a participar en las decisiones que corresponden al pueblo; las discriminaciones raciales, la violencia colectiva, pongo por caso.
Frente a todas ellas, la Instrucción hace una apremiante llamada a la liberación cuando dice: « Hoy más que nunca es necesario que la fe de numerosos cristianos sea iluminada y que estos estén resueltos a vivir la vida cristiana integralmente, comprometiéndose en la lucha por la justicia, la libertad y la dignidad humana, por amor a sus hermanos desheredados, oprimidos o perseguidos. Más que nunca, la Iglesia se propone condenar los abusos, las injusticias y los ataques a la libertad, donde se registren y de donde provengan, y luchar, con sus propios medios, por la defensa y promoción de los derechos del hombre, especialmente en la persona de los pobres (1).
Por ello, nos pide a los obispos que consideremos como tarea prioritaria el responder a esa llamada « con audacia y valentía, con clarividencia y prudencia, con celo y fuerza de ánimo, con amor a los pobres hasta el sacrificio »... Y pide después a los sacerdotes, religiosos y laicos que quieran trabajar en la evangelización y en la promoción humana que lo hagan « en comunión con sus obispos y con la Iglesia, cada uno en la línea de su específica vocación eclesial » (2).
La liberación, a la que se nos llama, no puede reducirse a unas dimensiones económicas, políticas, sociales y culturales sino que hay que comprenderla « a partir de la tarea evangelizadora tomada en su integridad » y, así comprendida, « se apoya en tres pilares: la verdad sobre Jesucristo el Salvador, la verdad sobre la Iglesia, la verdad sobre el hombre y sobre su dignidad » (3), a los que se refirió S.S. Juan Pablo II, el discurso de inauguración de la Conferencia de Puebla (4).
Esa liberación, por otra parte, ha de llevarse a cabo por medios conformes a la dignidad humana. Se reprueba en el documento, como contrario a esa dignidad, « el recurso sistemático y deliberado a la violencia ciega, venga de donde venga » (5) y se hacen estas atinadas observaciones: « El tener confianza en los medios violentos con la esperanza de instaurar más justicia es ser víctima de una ilusión mortal. La violencia engendra violencia y degrada al hombre. Ultraja la dignidad del hombre en la persona de las víctimas y envilece esta misma dignidad en quienes la practican. » (5). Lo cual confirma con este hecho de experiencia: « La inversión por la violencia revolucionaria de las estructuras generadoras de injusticia no es "ipso facto" el comienzo de la instauración de un régimen justo. Un hecho notable de nuestra época debe ser objeto de reflexión de todos aquellos que quieren sinceramente la verdadera liberación de sus hermanos. Millones de nuestros contemporáneos aspiran legítimamente a recuperar las libertades fundamentales de las que han sido privados por regímenes totalitarios y ateos que se han apoderado del poder por caminos revolucionarios y violentos, precisamente en nombre de la liberación del pueblo. (6).
La liberación profunda, integral, en la que nos compromete el Evangelio y a la que nos llama la Iglesia, es la « liberación de todo lo que oprime al hombre; pero es, sobre todo liberación del pecado y del Maligno », decía Pablo VI (7).
Es verdad que existen estructuras económico-sociales injustas que son causa de las desigualdades opresoras; pero esas estructuras son frutos de la acción del hombre y antes de ser causa de unos males son consecuencia de otro mal que anida en el corazón del hombre. Es el pecado, que introduce el « desorden en la relación entre el hombre y Dios (8) y desemboca dramáticamente en la división entre los hermanos » y « en la desunión de la familia humana » con todas sus consecuencias sociales. (9). No se puede, pues, « localizar el mal principal y únicamente en las "estructuras" económicas, sociales o políticas malas como si todos los otros males se derivasen, como de su causa, en estas estructuras, de suerte que la creación de un "hombre nuevo" dependiera de la instauración de estructuras económicas y sociopolíticas diferentes » (10); sino que, teniendo en cuenta que « la fuente de injusticias está en el corazón del hombre (11) y que « la raíz del mal reside en las personas libres y responsables » (12) toda acción liberadora debe ir encaminada a la conversión interior del corazón humano, por la gracia de Jesucristo y la acción del Espíritu Santo, para que los hombres actúen « como criaturas nuevas en el amor del prójimo, la búsqueda eficaz de la justicia, del domino de sí y del ejercicio de las virtudes » (13).
Resulta así que frente a « la lucha de clases como camino hacia la sociedad sin clases », que es « un mito que impide las reformas y agrava la miseria y las injusticias » y un « espejismo » que fascina (14) fruto de unas ideologías contrarias a la visión evangélica del hombre, la Iglesia ofrece la luz de su doctrina o enseñanza social que brota de la Palabra de Dios y del Magisterio auténtico, en la que no solamente se ofrecen principios de reflexión sino también normas de juicio y directrices de acción (15), como camino para « dar libertad a los oprimidos » (Lc. IV, 18).
La Instrucción expone en síntesis los fundamentos bíblicos de esa enseñanza social y enumera los principales documentos que la contienen. A ellos hay que añadir los posteriores discursos de Su Santidad en Santo Domingo y durante esos días, en Venezuela, Ecuador y Perú.
Cuando arrecian las injusticias, crecen desmesuradamente los pobres y la distancia entre ellos y los ricos, se hace de todo punto imprescindible formar la conciencia social de los católicos a todos los niveles y en todos los sectores. Se ha dicho y no sin razón que en España, donde el catolicismo ha dado copiosos frutos en la vida individual y familiar, no se ha formado suficientemente la conciencia social en conformidad con la doctrina y exigencias de la Iglesia. Es lamentable que muchos de nuestros católicos seglares, acuciados por su sensibilidad ante los fenómenos sociales y por el deseo de colaborar a construir una sociedad más justa, hayan acudido, para llenar el vació de su formación, a doctrinas que, como formas de « teologías de liberación », se apartan de la enseñanza del Magisterio de la Iglesia. Es muy loable su deseo y muy ejemplar su amor y compromiso por los pobres. Les ha faltado, sin embargo, orientación.
Creo que la orientación nos viene dada por la doctrina social de la Iglesia y, por ello, en la Instrucción de la Sagrada Congregación, se nos advierte a los pastores que vigilemos « la calidad y el contenido de la catequesis y de la formación que siempre debe presentar la integridad del mensaje de la salvación » (16). Como obispo de Madrid, gozoso de ver tan numerosos catequistas seglares que, en las parroquias colaboran en la formación del pueblo de Dios, os ruego vivamente que leáis y os forméis en la doctrina social de la Iglesia para ayudar a formar en ella la conciencia de nuestros fieles.
Me parece que uno de los mejores servicios que podíamos hacer a los jóvenes, por los que el Papa apuesta como constructores de una humanidad más fraterna y como artífices de la paz, es facilitarles la enseñanza y la comprensión de los documentos pontificios sobre los problemas y la cuestión social.
No basta, sin embargo, la recta formación. « La preocupación, dice la Instrucción, por la pureza de la fe ha de ir unida a la preocupación por aportar, con una vida teologal integra, la respuesta de un testimonio eficaz de servicio al prójimo, y, particularmente, al pobre y al oprimido. » (17).
Es, pues, necesario y urgente amar a los pobres de obra y en verdad. La opción por los pobres es el signo inequívoco de un espíritu evangélico y de una recta formación cristiana. Nos viene exigida, por otra parte, desde la realidad sociológica de un mundo oprimido por, la injusticia. Me parece que todos coincidiréis conmigo en que el móvil que subyace en las formas de « teología de liberación », que la Instrucción crítica, es precisamente el amor a los pobres, del que dan testimonio los que las propagan. La Instrucción no crítica ese amor y opción por los pobres sino que los confirma repetidamente y hacia ellos nos lanza. Una opción por los pobres, que sea en verdad comprometida y esté en coherencia con la pureza e integridad de la fe y la enseñanza de la Iglesia; porque si tenemos que conservar la unidad en el amor no menos hemos de conservar la unidad en la verdad; si hemos de ser fieles a los pobres tenemos que ser también fieles a la fe.
« Estoy seguro que todos nosotros hacemos esta opción aquí, en España y en Madrid, que se empobrecen más cada día, para que inspire los compromisos que nos pedía la Declaración de la Comisión Episcopal de Pastoral Social de nuestra Conferencia. » (18).
Con sincero afecto en Jesucristo.
+ Angel SUQUIA Arzobispo de Madrid-Alcali
NOTAS: (1) VIII, n.2. (8) X,n.15. (2) VIII, n. 7. (9) X, n. 1. (3) VIII, n. 7. (10) IX, n. 13. (4) Octagessima Adveniens, n. 34; VII, 7. (11) VI, n. 3. (5) VII, n. 9. (12) IX, n. 8. 7A III, n. 3. (12) VI, n. 4. (13) VI, n.5 (6) X,n.11-12. (13) IX, n.5,4y7. (7) IX, n. 12 (1) =Crisis económica y responsabilidad moral*. Declaración de la Comisión Episcopal de Pastoral Social. Introducción, pirrafo final. EDI CE, 1984. (2) Id. XI, 2-3. (3) Id. XI, 5. (4) Puebla, Comunión y Participación, BAC1982, pig. 385 (5) Id. XI, 7. 6) Id. XI, 10. (7) Evangelii Nuntiandi, n. 9. (8) Instrucción, IV, 14-15. (9) Exhortación sobre la Reconciliación y penitencia, n. 14-15. (10) Instrucción IV, 15. (11) Instrucción XI, 8. (12) Instrucción IV, 15. (13) Id., id., id. Ver XI, (14) Id. XI, 11. (15) Juan Pablo II en el Discurso inaugural de la Conferencia de Puebla; l.c. pig. 399-400. (16) InstrucciOn, XI, 16. (17) Instrucción, IX, 18. (18) «Crisis económica y responsabilidad moral*. Declaración de la Comisión Episcopal de Pastoral Social. EDICE, 1984.
